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Epístola a Diogneto · Capítulo 8

  1. 11. Capítulo 8 — El miserable estado de los hombres antes de la venida de la Palabra.
  2. 22. Porque, ¿quién de entre los hombres comprendió jamás antes de su venida qué cosa es Dios? ¿Acaso admites las doctrinas vanas y necias de los tenidos por filósofos dignos de fe? de los cuales unos dijeron que Dios era el fuego, llamando dios a aquello a donde ellos mismos han de ir a parar; otros que era el agua; y otros alguno de los demás elementos formados por Dios.
  3. 33. Mas si alguna de tales teorías mereciese aprobación, cualquiera de las demás cosas creadas podría igualmente ser proclamada como Dios.
  4. 44. Pero tales asertos son meras patrañas y engaños de impostores; y ningún hombre le vio ni le conoció, sino que Él mismo se reveló.
  5. 55. Y se manifestó por medio de la fe, a la cual sola es concedido contemplar a Dios.
  6. 66. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y lo ordenó en sus diversos lugares, no sólo se mostró benigno con los hombres, sino sumamente paciente.
  7. 77. Sí, Él siempre ha sido tal, y es, y será: compasivo, y bueno, y libre de ira, y veraz, y el único verdaderamente bueno; y concibió en su mente un designio grande e inefable, el cual comunicó únicamente a su Hijo.
  8. 88. Mientras, pues, mantuvo y guardó su sabio consejo en secreto, pareció desatendernos y no tener cuidado de nosotros.
  9. 99. Mas habiendo manifestado y revelado por medio de su Hijo amado las cosas dispuestas desde el principio, derramó juntamente todas las bendiciones sobre nosotros, haciéndonos partícipes de sus beneficios, y dándonos ver y comprender cosas que ninguno de nosotros jamás hubiera esperado.
  10. 1010. Todo lo tenía, pues, dispuesto en su mente juntamente con su Hijo, conforme a la economía concertada entre ambos.