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Hechos de Tomás · Capítulo 9

  1. 1Aconteció, pues, que cierta mujer, esposa de Carisio, el cual era el segundo después del rey, cuyo nombre era Migdonia, vino para ver y contemplar el nuevo nombre y el nuevo Dios que era proclamado, y al nuevo apóstol que había venido a visitar su tierra; y ella era llevada en hombros por sus propios siervos; y a causa de la gran multitud y del camino estrecho no podían acercarla a él. Y ella envió a pedir a su marido que le enviase más siervos para servirla; y vinieron y se acercaron a ella, apretando a la gente y golpeándola. Y el apóstol lo vio y les dijo: ¿Por qué derribáis a los que vienen a oír la palabra y están ansiosos por ella? Y deseáis estar cerca de mí, mas estáis lejos, como se dijo de la multitud que venía al Señor: Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís; y dijo a las multitudes: El que tiene oídos para oír, oiga; y: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
  2. 2Y mirando a los que la llevaban, les dijo: Esta bendición y esta amonestación que les fue prometida es para vosotros que ahora estáis pesadamente cargados. Vosotros sois los que lleváis cargas pesadas de soportar y sois llevados de acá para allá por mandato de ella. Y aunque sois hombres, ponen sobre vosotros cargas como sobre bestias brutas, porque los que tienen autoridad sobre vosotros piensan que no sois hombres como ellos mismos, ya siervos o libres. Porque ni las posesiones aprovecharán al rico, ni la pobreza librará al pobre del juicio; ni hemos recibido mandamiento que no podamos cumplir, ni ha puesto sobre nosotros cargas pesadas de llevar que no podamos soportar; ni edificios que los hombres construyen, ni labrar piedras y aparejar casas, como hacen vuestros artífices por su propio conocimiento. Mas este mandamiento hemos recibido del Señor: que aquello que no nos agrada cuando es hecho por otro, eso no lo hagamos a ningún otro hombre.
  3. 3Absteneos, pues, primeramente del adulterio, porque éste es el principio de todos los males; y luego del hurto, que sedujo a Judas Iscariote y le llevó al ahorcamiento; y de la avaricia, porque cuantos ceden a la avaricia no ven lo que hacen; y de la vanagloria y de todas las obras torpes, mayormente las del cuerpo, por las cuales viene la condenación eterna. Porque ésta es la metrópoli de todos los males; y asimismo lleva a la tiranía a los que alzan erguida la cerviz, y los arrastra al abismo y los sojuzga bajo sus manos, de modo que no ven lo que hacen; por lo cual las cosas hechas por ellos les están ocultas.
  4. 4Mas haceos agradables a Dios en todas las buenas obras, en mansedumbre y sosiego; porque a éstos Dios perdona, y otorga la vida eterna, y tiene en nada a la muerte. Y en benignidad que sigue a todas las cosas buenas, y vence a todos los enemigos y sola recibe la corona de la victoria; con benignidad, y alargando la mano a los pobres, y socorriendo la necesidad de los menesterosos, y repartiendo a los que están en necesidad, mayormente a los que andan en santidad. Porque esto es escogido delante de Dios y conduce a la vida eterna; porque esto es delante de Dios la metrópoli de todo bien; porque los que no luchan en el estadio de Cristo no alcanzarán la santidad. Y la santidad se manifestó de parte de Dios, quitando la fornicación, derribando al enemigo, agradable a Dios; porque ella es una atleta invencible, teniendo honra de Dios, glorificada por muchos; ella es embajadora de la paz, anunciando la paz: si alguno la alcanza, mora sin cuidado, agradando al Señor, esperando el tiempo de la redención; porque nada hace indebido, sino que da vida, reposo y gozo a todos los que la alcanzan.
