Hechos de Juan · Capítulo 4
Al día siguiente, habiendo visto en sueños que debía caminar tres millas fuera de las puertas, Juan no descuidó la visión: se levantó temprano y salió con los hermanos. Cierto campesino había sido amonestado por su padre a no tomar para sí a la mujer de un compañero de trabajo, cuyo marido amenazaba con matarlo. El joven no soportó la amonestación paterna, sino que le dio una patada y lo dejó sin habla, muerto. Al ver lo sucedido, Juan dijo al Señor: Señor, ¿por esto me mandaste salir hasta aquí hoy?
2Mas el joven, contemplando la violencia de la muerte y temiendo ser apresado, sacó la hoz que llevaba en el cinto y comenzó a correr hacia su casa. Juan lo encontró y dijo: Detente, demonio desvergonzado, y dime adónde corres llevando una hoz sedienta de sangre. El joven se turbó, arrojó el hierro al suelo y dijo: He cometido un acto miserable y bárbaro, y lo sé bien; por ello resolví hacer otro peor y más cruel: morir yo mismo al instante. Porque mi padre siempre me refrenaba para que viviese con sobriedad, sin adulterio y castamente, no soporté su reprensión, le di una patada y lo maté. Al ver lo que había hecho, corrí hacia la mujer por cuya causa me hice asesino de mi padre, con intención de matarla a ella, a su marido y, por último, a mí mismo. Pues no podía soportar que me viera el marido de la mujer ni sufrir la sentencia de muerte.
3Juan le dijo: Para que, al irme y dejarte en peligro, no dé ocasión a aquel que desea reírse y divertirse a tu costa, ven conmigo y muéstrame dónde yace tu padre. Si lo resucito para ti, ¿te abstendrás de ahora en adelante de la mujer que se ha vuelto una trampa para ti? El joven respondió: Si me resucitas a mi propio padre y lo veo sano y permaneciendo vivo, me abstendré de ella desde ahora.
4Mientras hablaba, llegaron al lugar donde el anciano yacía muerto, y muchos transeúntes estaban cerca. Juan dijo al joven: Miserable, ¿ni siquiera respetaste la vejez de tu padre? Él, llorando y arrancándose los cabellos, dijo que se arrepentía. Entonces Juan, siervo del Señor, dijo: Tú me mostraste que debía venir a este lugar; sabías que esto sucedería, pues nada de cuanto se hace en la vida puede ocultarse de ti. Tú me das poder para realizar toda curación según tu voluntad: concédeme ahora también vivo a este anciano, pues ves que su asesino se ha vuelto juez de sí mismo. Y perdónalo, único Señor, a él que no perdonó al padre que lo aconsejaba por su bien.
5Con estas palabras se acercó al anciano y dijo: Mi Señor no será incapaz de extender también a ti su bondadosa piedad y su misericordia condescendiente. Levántate, pues, y da gloria a Dios por la obra que acaba de suceder. El anciano dijo: Me levanto, Señor. Se levantó, se sentó y dijo: Yo había sido librado de una vida terrible, en la cual soportaba los insultos de mi hijo, terribles y numerosos, y su falta de afecto natural. ¿Para qué me has llamado de vuelta, oh hombre del Dios vivo? Juan le respondió: Si resucitaste solo para el mismo fin, mejor te sería morir; pero levántate para cosas mejores. Lo tomó y lo condujo a la ciudad, predicándole la gracia de Dios, de modo que el anciano creyó antes de entrar por la puerta.
6Mas el joven, al contemplar la inesperada resurrección de su padre y su propia salvación, tomó una hoz, se mutiló a sí mismo y corrió a la casa donde estaba su adúltera. La reprendió, diciendo: Por tu causa me hice asesino de mi padre, de vosotros dos y de mí mismo. Ahí tienes aquello que es igualmente culpable de todo. Pues Dios tuvo misericordia de mí, para que conociese su poder.
7Volvió y contó a Juan, en presencia de los hermanos, lo que había hecho. Juan le dijo: Aquel que puso en tu corazón, joven, el deseo de matar a tu padre y cometer adulterio con la mujer de otro también te hizo pensar que sería justo quitar los miembros rebeldes. Pero debías haber eliminado, no el lugar del pecado, sino el pensamiento que por medio de esos miembros se manifestó de modo dañino. Pues no son los instrumentos los que causan daño, sino las fuentes invisibles por las que toda pasión vergonzosa se despierta y sale a la luz. Arrepiéntete, pues, hijo mío, de esta falta; una vez aprendidas las astucias de Satanás, tendrás a Dios por ayuda en todas las necesidades de tu alma. El joven guardó silencio y atendió y, arrepentido de sus pecados anteriores, procuró obtener perdón de la bondad de Dios; y no se separó de Juan.
Palabras de este capítulo
Lo que estas palabras decían en el original — y dónde más aparecen.
- JésedחֶסֶדLa lealtad amorosa de quien no abandona; traducida como misericordia, benignidad o bondad.
- GraciaχάριςFavor dado a quien no hizo nada para merecerlo y no puede devolverlo.
- TsedakáצְדָקָהJusticia como relación correcta y, en el judaísmo posterior, como limosna.
- JatatחַטָּאתPecado como errar el blanco: la flecha que pasa lejos de lo que debía acertar.
Texto en inglés: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James, 1924 (dominio público). Portugués y español: traducción de Lux Veritas a partir de esta edición.
Fuente: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James (1924) · dominio público