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Hechos de Tomás · Capítulo 6

  1. 1Mas había allí cierto joven que había cometido una abominable acción, y se acercó y recibió la eucaristía con su boca; pero entrambas manos se le secaron, de modo que ya no podía llevarlas a su propia boca. Y los que allí estaban le vieron y dijeron al apóstol lo que había acontecido; y el apóstol le llamó y le dijo: Dime, hijo mío, y no te avergüences: ¿qué fue lo que hiciste y viniste acá? Porque la eucaristía del Señor te ha convencido. Pues este don que se reparte entre muchos más bien sana a los que con fe y amor se acercan a él, mas a ti te ha secado; y lo que ha acontecido no ha sobrevenido sin causa eficaz. Y el joven, convencido por la eucaristía del Señor, vino y se postró a los pies del apóstol y le suplicó, diciendo: Hice una mala obra, mas pensé hacer algo bueno. Estaba enamorado de una mujer que moraba en un mesón fuera de la ciudad, y ella también me amaba; y cuando oí de ti y creí que proclamas a un Dios vivo, vine y recibí de ti el sello con los demás; pues dijiste: Cualquiera que participare de unión inmunda, y mayormente en adulterio, no tendrá vida con el Dios a quien predico. Por cuanto, pues, yo la amaba en gran manera, le rogué y procuré persuadirla a ser mi consorte en castidad y limpia conversación, lo cual tú también enseñas; mas ella no quiso. Como ella no consintiese, tomé una espada y la maté; pues no podía soportar verla cometer adulterio con otro hombre.
  2. 2Habiendo oído esto el apóstol, dijo: ¡Oh unión insensata, cómo arruinas hasta la desvergüenza! ¡Oh concupiscencia desenfrenada, cómo incitaste a este hombre a hacer esto! ¡Oh obra de la serpiente, cómo te enfureces contra los tuyos propios! Y mandó el apóstol que le trajesen agua en una jofaina; y traída el agua, dijo: Venid, aguas de las aguas vivas que nos fueron enviadas, lo verdadero de lo verdadero, el reposo que nos fue enviado del reposo, el poder de la salvación que proviene de aquel poder que vence todas las cosas y las sujeta a su propia voluntad: venid y morad en estas aguas, para que el don del Espíritu Santo sea consumado perfectamente en ellas. Y dijo al joven: Ve, lava tus manos en estas aguas. Y cuando se hubo lavado, fueron restauradas; y el apóstol le dijo: ¿Crees en nuestro Señor Jesucristo, que él es poderoso para hacer todas las cosas? Y él dijo: Aunque yo sea el menor, con todo creo. Mas cometí esta acción pensando que hacía algo bueno; pues le rogué, como te dije, mas no quiso obedecerme para guardarse casta.
  3. 3Y el apóstol le dijo: Ven, vamos al mesón donde cometiste este hecho. Y el joven iba delante del apóstol en el camino; y llegados al mesón, la hallaron yaciendo muerta. Y el apóstol, viéndola, se entristeció, porque era una doncella hermosa. Y mandó que la trajesen al medio del mesón; y la pusieron en un lecho, y sacándola, la colocaron en medio del patio del mesón. Y el apóstol puso su mano sobre ella y comenzó a decir: Jesús, que siempre te manifiestas a nosotros; porque ésta es tu voluntad, que en todo tiempo te busquemos, y tú mismo nos diste este poder de pedir y recibir, y no solamente permitiste esto, sino que nos enseñaste a orar: tú que no eres visto por nuestros ojos corporales, mas nunca estás encubierto a los ojos de nuestra alma, y en tu aspecto estás oculto, mas en tus obras te manifiestas a nosotros; y en tus muchos hechos te hemos conocido cuanto nos es posible, y tú mismo nos diste tus dones sin medida, diciendo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá: rogámoste, pues, temiendo la sospecha de nuestros pecados; y no te pedimos riquezas, ni oro, ni plata, ni posesiones, ni cosa alguna de las que proceden de la tierra y a la tierra vuelven; mas esto te pedimos y suplicamos, que en tu santo nombre resucites a la mujer que aquí yace, por tu poder, para gloria y fe de los que están presentes.