  5. 5Porque la mansedumbre venció a la muerte y la puso bajo autoridad; la mansedumbre esclavizó al enemigo; la mansedumbre es el yugo bueno; la mansedumbre no teme ni se opone a los muchos; la mansedumbre es paz, gozo y exaltación del reposo. Permaneced, pues, en la santidad y recibid de mí la libertad, y cercaos a la mansedumbre; porque en estos tres puntos está retratado el Cristo que os proclamo. La santidad es el templo de Cristo, y el que mora en ella la adquiere por morada, por cuanto por cuarenta días y cuarenta noches ayunó, nada gustando; y el que la guarda morará en ella como sobre un monte. Y la mansedumbre es su gloria; porque dijo a Pedro nuestro compañero apóstol: Vuelve tu espada a la vaina; porque si yo hubiera querido hacerlo así, ¿no podría haber traído más de doce legiones de ángeles de mi Padre?
  6. 6Y habiendo dicho el apóstol estas cosas a oídos de toda la multitud, se atropellaban y se apretaban unos a otros; y la mujer de Carisio, pariente del rey, saltó de su silla y se arrojó en tierra delante del apóstol, y se asió de sus pies, y suplicó y dijo: Oh discípulo del Dios vivo, has venido a una tierra desierta, porque vivimos en el desierto; siendo semejantes a bestias brutas en nuestra conducta, mas ahora seremos salvos por tus manos; ruégote, pues, ten cuidado de mí y ora por mí, para que la compasión del Dios que predicas venga sobre mí, y yo sea hecha su morada, y me una en oración, esperanza y fe en él, y reciba yo también el sello y sea hecha templo santo, y él habite en mí.
  7. 7Y el apóstol dijo: Oro y suplico por todos vosotros, hermanos, que creéis en el Señor, y por vosotras, hermanas, que esperáis en Cristo, para que en todos vosotros la palabra de Dios haga morada y tenga en vosotros su tabernáculo; porque no tenemos potestad sobre ellos. Y comenzó a decir a la mujer Migdonia: Levántate de la tierra y sosiégate. Porque este atavío que traes puesto no te aprovechará, ni la hermosura de tu cuerpo, ni tus vestidos, ni tampoco la fama de tu nobleza, ni la autoridad de este mundo, ni la unión carnal con tu marido te valdrán si fueres privada de la verdadera comunión; porque la ilusión de los adornos viene a nada, y el cuerpo envejece y se muda, y las vestiduras se desgastan, y la autoridad y el señorío pasan, y la unión de la procreación también pasa, y se torna como en condenación. Jesús solo permanece para siempre, y los que en él esperan. Así habló, y dijo a la mujer: Ve en paz, y el Señor te hará digna de sus propios misterios. Mas ella dijo: Temo irme, no sea que me desampares y partas a otra nación. Mas el apóstol le dijo: Aunque yo me vaya, no te dejaré sola, sino que Jesús por su compasión estará contigo. Y ella se postró y le hizo reverencia, y partió para su casa.
  8. 8Mas Carisio, pariente del rey Misdeo, se bañó y volvió y se sentó a comer. Y preguntó por su mujer, dónde estaba; porque no había salido de sus aposentos a recibirle como acostumbraba. Y sus siervas le dijeron: No está bien. Y él entró presuroso en el aposento y la halló acostada en el lecho y cubierta con velo; y descubriéndola la besó, diciendo: ¿Por qué estás triste hoy? Y ella dijo: No estoy bien. Y él le dijo: ¿Por qué, pues, no guardaste el decoro de tu libertad y permaneciste en tu casa, sino fuiste a escuchar discursos vanos y a mirar obras de hechicería? Mas levántate y cena conmigo, porque no puedo cenar sin ti. Mas ella le dijo: Hoy rehúso, porque estoy muy atemorizada.
