4 Macabeos · Capítulo 5
- 1Sentóse, pues, el tirano Antíoco en tribunal en cierto lugar alto, rodeado de sus consejeros y de sus huestes armadas de todas armas, y mandó a sus guardas que arrastrasen allá a todos los hebreos uno por uno, forzándolos a comer carne de cerdo y de sacrificios de ídolos; y si alguno rehusare contaminarse con lo inmundo, fuese entregado a tormentos y a muerte.
- 2Habiendo sido muchos traídos por la fuerza, fue presentado ante Antíoco, como el primero de todos, un varón hebreo por nombre Eleazar, sacerdote de linaje, instruido en la ciencia de la Ley, anciano ya en días y conocido de muchos en la corte del tirano por su sabiduría.
- 3Y Antíoco, fijando en él la vista, le dijo: «Antes de que mande comenzar tus tormentos, venerable anciano, quiero darte este consejo: come de la carne de cerdo y salva tu vida; pues respeto tus años y tus canas, si bien el haberlas llevado tanto tiempo apegado a la religión judía me mueve a juzgarte falto de verdadera filosofía.
- 4Porque es en extremo deleitosa la carne de este animal que la Naturaleza bondadosamente nos ha otorgado, ¿y por qué habrías de abominarla? Ciertamente es necedad no disfrutar de deleites inocentes, y maldad repudiar los dones de la Naturaleza.
- 5Mas mayor necedad será todavía, a mi juicio, de tu parte, si por vanas quimeras sobre la verdad pretendieres desafiar mi autoridad para tu propio castigo.
- 6¿No despertarás de tu disparatada doctrina? ¿No desecharás los desvaríos de tus razonamientos y, mudando de parecer según conviene a tus respetables años, abrazarás la sana prudencia de lo conveniente, acatando mi benevolente consejo y teniendo piedad de tu propia ancianidad?
- 7Considera también esto: que aun cuando hubiese algún Poder celeste que mirase por esta tu religión, sin duda te perdonará la transgresión cometida por fuerza y necesidad».
- 8Mas apremiado por el tirano a comer ilícitamente de las viandas inmundas, Eleazar pidió venia para hablar; y habiéndola alcanzado, comenzó su razonamiento ante el tribunal diciendo:
- 9«Nosotros, oh Antíoco, habiendo recibido la divina Ley como regla de nuestra patria, no creemos que necesidad alguna nos apremie con mayor fuerza que la de obedecer a la Ley.
- 10Por tanto, juzgamos por cosa debida no quebrantar la Ley de ningún modo.
- 11Y aun cuando nuestra Ley, como pretendes, no fuese en verdad divina, y nosotros vanamente la creyésemos tal, ni aun así nos sería lícito mancillar nuestra fama de piedad.
- 12No tengas, pues, por pecado leve el comer lo inmundo; porque la transgresión de la Ley, ora en lo poco, ora en lo mucho, es de igual gravedad, pues en uno y otro caso la autoridad de la Ley es igualmente escarnecida.
- 13Y haces burla de nuestra sabiduría, como si viviendo bajo ella procediésemos contra razón.
- 14Mas no es así; pues la Ley nos enseña la templanza, de modo que somos señores de todos los placeres y codicias, y nos adiestra en la fortaleza para arrostrar gustosamente todo dolor; y nos enseña la justicia, de suerte que en todos nuestros tratos obremos con equidad; y nos enseña la piedad, para que con reverencia adoremos únicamente al solo Dios verdadero.
- 15Por eso no comemos carne inmunda; pues creyendo que nuestra Ley fue dada por Dios, sabemos asimismo que el Creador del mundo, como sabio Legislador, tiene providencia de nuestra naturaleza.
- 16Mandónos comer aquellas cosas que son provechosas para nuestras vidas, y vedónos las carnes que nos serían contrarias.
- 17Pero es propio de tiranos no sólo compelernos a traspasar la Ley, sino hacernos comer de modo que te mofes de esta contaminación que nos es tan abominable.
- 18Mas no te burlarás tú de mí de este modo, ni quebrantaré yo los sagrados juramentos de mis padres de guardar la Ley, aunque me saques los ojos y me abrases las entrañas en el fuego.
- 19No estoy tan decaído por la vejez que, hallándose en juego la justicia, no renazca en mi Razón el vigor de la juventud.
- 20Aprieta, pues, las ruedas de tu tormento y atiza con más furia tu horno; no tengo tal lástima de mi vejez que por ella quebrante en mi propia persona la Ley de mis padres.
- 21¡No he de desmentirte, oh Ley, que fuiste mi instructora; no he de desampararte, oh amada templanza; no he de avergonzarte, oh Razón amante de la sabiduría; ni renegaré de vosotros, oh venerable sacerdocio y ciencia de la Ley!
- 22Ni mancillarás la boca limpia de mi ancianidad y mi constante observancia de toda la vida a la Ley; puro me acogerán mis padres, sin haber temido tus suplicios hasta la muerte.
- 23Porque tú bien podrás ser tirano sobre los impíos, pero jamás te enseñorearás de mi resolución en la justicia, ni con tus palabras ni con tus obras».