  4. 4Y dijo al joven, habiéndolo sellado: Ve, toma su mano y dile: Yo con mis manos te maté con hierro, y con mis manos en la fe de Jesús te resucito. Fue, pues, el joven a ella y se puso junto a ella, diciendo: He creído en ti, Cristo Jesús. Y miró a Judas Tomás el apóstol, y le dijo: Ruega por mí para que mi Señor, a quien también invoco, venga en mi socorro. Y puso su mano sobre la mano de ella y dijo: Ven, Señor Jesucristo; a ella dale la vida, y a mí la fianza de la fe en ti. Y luego que él le tomó la mano, ella saltó y se sentó, mirando a la gran multitud que estaba presente. Y vio también al apóstol de pie delante de ella, y dejando el lecho saltó y se postró a sus pies y se asió de su vestidura, diciendo: Ruégote, señor mío, ¿dónde está aquel otro que estaba contigo, que no me dejó permanecer en aquel lugar temible y cruel, sino que me entregó a ti, diciendo: Toma esta mujer, para que sea hecha perfecta, y después sea recogida en su lugar?
  5. 5Y el apóstol le dijo: Cuéntanos dónde has estado. Y ella respondió: ¿Deseas tú oír, que estabas conmigo y a quien fui entregada? Y comenzó a decir: Un hombre me tomó, aborrecible a la vista, del todo negro, y sus vestiduras en extremo inmundas; y me llevó a un lugar donde había muchas fosas, y de allí salía un gran hedor y olor aborrecible. Y me hizo mirar dentro de cada fosa, y vi en la primera fosa fuego llameante, y ruedas de fuego giraban allí alrededor, y almas estaban colgadas de aquellas ruedas y se estrellaban unas contra otras; y había allí muy gran llanto y aullido, y no había quien las librase. Y aquel hombre me dijo: Estas almas son de tu linaje, y cuando el número de sus días se cumple, son entregadas al tormento y a la aflicción; y luego son traídos otros en su lugar, y de igual manera éstos a otro lugar. Éstos son los que pervirtieron el trato del varón y de la hembra. Y miré y vi niños amontonados unos sobre otros, debatiéndose mientras yacían sobre ellos. Y él me respondió y dijo: Éstos son los hijos de aquellos otros, y por eso están puestos aquí por testimonio contra ellos.
  6. 6Y me llevó a otra fosa, y me incliné y miré, y vi ciénega y gusanos que brotaban, y almas revolcándose allí, y de allí se oía un gran crujir de dientes. Y aquel hombre me dijo: Éstas son las almas de mujeres que dejaron a sus maridos y adulteraron con otros, y son traídas a este tormento. Mostróme otra fosa, en la cual me incliné y miré, y vi almas colgadas, unas por la lengua, otras por los cabellos, otras por las manos, y otras boca abajo por los pies, atormentadas con humo y azufre; acerca de las cuales aquel hombre que estaba conmigo me respondió: Las almas que están colgadas por la lengua son los calumniadores, que profirieron palabras mentirosas e infames y no se avergonzaron; y las que están colgadas por los cabellos son las desvergonzadas que no tuvieron modestia y andaban por el mundo con la cabeza descubierta; y las que están colgadas por las manos son aquellas que quitaron y hurtaron los bienes ajenos y nunca dieron nada al menesteroso ni socorrieron al afligido, mas así lo hicieron deseando arrebatarlo todo, sin tener consideración alguna a la justicia o a la ley; y los que están colgados boca abajo por los pies son los que ligera y prestamente corrieron por malos caminos y sendas desordenadas, no visitando a los enfermos ni acompañando a los que parten de esta vida; y por tanto cada una de las almas recibe según lo que hizo.
  7. 7De nuevo me tomó y me mostró una cueva sobremanera oscura, que exhalaba un gran hedor, y muchas almas miraban hacia afuera deseando tomar un poco de aire, mas sus carceleros no les permitían asomarse. Y el que estaba conmigo dijo: Ésta es la cárcel de aquellas almas que viste; porque cuando cumplen sus tormentos por lo que cada una hizo, después otras las suceden; y hay algunas que son del todo consumidas y entregadas a otros tormentos. Y los que guardaban las almas que estaban en la oscura cueva dijeron al hombre que me había llevado: Dánosla para que la metamos con los demás hasta que llegue el tiempo de ser entregada al tormento. Mas él les respondió: No os la daré, porque temo a aquel que me la entregó; pues no fui mandado a dejarla aquí, sino que la llevo de vuelta conmigo hasta que reciba orden acerca de ella. Y me tomó y me llevó a otro lugar donde hombres eran duramente atormentados. Y aquel que era semejante a ti me tomó y me entregó a ti, diciéndote así: Tómala, porque ella es una de las ovejas que se habían descarriado. Y fui tomada por ti, y ahora estoy delante de ti. Ruégote, pues, y te suplico que no parta yo a aquellos lugares de castigo que he visto.