  9. 9Y oyendo Carisio esto de Migdonia, no quiso salir a cenar, sino mandó a sus siervos que trajesen la cena para comer con ella; y habiéndola traído, deseó cenar con ella, mas ella se excusó; y como ella no quiso, cenó él solo, diciéndole: Por tu causa rehusé cenar con el rey Misdeo, ¿y tú no quisiste cenar conmigo? Mas ella dijo: Es porque no estoy bien. Levantóse, pues, Carisio como acostumbraba y quiso dormir con ella, mas ella dijo: ¿No te dije que por hoy lo rehusaba?
  10. 10Oyendo él esto, se fue a otro lecho y durmió; y despertando del sueño, dijo: Señora mía Migdonia, oye el sueño que he visto. Vi que estaba recostado a la mesa cerca del rey Misdeo, y un plato de todas suertes nos fue puesto delante; y vi un águila descender del cielo y arrebatar de delante de mí y del rey dos perdices, las cuales puso contra su corazón; y de nuevo vino sobre nosotros y voló sobre nosotros, y el rey mandó que le trajesen un arco; y el águila arrebató de nuevo de delante de nosotros una paloma y una tórtola, y el rey le disparó una flecha, y le atravesó de un lado al otro y no le dañó; y ella ilesa subió a su propio nido. Y desperté, y estoy lleno de temor y en gran manera afligido, porque había probado de la perdiz, y ella no me permitió llevarla de nuevo a mi boca. Y Migdonia le dijo: Tu sueño es bueno; porque tú cada día comes perdices, mas esta águila no había gustado de perdiz hasta ahora.
  11. 11Y venida la mañana, Carisio fue y se vistió, y calzó su pie derecho con el calzado izquierdo; y se detuvo, y dijo a Migdonia: ¿Qué es esto? ¡Pues mira el sueño y este acto mío! Mas Migdonia le dijo: Tampoco esto es malo, sino me parece muy bueno; porque de un acto desdichado habrá mudanza para mejor. Y él lavó sus manos y fue a saludar al rey Misdeo.
  12. 12Y asimismo Migdonia se levantó de mañana y fue a saludar al apóstol Judas Tomás, y le halló razonando con el capitán y con toda la multitud, y les aconsejaba y hablaba de la mujer que había recibido al Señor en su alma, de quién era esposa; y el capitán dijo: Es esposa de Carisio, pariente del rey Misdeo. Y dijo: Su marido es hombre riguroso, y en todo cuanto dice al rey éste le obedece; y no consentirá que ella continúe en este propósito que ha prometido; porque muchas veces la ha alabado delante del rey, diciendo que no hay otra como ella en amor: todas las cosas, pues, que le hablas le son extrañas. Y el apóstol dijo: Si verdaderamente y con certeza el Señor ha amanecido sobre su alma y ella ha recibido la simiente sembrada en ella, ningún cuidado tendrá de esta vida temporal, ni temerá la muerte, ni Carisio la podrá dañar en nada; porque mayor es el que ella ha recibido en su alma, si en verdad le ha recibido.
  13. 13Y oyendo esto Migdonia, dijo al apóstol: En verdad, señor mío, he recibido la simiente de tus palabras, y llevaré fruto conforme a tal simiente. El apóstol dice: Nuestras almas te dan alabanza y gracias, oh Señor, porque son tuyas; nuestros cuerpos te dan gracias, a los cuales tuviste por dignos de ser hechos morada de tu don celestial. Y dijo también a los que estaban presentes: Bienaventurados los santos, cuyas almas nunca los condenaron, porque las ganaron y no están divididos contra sí mismos; bienaventurados los espíritus de los puros, y los que recibieron íntegra la corona celestial del siglo que les fue señalado; bienaventurados los cuerpos de los santos, porque fueron hechos dignos de ser templos de Dios, para que Cristo more en ellos; bienaventurados sois, porque tenéis potestad para perdonar pecados; bienaventurados sois si no perdiereis lo que os es encomendado, sino gozosos y partiendo lo llevareis con vosotros; bienaventurados sois los santos, porque a vosotros os es dado pedir y recibir; bienaventurados sois los mansos, porque Dios os tuvo por dignos de ser herederos del reino celestial. Bienaventurados sois los mansos, porque sois los que habéis vencido al enemigo; bienaventurados sois los mansos, porque veréis la faz del Señor. Bienaventurados los que tenéis hambre por causa del Señor, porque para vosotros está guardado el reposo, y vuestras almas se gozan desde ahora. Bienaventurados los que sois apacibles, porque fuisteis tenidos por dignos de ser librados del pecado y del intercambio de animales puros e impuros. Y habiendo dicho el apóstol estas cosas a oídos de toda la multitud, Migdonia fue más confirmada en la fe, en la gloria y en la grandeza de Cristo.
