Hechos de Juan · Capítulo 3
Pasados dos días, pues, era el natalicio del templo del ídolo. Juan, por tanto, estando todos vestidos de blanco, él solo se vistió de ropas negras y subió al templo. Y ellos le asieron e intentaron matarle. Mas Juan dijo: Locos estáis al arremeter contra mí, varón que soy siervo del único Dios. Y subió a un alto pedestal y les dijo:
2Corréis peligro, varones de Éfeso, de ser semejantes en condición al mar: todo río que en él desagua, y toda fuente que corre, y las lluvias, y las olas que se atropellan unas a otras, y los torrentes llenos de peñascos se vuelven salobres juntos por el amargo elemento que hay en él. Así también vosotros, permaneciendo inmutables hasta el día de hoy para con la verdadera piedad, os habéis corrompido con vuestros antiguos ritos de adoración. ¿Cuántos milagros y curaciones de enfermedades habéis visto obradas por mi medio? Y todavía estáis ciegos en vuestros corazones y no podéis recobrar la vista. ¿Qué es esto, pues, oh varones de Éfeso? Me he aventurado ahora y he subido hasta este vuestro templo de ídolos. Os convenceré de ser sumamente impíos y privados del entendimiento humano. He aquí estoy presente: todos vosotros decís que tenéis una diosa, a saber, Ártemis; orad, pues, a ella para que yo solo muera; o si no sois capaces de hacer esto, yo solo invocaré a mi Dios, y por vuestra incredulidad haré que cada uno de vosotros muera.
3Mas ellos, que antes habían experimentado su virtud y visto resucitar a los muertos, clamaron: ¡No nos mates así, te rogamos, Juan! Bien sabemos que puedes hacerlo. Y Juan les dijo: Si, pues, no queréis morir, sea confundido aquello que adoráis, y la causa por que es confundido, para que también os apartéis de vuestro antiguo error. Porque ya es tiempo de que o bien seáis convertidos por mi Dios, o yo mismo muera por vuestra diosa; porque oraré en vuestra presencia y rogaré a mi Dios que se os muestre misericordia.
4Y habiendo así hablado, oró de esta manera: Oh Dios, que eres Dios sobre todos los que son llamados dioses, el cual hasta el día de hoy has sido tenido en nada en la ciudad de los efesios; que pusiste en mi corazón venir a este lugar en el cual nunca pensé; que redarguyes toda suerte de falso culto convirtiendo los hombres a ti; a cuyo nombre todo ídolo huye, y todo espíritu maligno, y toda potestad inmunda: ahora también, por la fuga del maligno espíritu de aquí a tu nombre, a saber, de aquel que engaña a esta gran multitud, muestra tu misericordia en este lugar, pues han sido hechos errar.
5Y hablando Juan estas cosas, inmediatamente el ara de Ártemis se partió en muchos pedazos, y todo lo que estaba dedicado en el templo cayó a tierra, y el santuario se desgajó, e igualmente más de siete imágenes de los dioses. Y cayóse la mitad del templo, de modo que el sacerdote murió de un solo golpe por la caída de una viga. La multitud de los efesios, por tanto, clamó a gran voz: ¡Uno solo es el Dios de Juan, uno solo es el Dios que tiene compasión de nosotros, porque tú solo eres Dios! ¡Ahora nos volvemos a ti, viendo tus maravillosas obras! ¡Ten piedad de nosotros, oh Dios, conforme a tu voluntad, y sálvanos de nuestro gran extravío! Y algunos de ellos, echados sobre sus rostros, hacían rogativas, y otros se arrodillaban y suplicaban, y otros rasgaban sus vestidos y lloraban, y otros procuraban huir.
6Mas Juan extendió sus manos, y elevado en su alma, dijo al Señor: ¡Gloria sea a ti, mi Jesús, único Dios de la verdad, porque ganas a tus siervos por diversos modos! Y habiendo así dicho, habló al pueblo: Levantaos del suelo, varones de Éfeso, y orad a mi Dios, y reconoced el invisible poder que se manifiesta, y las maravillosas obras que se obran ante vuestros ojos. Ártemis debió haberse socorrido a sí misma; su servidor debió haber sido ayudado por ella y no morir. ¿Dónde está el poder del espíritu maligno? ¿Dónde están sus sacrificios? ¿Dónde sus fiestas? ¿Dónde sus días natalicios? ¿Dónde las guirnaldas? ¿Dónde está toda aquella hechicería y el veneno que es su hermana?
