Testamento de Abraham · Capítulo 7
- 11. Y dejó Abraham a Sara y entró en la cámara, y dijo a Isaac: Ven acá, hijo mío amadísimo, declárame la verdad de lo que viste y qué te acaeció para venir tan apresurado a nosotros.
- 22. E Isaac, respondiendo, comenzó a decir: Vi, señor mío, en esta noche el sol y la luna sobre mi cabeza, cercándome con sus resplandores e iluminándome. Y mientras miraba esto con gran deleite, vi el cielo abierto y a un varón lleno de luz descender de allí, refulgente más que siete soles.
- 33. Y este varón semejante al sol vino y quitó el sol de sobre mi cabeza, y subió a los cielos de donde procedía; mas yo me contristé en extremo por cuanto me había despojado del sol.
- 44. Poco después, mientras todavía me hallaba triste y turbado, vi a este varón salir del cielo por segunda vez, y me quitó también la luna de sobre mi cabeza; y lloré amargamente y clamé a aquel varón de luz diciendo: No me quites, señor mío, mi gloria; apiádate de mí y escúchame; si me arrebatas el sol, consérvame la luna.
- 55. Empero él contestó: Sean llevados ante el Rey de las alturas, pues Él los requiere allá. Y los apartó de mí, mas dejó los rayos posados sobre mí.
- 66. El capitán general dijo: Escucha, oh justo Abraham; el sol que vio tu hijo eres tú, su padre; y la luna representa a Sara, su madre. El varón resplandeciente que bajó del cielo es el nuncio de Dios, destinado a tomar de ti tu alma justa.
- 77. Y entiende ahora, honrado Abraham, que en esta hora dejarás la vida del siglo y partirás hacia Dios. Abraham dijo al príncipe supremo: ¡Oh portento inaudito y asombroso! ¿Y eres tú por ventura quien ha de arrebatar mi alma de mí?
- 88. El capitán general le respondió: Yo soy el príncipe supremo Miguel, que estoy en la presencia del Señor, y fui enviado a ti para traerte la memoria de tu muerte; y luego regresaré a Él conforme me ha sido preceptuado.
- 99. Y dijo Abraham: Bien reconozco ahora que eres ángel del Señor y has sido comisionado para arrebatar mi alma; pero no marcharé contigo; mas haz tú todo aquello que se te hubiere encomendado.