  14. 14Mas Carisio, pariente y amigo del rey Misdeo, vino a su almuerzo y no halló a su mujer en casa; y preguntó a todos los de su casa: ¿Adónde ha ido vuestra señora? Y uno de ellos respondió y dijo: Ha ido a aquel forastero. Y oyendo esto de su siervo, se airó contra los otros siervos porque no le habían dicho luego lo acontecido; y sentóse y la aguardó. Y siendo la tarde y entrando ella en casa, le dijo él: ¿Dónde estuviste? Y ella respondió y dijo: Con el médico. Y él dijo: ¿Es médico aquel forastero? Y ella dijo: Sí, es médico de las almas; porque los más de los médicos curan los cuerpos que se disuelven, mas él sana las almas que no son destruidas. Carisio, oyendo esto, se enojó mucho en su ánimo contra Migdonia por causa del apóstol, mas nada le respondió, porque tuvo temor; porque ella era superior a él tanto en riquezas como en linaje; mas se retiró a cenar, y ella se fue a su aposento. Y él dijo a los siervos: Llamadla a cenar. Mas ella no quiso venir.
  15. 15Y oyendo que ella no quería salir de su aposento, entró y le dijo: ¿Por qué no quieres cenar conmigo y acaso no acostarte conmigo como es costumbre? Por cierto de esto tengo mayor sospecha, porque he oído que aquel mago y engañador enseña que el hombre no debe cohabitar con su mujer, y trastorna lo que la naturaleza demanda y la divinidad ordenó. Diciendo Carisio estas cosas, Migdonia callaba. Dícele él de nuevo: Señora mía y consorte Migdonia, no seas descarriada por palabras engañosas y vanas, ni por las obras de hechicería que he oído que este hombre hace en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; porque nunca fue oído en el mundo que alguno resucitase a los muertos, y según oigo, se cuenta de este hombre que resucita a muertos. Y en cuanto a que no come ni bebe, no pienses que por causa de justicia no come ni bebe, mas esto lo hace porque nada tiene; ¿pues qué haría quien no tiene siquiera su pan cotidiano? Y tiene una sola vestidura porque es pobre, y en cuanto a no recibir nada de nadie.
  16. 16Y diciendo Carisio esto, Migdonia estuvo silenciosa como piedra, mas oraba pidiendo que amaneciese para ir al apóstol de Cristo. Y él se apartó de ella y se fue a cenar con ánimo apesadumbrado, porque pensaba acostarse con ella según la costumbre. Y habiendo salido él, dobló ella sus rodillas y oró, diciendo: Señor Dios y Dueño soberano, Padre misericordioso, Salvador Cristo, dame fuerzas para vencer la desvergüenza de Carisio, y concédeme guardar la santidad en que te deleitas, para que yo también por ella halle la vida eterna. Y habiendo orado así, se acostó en su lecho y se cubrió con el velo.