  8. 8Y el apóstol dijo: Habéis oído lo que esta mujer ha relatado; y no existen solamente estos tormentos, sino también otros peores que éstos; y vosotros, si no os volviereis a este Dios a quien predico, y no os abstuviereis de vuestras obras pasadas y de los hechos que cometisteis sin conocimiento, tendréis vuestro fin en aquellos tormentos. Creed, pues, en Cristo Jesús, y él os perdonará los pecados que hasta ahora habéis cometido, y os limpiará de todas vuestras concupiscencias carnales que moran en la tierra, y os sanará de todas vuestras transgresiones que os siguen, con vosotros parten y delante de vosotros se hallan. Despojaos, pues, cada uno de vosotros del viejo hombre, y vestíos del nuevo, y dejad vuestra pasada manera de vivir y conducta; y los que hurtaban no hurten más, sino vivan trabajando y obrando; y los adúlteros no forniquen más, para que no se entreguen al tormento eterno; porque el adulterio es delante de Dios sobremanera abominable más que los otros pecados. Y quitad de vosotros la avaricia, la mentira, la embriaguez y la murmuración, y no paguéis a nadie mal por mal; porque todas estas cosas son extrañas y ajenas al Dios que por mí es predicado; antes bien andad en fe, mansedumbre, santidad y esperanza, en las cuales Dios se deleita, para que seáis suyos, esperando de él los dones que sólo unos pocos reciben.
  9. 9Toda la gente, pues, creyó y entregó obediente sus almas al Dios vivo y a Cristo Jesús, regocijándose en las bienaventuradas obras del Altísimo y en su santo servicio. Y trajeron mucho dinero para el servicio de las viudas; pues el apóstol las reunía en las ciudades, y a todas enviaba provisión por medio de sus propios ministros, así vestidos como alimento. Y él mismo no cesaba de predicarles y hablarles y mostrarles que éste es Jesucristo a quien proclamaban las Escrituras, el cual vino, fue crucificado y resucitó al tercer día de entre los muertos. Y luego les mostró claramente, comenzando desde los profetas, las cosas tocantes al Cristo: que era necesario que él viniese y que en él se cumpliesen todas las cosas que de él estaban profetizadas. Y su fama se difundió por todas las ciudades y comarcas, y todos los que tenían enfermos o atormentados por espíritus inmundos los traían, y a algunos los ponían en el camino por donde él había de pasar, y a todos los sanaba por el poder del Señor. Entonces todos los que fueron sanados por él dijeron a una voz: ¡Gloria a ti, Jesús, que a todos nosotros igualmente nos has concedido la sanidad por medio de tu siervo y apóstol Tomás! Y ahora, estando sanos y regocijándonos, te suplicamos que seamos de tu grey y seamos contados entre tus ovejas; recíbenos, pues, Señor, y no nos imputes nuestras transgresiones ni nuestras pasadas faltas que cometimos en ignorancia.
  10. 10Y el apóstol dijo: ¡Gloria sea dada al Unigénito del Padre! ¡Gloria al Primogénito de muchos hermanos! ¡Gloria a ti, defensor y socorredor de los que acuden a tu refugio! ¡Tú que no duermes, y despiertas a los que duermen; que vives y das vida a los que yacen en muerte! ¡Oh Dios Jesucristo, Hijo del Dios vivo, redentor y auxiliador, refugio y descanso de todos los que se fatigan en tu obra, dador de sanidad a los que por causa de tu nombre llevan el peso y el calor del día: damos gracias por los dones que de ti nos son concedidos y otorgados por tu socorro y tu dispensación que nos viene de ti.
  11. 11Perfecciona, pues, en nosotros estas cosas hasta el fin, para que tengamos la confianza que hay en ti: mira hacia nosotros, porque por tu causa hemos dejado nuestras casas y nuestros padres, y por tu causa nos hemos hecho de buena gana y voluntariamente extranjeros; mira hacia nosotros, Señor, porque hemos dejado nuestras propias posesiones por tu causa, para ganarte a ti, la posesión que no puede ser quitada; mira hacia nosotros, Señor, que hemos dejado a los que nos pertenecían por linaje, para ser unidos a tu parentesco; mira hacia nosotros, Señor, que hemos desamparado a nuestros padres y madres y padres de crianza, para que veamos a tu Padre y seamos saciados con su divino manjar; mira hacia nosotros, Señor, porque por tu causa hemos dejado nuestros consortes carnales y nuestros frutos terrenales, para que seamos partícipes de aquella comunión duradera y verdadera, y demos frutos verdaderos, cuya naturaleza es de lo alto, los cuales nadie puede quitarnos, con los cuales moraremos y los cuales morarán con nosotros.