LUX VERITAS

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Sobre la paciencia (Tertuliano) · Capítulo 4

  1. 1LA IMITACIÓN OBEDIENTE SE FUNDA EN LA PACIENCIA.
  2. 2Por tanto, si vemos que todos los siervos íntegros y de rectos sentimientos ajustan su conducta a la disposición de su señor; si el arte de merecer favor es la obediencia y la regla de la obediencia, una sumisión dócil, ¡cuánto más nos conviene mostrar un carácter conforme al de nuestro Señor, siervos como somos del
  3. 3Dios vivo, cuyo juicio sobre Sus siervos no depende de una cadena ni de un gorro de libertad, sino de una eternidad de castigo o de salvación! Para evitar Su severidad o buscar Su liberalidad, se necesita una diligencia en la obediencia tan grande como las amenazas que pronuncia la severidad o las promesas que libremente hace la liberalidad. Y, sin embargo, exigimos obediencia no solo a los hombres que llevan bajo la barbilla el vínculo de la esclavitud o que por cualquier otro medio legal deben obedecer, sino incluso al ganado y a las bestias, sabiendo que el Señor los ha provisto y entregado para nuestro uso. ¿Serán, entonces, las criaturas que Dios somete a nosotros mejores que nosotros en la disciplina de la obediencia? En fin, las criaturas que obedecen reconocen a sus amos.
  4. 4¿Vacilamos en escuchar atentamente a Aquel a quien únicamente estamos sujetos, es decir, al Señor? ¡Pero qué injusto e ingrato es no devolver a quien te concede, por medio de la bondad de tu prójimo, aquello mismo que recibes de otros! No hacen falta más palabras sobre la obediencia que debemos al Señor Dios, pues quien reconoce a Dios comprende lo que le incumbe. Sin embargo, para que no parezca que hemos introducido la obediencia como asunto ajeno, recordemos que la propia obediencia nace de la paciencia. El impaciente jamás la presta, y el paciente jamás deja de encontrar en ella placer. ¿Quién, pues, podría hablar suficientemente del bien de aquella paciencia que el Señor Dios, revelador y acogedor de todos los bienes, llevó en Sí mismo?
  5. 5Además, ¿quién dudaría de que todo bien, por pertenecer a Dios, debe ser buscado con toda el alma por quienes pertenecen a Dios? Con estas consideraciones, el elogio y la exhortación sobre la paciencia quedan establecidos brevemente, como en el compendio de una regla normativa.
  6. 6CAPÍTULO V — ASÍ COMO DIOS ES EL AUTOR DE LA PACIENCIA,
  7. 7EL DIABLO ES EL AUTOR DE LA IMPACIENCIA.
  8. 8Sin embargo, no es inútil proseguir la discusión de las cosas necesarias para la fe, porque no es infructuosa. En la edificación, ninguna abundancia de palabras es indigna, si es que alguna vez podría serlo. Así, cuando el discurso versa sobre algún bien particular, el asunto requiere que examinemos también su contrario. Pues arrojarás más luz sobre lo que se debe buscar si antes resumes lo que se debe evitar.
  9. 9Examinemos, por tanto, la Impaciencia: así como la paciencia está en Dios, ¿habrá nacido y se habrá descubierto la cualidad contraria en nuestro adversario? De este examen se verá hasta qué punto es enemiga de la fe. Pues lo que ha sido concebido por el rival de Dios ciertamente no favorece las cosas de Dios. La discordia entre las cosas es la misma que existe entre sus autores. Además, puesto que Dios es el mejor de los seres y el diablo, por el contrario, el peor, su propia diversidad atestigua que ninguno obra en favor del otro. Así, no se puede esperar que el Maligno produzca bien alguno para nosotros, ni que el Bueno produzca mal alguno. Encuentro, pues, el nacimiento de la impaciencia en el diablo mismo, en el momento en que no soportó pacientemente que el Señor Dios sometiera todas las obras creadas a Su imagen, es decir, al hombre.
  10. 10Si lo hubiera soportado, no se habría afligido; y no habría envidiado al hombre si no se hubiera afligido. Por tanto, lo engañó porque lo había envidiado; lo había envidiado porque se había afligido; se había afligido porque, evidentemente, no lo había soportado con paciencia. Desdeño investigar si aquel ángel de perdición fue primero malicioso o impaciente, pues es manifiesto que la impaciencia nació junto con la malicia, o bien la malicia nació de la impaciencia; después conspiraron entre sí y crecieron inseparables en un mismo seno paterno. Pero, habiendo aprendido por experiencia propia cuánto lo había ayudado a pecar aquello que primero sintió y por medio de lo cual
  11. 11había iniciado su carrera de transgresión, recurrió a lo mismo para empujar al hombre al delito. La mujer, en cuanto se encontró con él —puedo decirlo sin temeridad—, recibió, por la propia conversación con él, el aliento de un espíritu contaminado de impaciencia. Es seguro que nunca habría pecado si hubiera honrado el mandato divino perseverando pacientemente hasta el fin. ¿Y qué decir de que no soportara haber sido abordada sola? En presencia de Adán, que aún no era su marido ni estaba obligado a escucharla, no soporta callar y lo convierte en transmisor de lo que había absorbido del Maligno.