  17. 17Mas Carisio, habiendo cenado, vino sobre ella, y ella clamó a gran voz, diciendo: Ya no tienes lugar alguno junto a mí, porque mi Señor Jesús es mayor que tú, el cual está conmigo y reposa en mí. Y él rió y dijo: Bien te burlas diciendo esto de aquel mago, y bien de él escarneces, el cual dice: No tenéis vida con Dios si no os purificáis. Y diciendo esto procuró acostarse con ella, mas ella no lo toleró, y clamó amargamente, diciendo: ¡A ti clamo, Señor Jesús, no me desampares! Porque en ti he hecho mi refugio; porque cuando supe que tú eres el que buscas a los que están encubiertos en ignorancia y salvas a los que están presos en el error. Y ahora te suplico, cuya fama he oído y en quien he creído: ven en mi ayuda y sálvame de la desvergüenza de Carisio, para que su impureza no prevalezca sobre mí. Y batió sus manos y huyó de él desnuda, y saliendo arrancó la cortina de la cámara nupcial y se envolvió en ella, y fue a su nodriza y durmió allí con ella.
  18. 18Mas Carisio estuvo con pesadumbre toda la noche, y golpeó su rostro con sus manos, y pensó ir en aquella misma hora a contar al rey la violencia que se le había hecho; mas consideró consigo mismo, diciendo: Si la gran pesadumbre que está sobre mí me impele a ir ahora al rey, ¿quién me meterá a él? Porque sé que mi afrenta me ha derribado de mis altos ojos, de mi vanagloria y majestad, y me ha abatido a esta bajeza, y ha apartado de mí a mi hermana Migdonia. Por cierto, si el mismo rey estuviese delante de las puertas a esta hora, no habría podido salir y responderle. Mas esperaré hasta el alba, y sé que cualquier cosa que pida al rey me la otorgará; y le diré de la locura de este forastero, de cómo tiránicamente derriba a los grandes e ilustres al abismo. Porque no es esto lo que me duele, ser privado de su compañía, sino por ella estoy dolido, porque la grandeza de su alma ha sido abatida; siendo una señora honrada, a quien ninguno de su casa jamás tachó, ha huido desnuda, corriendo fuera de su propia cámara, y no sé adónde ha ido; y pudiera ser que se haya vuelto loca por medio de aquel hechicero, y en su locura haya salido a la plaza a buscarle; porque no hay nada que le parezca amable fuera de él y de las cosas que él habla.
  19. 19Y diciendo esto comenzó a lamentarse y decir: ¡Ay de mí, oh consorte mía, y de ti también! Porque muy presto fui despojado de ti. ¡Ay de mí, mi muy amada, porque aventajas a todo mi linaje; ni hijo ni hija he tenido de ti para que en ellos hallase descanso; ni siquiera has morado conmigo un año cumplido, y un mal de ojo te ha arrebatado de mí! ¡Ojalá la violencia de la muerte te hubiese quitado, y yo todavía me contaría entre reyes y magnates; mas tener que padecer esto a manos de un forastero, que quizá sea un esclavo fugitivo, para desdicha mía y tristeza de mi desventurada alma! No haya estorbo para mí hasta que le destruya y vengue esta noche, y no sea yo grato delante del rey Misdeo si no me vengare con la cabeza de este forastero; y también le hablaré de Sifor el capitán, que ha sido la ocasión de esto. Porque por su medio apareció aquí el forastero, y posa en su casa; y muchos son los que entran y salen, a quienes enseña una nueva doctrina, diciendo que nadie puede vivir si no deja toda su hacienda y se hace renunciante como él; y se esfuerza por hacer a muchos partícipes consigo.