7El pueblo, empero, levantándose del suelo, fue apresuradamente y derribó lo restante del templo del ídolo, clamando: ¡Sólo al Dios de Juan conocemos, y a él en adelante adoramos, puesto que ha tenido misericordia de nosotros! Y bajando Juan de allí, mucha gente se asía de él, diciendo: ¡Ayúdanos, oh Juan! ¡Socórrenos, que perecemos en vano! Ves nuestro propósito: ves a la multitud que te sigue y que depende de ti en esperanza hacia tu Dios. Hemos visto el camino por donde andábamos extraviados cuando le perdimos; hemos visto nuestros dioses que fueron levantados en vano; hemos visto el gran y vergonzoso vituperio que sobre ellos ha venido. Consiente, te rogamos, que vayamos a tu casa y seamos socorridos sin impedimento. Recíbenos, que estamos en turbación.
8Y Juan les dijo: Varones de Éfeso, creed que por vosotros he permanecido en Éfeso y he pospuesto mi viaje a Esmirna y a las demás ciudades, para que también allí los siervos de Cristo se vuelvan a él. Mas, como aún no estoy del todo seguro respecto de vosotros, he continuado orando a mi Dios y suplicándole que solo parta de Éfeso después de confirmaros en la fe. Y, viendo que esto ha sucedido y sigue cumpliéndose más, no os dejaré hasta que os haya destetado, como a niños de la leche de la nodriza, y os haya puesto sobre roca firme.
9Juan, pues, permaneció con ellos, recibiéndolos en la casa de Andromeo. Uno de los reunidos dejó el cadáver del sacerdote de Ártemis ante la puerta del templo, pues era pariente suyo, y entró de prisa con los demás sin decir nada. Después de hablar a los hermanos, orar, dar gracias e imponer las manos a cada uno de la congregación, Juan dijo por el Espíritu: Hay aquí uno que, movido por la fe en Dios, dejó al sacerdote de Ártemis ante la puerta y entró. En el anhelo de su alma, cuidando primero de sí, pensó: Mejor me es cuidar de los vivos que de mi pariente muerto; pues sé que, si me vuelvo al Señor y salvo mi alma, Juan tampoco rehusará resucitar al muerto. Juan se levantó, fue adonde había entrado el pariente del sacerdote, lo tomó de la mano y dijo: ¿Pensaste esto cuando viniste a mí, hijo mío? Temblando y espantado, él respondió: Sí, señor, y se arrojó a sus pies. Juan dijo: Nuestro Señor es Jesucristo, que mostrará su poder en tu pariente muerto, resucitándolo.
10Y hizo levantar al joven, lo tomó de la mano y dijo: No es gran cosa para quien domina grandes misterios seguir fatigándose por cosas pequeñas; ¿o qué gran cosa es librar a los hombres de las enfermedades del cuerpo? Aún tomándolo de la mano, dijo: Yo te digo, hijo: ve y resucita tú mismo al muerto, diciendo solo esto: Juan, siervo de Dios, te dice: Levántate. El joven fue a su pariente, acompañado de mucha gente, dijo solamente esto y regresó a Juan trayéndolo vivo. Al ver al resucitado, Juan dijo: Ahora que has sido levantado, todavía no vives verdaderamente ni participas de la vida verdadera ni eres heredero de ella. ¿Quieres pertenecer a aquel por cuyo nombre y poder resucitaste? Cree ahora, y vivirás por todos los siglos. Él creyó enseguida en el Señor Jesús y desde entonces permaneció con Juan.
Palabras de este capítulo
Lo que estas palabras decían en el original — y dónde más aparecen.
- JésedחֶסֶדLa lealtad amorosa de quien no abandona; traducida como misericordia, benignidad o bondad.
- GraciaχάριςFavor dado a quien no hizo nada para merecerlo y no puede devolverlo.
- EmunáאֱמוּנָהFe como firmeza y fidelidad, no como opinión sobre algo incierto.
- KavodכָּבוֹדGloria como peso: lo que tiene densidad real, no brillo.
Texto en inglés: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James, 1924 (dominio público). Portugués y español: traducción de Lux Veritas a partir de esta edición.
Fuente: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James (1924) · dominio público