Sobre la paciencia (Tertuliano) · Capítulo 12
- 1Hasta aquí, en fin, hemos tratado de la paciencia simple y uniforme, tal como existe solo en el alma; pero también de muchas formas me esfuerzo por ella en el cuerpo, a fin de ganar al Señor, pues es una virtud que el Señor mismo manifestó también corporalmente, si es verdad que el alma rectora comunica fácilmente los dones del Espíritu a su morada corporal. ¿Cuál es, entonces, la tarea de la Paciencia en el cuerpo? En primer lugar, es la mortificación de la carne, víctima capaz de aplacar al Señor por el sacrificio de la humillación, al ofrecerle ropas humildes y alimento escaso, contentándose con comida sencilla y agua pura y añadiendo a todo ello los ayunos; al acostumbrarse al sayal y a la ceniza.
- 2Esta paciencia corporal añade gracia a nuestras oraciones por el bien y fuerza a nuestras oraciones contra el mal; abre los oídos de Cristo, nuestro Dios, disipa la severidad y obtiene clemencia. Así, aquel rey babilonio, tras pasar siete años privado de la condición humana, en la miseria y el abandono, por haber ofendido al Señor, mediante la inmolación corporal de la paciencia no solo recobró el reino, sino también —lo más deseable para un hombre— se reconcilió con Dios. Además, si enumeramos los grados superiores y más felices de la paciencia corporal, veremos que la santidad le confía el cuidado de la continencia de la carne: ella guarda a la viuda, imprime su sello en la virgen y eleva al reino de los cielos a quien se hizo eunuco por sí mismo. Lo que nace como virtud del alma se perfecciona en la carne y, por último, combate en la persecución mediante la paciencia de la carne.
- 3Si la huida se vuelve urgente, la carne lucha contra las molestias de la huida; si la cárcel nos alcanza,
- 4es la carne la que permanece encadenada, sujeta con grilletes, en soledad, privada de luz y soportando los malos tratos del mundo. Cuando, en cambio, es llevada a la prueba final de la felicidad, a la ocasión del segundo bautismo, al acto de subir al trono divino, ninguna paciencia le es más necesaria que la paciencia corporal. Si el espíritu está dispuesto, pero la carne, sin paciencia, es débil, ¿dónde, sino en la paciencia, estará la seguridad del espíritu y de la propia carne? Al decir esto de la carne y llamarla débil, el Señor muestra la necesidad de fortalecerla mediante la paciencia para afrontar toda amenaza destinada a quebrantar o castigar la fe, a fin de soportar con toda constancia azotes, fuego, cruz, fieras y espada, cosas que profetas y apóstoles vencieron al soportarlas.