  20. 20Y pensando Carisio en estas cosas, despuntó el día; y vistió un hábito humilde, calzóse y fue cabizbajo y apesadumbrado a saludar al rey. Y cuando el rey le vio, dijo: ¿Por qué estás triste y vienes con tal hábito? Y veo que tu semblante ha cambiado. Y Carisio dijo al rey: Tengo una cosa nueva que contarte y una nueva desolación que Sifor ha traído a la India: cierto hebreo, un hechicero, a quien tiene sentado en su casa y que de él no se aparta; y muchos son los que van a él, a los cuales también enseña de un nuevo Dios, imponiéndoles nuevas leyes cuales nunca fueron oídas, diciendo: Os es imposible entrar en aquella vida eterna que os proclamo a menos que os deshagáis de vuestras mujeres, e igualmente las mujeres de sus maridos. Y aconteció que mi desventurada mujer también fue a él y se hizo oidora de sus palabras, y creyó en ellas, y en la noche me desamparó y corrió al forastero. Mas envía tanto por Sifor como por aquel hechicero que con él se esconde, y haz recaer esto sobre sus cabezas, para que no perezcan todos los de nuestra nación.
  21. 21Y oyendo esto Misdeo su amigo, le dijo: No te aflijas ni te entristezcas, porque enviaré por él y te vengaré, y tendrás a tu mujer de nuevo, y a los otros que no pueden yo los vengaré. Y salió el rey y se sentó en el tribunal, y estando sentado mandó llamar a Sifor el capitán. Fueron, pues, a su casa y le hallaron sentado a la mano derecha del apóstol, y Migdonia a sus pies, oyéndole con toda la multitud. Y los que fueron enviados de parte del rey dijeron a Sifor: ¿Estás aquí sentado oyendo palabras vanas, mientras el rey Misdeo en su ira piensa destruirte por causa de este hechicero y engañador que has traído a tu casa? Y Sifor, oyéndolo, se abatió, no por la amenaza del rey contra él, sino por el apóstol, porque el rey estaba dispuesto contra él. Y dijo al apóstol: Me duelo por ti; porque te dije desde el principio que aquella mujer es esposa de Carisio, amigo y pariente del rey, y él no consentirá que ella cumpla lo que ha prometido, y todo cuanto pide al rey se lo concede. Mas el apóstol dijo a Sifor: No temas nada, sino cree en Jesús que aboga por todos nosotros, porque a su refugio estamos congregados. Y Sifor, oyendo esto, se envolvió en su manto y fue al rey Misdeo.
  22. 22Y el apóstol preguntó a Migdonia: ¿Cuál fue la causa de que tu marido se airase contra ti y maquinase esto contra nosotros? Y ella dijo: Porque no me entregué a su corrupción; porque deseó anoche sojuzgarme y sujetarme a aquella pasión a que sirve; y aquel a quien he encomendado mi alma me libró de sus manos; y huí de él desnuda y dormí con mi nodriza; mas lo que le aconteció no lo sé, por qué razón ha urdido esto. El apóstol dice: Estas cosas no nos dañarán; mas cree tú en Jesús, y él desbaratará la ira de Carisio, su locura y su ímpetu; y él será compañero contigo en el camino temible, y te guiará a su reino, y te llevará a la vida eterna, dándote aquella confianza que no perece ni se muda.
  23. 23Estaba, pues, Sifor delante del rey, y éste le preguntó: ¿Quién es ese hechicero y de dónde, y qué enseña el que tienes escondido en tu casa? Y Sifor respondió al rey: No ignoras, oh rey, qué aflicción y dolor tuvimos yo y mis amigos acerca de mi esposa, a quien conoces y muchos otros recuerdan, y acerca de mi hija, a quien estimo más que a todas mis posesiones, qué tiempo y prueba padecí; porque vine a ser escarnio y maldición en toda nuestra tierra. Y oí la fama de este hombre y fui a él y le rogué, y tomándole le traje acá. Y viniendo por el camino vi cosas admirables y asombrosas; y aquí también muchos oyeron al asno montés y acerca de aquel demonio que él echó fuera, y sanó a mi mujer y a mi hija, y ahora están sanas; y no pidió galardón alguno, mas demanda fe y santidad, para que los hombres se hagan partícipes con él en lo que hace; y esto enseña: a adorar y temer a un solo Dios, gobernador de todas las cosas, y a Jesucristo su Hijo, para que tengan vida eterna. Y lo que come es pan y sal, y su bebida agua de tarde en tarde, y hace muchas oraciones; y todo cuanto pide a su Dios, él se lo da. Y enseña que este Dios es santo y poderoso, y que Cristo vive y da vida; por lo cual también exhorta a los presentes a que vengan a él en santidad, pureza, amor y fe.