  12. 12Así, otro ser humano perece también por la impaciencia de ella; y enseguida perece por sí mismo, por su propia impaciencia manifestada tanto ante la advertencia de Dios como ante el engaño del diablo: no soportó observar la primera ni refutar el segundo. De la misma fuente de donde nació la transgresión surgió el primer juicio; cuando el hombre fue inducido a ofender, Dios comenzó a airarse. De donde vino la primera indignación de Dios vino también Su primera paciencia: en aquella ocasión, satisfecho con la sola maldición, Se abstuvo de infligir al diablo un castigo inmediato. ¿Qué otro delito, antes de esta culpa de impaciencia, podía imputársele al hombre? Era inocente, amigo íntimo de Dios y cultivador del paraíso.
  13. 13Pero, una vez que sucumbió a la impaciencia, dejó por completo de ser agradable a Dios y de poder soportar las cosas celestiales. Desde entonces, entregado a la tierra y expulsado de la presencia de Dios, empezó a dejarse llevar fácilmente por la impaciencia a toda acción ofensiva para Dios. Pues aquella impaciencia, concebida de la semilla del diablo, engendró, en la fecundidad de la malicia, a la ira como hija y, después de darla a luz, la instruyó en sus propias artes. Aquello mismo que había sumido a Adán y Eva en la muerte enseñó también a su hijo a comenzar por el homicidio. Sería vano atribuirlo a la impaciencia si Caín, primer homicida y primer fratricida, hubiera soportado con ecuanimidad, y no con impaciencia, el rechazo del Señor a sus ofrendas; si no se hubiera airado contra su hermano; si, en fin, no hubiera quitado la vida a nadie.
  14. 14Por tanto, como no habría podido matar sin estar airado, ni airarse sin ser impaciente, demuestra que lo que hizo por ira debe atribuirse a aquello que despertó la ira, cuando la impaciencia estaba todavía, por así decirlo, en la cuna. ¡Pero qué grande fue pronto su crecimiento! Y no es extraño: si ella fue la primera transgresora, se sigue que, por haber sido la primera, es también el único tronco del que brota toda transgresión, vertiendo de su propia fuente diversas corrientes de delitos. Ya hemos hablado del homicidio; aunque nacido de la ira desde el principio, cualesquiera otros motivos que la ira encontró poco después para cometerlo pertenecen, en conjunto, a la impaciencia como origen suyo.
  15. 15Ya sea que alguien cometa tal maldad por enemistad personal o por codicia, el primer paso es no soportar el odio o la avaricia. Sea cual sea la fuerza que lo impulse, no puede consumar el acto sin la impaciencia que le es propia. ¿Quién cometió jamás adulterio sin la impaciencia de la lujuria? Y, si en las mujeres el precio fuerza la venta de su pudor, es evidentemente la incapacidad de renunciar a la ganancia la que rige esa venta. Menciono estos delitos como los principales a los ojos del Señor, pues, en suma, todo pecado puede atribuirse a la impaciencia. El mal es la impaciencia ante el bien. Ningún impúdico deja de ser impaciente con el pudor; ningún deshonesto, con la honestidad; ningún impío, con la piedad; ningún inquieto, con la quietud. Para hacerse malo, cada cual deja de perseverar en el bien.
  16. 16¿Cómo, pues, podría semejante hidra de transgresiones dejar de ofender al Señor, que reprueba los males? ¿No es manifiesto que Israel siempre faltó a su deber para con Dios por impaciencia? Olvidó el brazo celestial que lo había sacado de su aflicción en Egipto y pidió a Aarón dioses que lo guiaran; vertió su oro para hacer un ídolo, pues no soportó la demora tan necesaria de Moisés mientras se encontraba con Dios. Después de la lluvia comestible
  17. 17del maná, después del agua que los seguía desde la roca, desesperaron del Señor por no soportar tres días de sed; el Señor también les imputa esto como impaciencia. Y, para no recorrer cada caso, jamás perecieron sino por faltar al deber mediante la impaciencia. Además, ¿cómo pusieron las manos sobre los profetas sino por no soportar escucharlos? ¿Y sobre el propio Señor, sino también por no soportar verlo? Si hubieran entrado en el camino de la paciencia, habrían sido liberados.