Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 18
- 1POR TANTO, HABRÁ RESURRECCIÓN.
- 2Los argumentos que hace poco propuse examinar para establecer la verdad de la resurrección son todos de la misma clase, pues parten de un mismo punto: el origen de los primeros hombres por la creación. Pero, mientras algunos obtienen su fuerza del propio punto de partida, otros, derivados de la naturaleza y la vida humanas, reciben su credibilidad de la providencia de Dios sobre nosotros. Pues la causa conforme a la cual y por la cual los hombres vinieron a existir, íntimamente ligada a la naturaleza humana, toma su fuerza de la creación; en cambio, el argumento de la rectitud, que presenta a Dios juzgando a los hombres según hayan vivido bien o mal, toma su fuerza del fin de su existencia: vienen a la existencia por el primer fundamento, pero su condición depende más de la providencia de Dios.
- 3Ahora que he demostrado, en la medida de mis fuerzas, las cuestiones que vienen primero, conviene probar nuestra proposición también mediante las que siguen, es decir, mediante la recompensa o el castigo debidos a cada hombre según el justo juicio y mediante la causa final de la existencia humana. De estas, pongo en primer lugar la que precede por naturaleza y examino antes el argumento relativo al juicio, haciendo solo una observación preliminar, por respeto al principio propio de los asuntos que tratamos y al orden: corresponde a quienes admiten que Dios es el Creador de este universo atribuir a su sabiduría y rectitud la preservación y el cuidado de todo lo creado, si desean ser fieles a sus propios principios; y, con tales convicciones, sostener que nada en la tierra ni en el cielo está sin custodia o providencia, sino que, por el contrario, la atención del Creador alcanza todas las cosas, invisibles y visibles, pequeñas y grandes. Pues todas las cosas creadas necesitan la atención del Creador, y cada una en particular según su naturaleza y el fin para el que fue hecha; aunque me parece inútil recorrer ahora la lista, distinguir los diversos casos o mencionar en detalle lo que conviene a cada naturaleza.
- 4El hombre, al menos, de quien ahora nos corresponde hablar, por tener necesidades, requiere alimento; por ser mortal, descendencia; por ser racional, un proceso de juicio. Pero si cada una de estas cosas pertenece al hombre por naturaleza y él necesita alimento para vivir, descendencia para la continuidad de la especie y juicio para que alimento y descendencia se ajusten a la ley, se sigue naturalmente, dado que alimento y descendencia se refieren a las dos partes juntas, que el juicio también debe referirse a ambas — entiendo por ambas al hombre compuesto de alma y cuerpo —, y que ese hombre responde por todos sus actos y recibe por ellos recompensa o castigo.
- 5Ahora bien, si el justo juicio asigna a ambas partes reunidas la retribución por los actos realizados; si no conviene que solo el alma reciba el salario de los actos ejecutados en unión con el cuerpo — pues por sí sola no tiene inclinación a las faltas cometidas en relación con los placeres, la comida y el cuidado del cuerpo — ni que lo reciba solo el cuerpo — pues por sí solo es incapaz de distinguir la ley y la justicia —, sino que el hombre compuesto de ambos es sometido a juicio por cada acto que practicó; y si la razón no encuentra que esto ocurra ni en esta vida — pues la retribución según el mérito no tiene lugar en la existencia presente, ya que muchos ateos y personas que practican toda clase de iniquidad y maldad viven hasta el final sin sufrir desgracia, mientras, por el contrario, quienes manifiestamente han llevado una vida ejemplar en todas las virtudes viven entre dolores, insultos, calumnias, ultrajes y sufrimientos de toda clase — ni después de la muerte — pues las dos partes juntas ya no existen, puesto que el alma está separada del cuerpo y el cuerpo mismo se descompone en los materiales de los que estaba compuesto, sin conservar nada de su estructura o forma anterior, y mucho menos el recuerdo de sus actos —, la conclusión de todo esto es evidente para todos: en palabras del apóstol, "esto corruptible (y disoluble) debe revestirse de incorrupción", para que los muertos, vivificados por la resurrección, y las partes separadas y enteramente disueltas, reunidas de nuevo, puedan recibir cada uno con justicia lo que hizo por medio del cuerpo, sea bueno o malo.