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4 Macabeos · Capítulo 6

  1. 1Habiendo respondido Eleazar con tanta entereza a las intimaciones del tirano, los guardas que le rodeaban le arrastraron con violencia al lugar del suplicio.
  2. 2Y primeramente desnudaron al anciano, que estaba adornado con la hermosura de la santidad.
  3. 3Luego, atándole los brazos a uno y otro lado, le azotaban cruelmente, mientras un pregonero en pie enfrente de él gritaba: «¡Obedece los mandatos del rey!»
  4. 4Empero el varón magnánimo y nobilísimo, un verdadero Eleazar, en ninguna manera se turbó en su ánimo, como si fuese atormentado en sueños; antes bien, teniendo el anciano los ojos puestos fijamente en el cielo, dejaba despedazar sus carnes con los azotes hasta quedar bañado en sangre y hechos sus costados una llaga; y aun cuando cayó en tierra por no poder ya el cuerpo resistir el dolor, mantuvo su Razón erguida e inflexible.
  5. 5Entonces uno de los crueles verdugos le dio con el pie una patada feroz en el costado para hacerle levantar; mas él soportó la angustia, menospreció la violencia, y sobrellevó los suplicios, y cual valeroso atleta herido en la lid, el anciano rindió a sus verdugos por su constancia.
  6. 6El sudor cubría su frente y anhelaba con penoso aliento, hasta que la nobleza de su ánimo arrancó la admiración de sus mismos verdugos.
  7. 7Por lo cual, movidos en parte de piedad por su ancianidad, en parte por la antigua amistad que le profesaban, y en parte asombrados de su firmeza, algunos cortesanos del rey se llegaron a él y le dijeron:
  8. 8«¿Por qué, oh Eleazar, te destruyes sin seso en tanta desdicha? Nosotros te traeremos viandas lícitas cocidas; mas tú finge tan sólo que comes de la carne de cerdo, y de este modo salvarás tu vida».
  9. 9Mas Eleazar, como si aquel consejo añadiese aflicción a sus dolores, exclamó con voz potente: «¡Longe esté de nosotros, los hijos de Abraham, pensamiento tan perverso, que con vil cobardía finjamos un papel tan ajeno a nosotros!
  10. 10Sería en verdad contrario a la Razón que nosotros, habiendo vivido en la verdad hasta la ancianidad, y guardado conforme a la Ley la reputación de tal vida, mudásemos ahora de conducta para ser ejemplo de impiedad a los jóvenes, induciéndoles a comer carnes abominables.
  11. 11¡Vergonzoso fuera que prolongásemos la vida unos pocos días más, para ser en ese breve tiempo la burla de todos por cobardía, y, despreciados por el tirano como apocados, dejásemos de vindicar la divina Ley hasta la muerte!
  12. 12¡Morid, pues, noblemente, oh hijos de Abraham, por causa de la justicia! Mas vosotros, ministros del tirano, ¿por qué os detenéis en vuestra faena?»
  13. 13Ellos entonces, viéndole vencedor de los tormentos e inconmovible aun ante la compasión de sus verdugos, le arrastraron al fuego.
  14. 14Allí le arrojaron sobre las brasas, quemándole con crueles y artificiosos tormentos, mientras le echaban por las narices caldos hediondos.
  15. 15Y cuando el fuego le alcanzaba ya hasta los huesos y estaba a punto de expirar, alzó los ojos a Dios y dijo:
  16. 16«Tú sabes, oh Dios, que pudiendo salvarme, muero en ardientes tormentos por causa de tu Ley. Sé misericordioso con tu pueblo, y baste nuestro castigo como satisfacción en favor de ellos; sea mi sangre su purificación, y toma mi alma como rescate por sus almas».
  17. 17Y dichas estas palabras, aquel santo varón entregó valerosamente su espíritu en medio del tormento, y por amor a la Ley resistió con su Razón hasta la muerte contra los rigores del dolor.
  18. 18Sin género de duda, pues, la Razón Inspirada es soberana sobre las pasiones; porque si las pasiones o dolores hubiesen prevalecido sobre la Razón, a ellos habríamos atribuido la prueba de este mayor poder.
  19. 19Mas habiendo ahora su Razón vencido a las pasiones, con justicia le atribuimos la potestad de enseñorearse de ellas.
  20. 20Y es justo confesar que el señorío pertenece a la Razón, a lo menos en cuanto vence los dolores que nos sobrevienen de fuera; pues fuera absurdo negarlo.
  21. 21Y mi demostración abarca no sólo la superioridad de la Razón sobre los dolores, sino su soberanía asimismo sobre los deleites, pues jamás se rinde a ellos.