  24. 24Y oyendo el rey Misdeo estas cosas de Sifor, envió muchos soldados a la casa de Sifor el capitán para traer a Tomás el apóstol y a todos los que allí fuesen hallados. Y los enviados entraron y le hallaron enseñando a mucha gente; y Migdonia estaba sentada a sus pies. Y viendo la gran multitud que estaba alrededor de él, temieron y se volvieron a su rey y dijeron: No osamos decirle nada, porque había una gran multitud alrededor de él, y Migdonia sentada a sus pies escuchaba las cosas que él hablaba. Y cuando el rey Misdeo y Carisio oyeron estas cosas, Carisio saltó de delante del rey y llevó consigo mucha gente, diciendo: Yo le traeré, oh rey, y a Migdonia, cuyo entendimiento él ha arrebatado. Y fue a la casa de Sifor el capitán, muy turbado, y halló a Tomás enseñando; mas a Migdonia no la halló, porque se había retirado a su casa, habiendo sabido que se había dicho a su marido que ella estaba allí.
  25. 25Y dijo Carisio al apóstol: Levántate, malvado, destructor y enemigo de mi casa; porque a mí tu hechicería no me daña, pues haré recaer tu hechicería sobre tu cabeza. Y diciendo él esto, el apóstol le miró y le dijo: Tus amenazas volverán sobre ti, porque a mí no me dañarás en nada; porque mayor que tú, que tu rey y que todo vuestro ejército es el Señor Jesucristo en quien tengo mi confianza. Y Carisio tomó un lienzo de uno de sus siervos y lo echó al cuello del apóstol, diciendo: Arrastradle y llevadle; veamos si su Dios es poderoso para librarle de mis manos. Y le arrastraron y le llevaron al rey Misdeo. Y el apóstol compareció delante del rey, y el rey le dijo: Dime quién eres y con qué poder haces estas cosas. Mas el apóstol guardó silencio. Y el rey mandó a sus oficiales que le azotasen con ciento veintiocho azotes, y le atasen, y le echasen en la cárcel; y le ataron y le llevaron. Y el rey y Carisio deliberaban cómo le matarían, porque la multitud le veneraba como a Dios. Y pensaban decir: El forastero ha injuriado al rey y es un engañador.
  26. 26Mas el apóstol fue a la cárcel gozoso y regocijándose, y dijo: Alábote, Jesús, porque no sólo me hiciste digno de la fe en ti, sino también de padecer mucho por tu causa. Doyte gracias, pues, Señor, porque tuviste cuidado de mí y me diste paciencia; agradézcote, Señor, porque por tu causa soy llamado hechicero y mago. Recíbeme, pues, con la bendición de los pobres, con el reposo de los trabajados y con las bendiciones de aquellos a quienes los hombres aborrecen, persiguen, vituperan y dicen de ellos palabras malas. Porque he aquí que por tu causa soy aborrecido; he aquí que por tu causa soy apartado de la multitud, y por tu causa me llaman tal cual no soy.
  27. 27Y orando él, todos los presos le miraban y le suplicaban que orase por ellos; y habiendo orado y sentándose, comenzó a entonar un salmo de esta manera: Cuando yo era niño en el palacio de mi Padre y reposaba en la riqueza y delicias de mis criadores, del Oriente, nuestra patria, mis padres me aprovisionaron y me enviaron. Y de la riqueza de aquellos sus tesoros compusieron una carga a la vez grande y ligera, para que yo la pudiese llevar solo. Oro es la carga, de los que están en lo alto, y plata de los grandes tesoros, y piedras calcedonias de los indios, y perlas de los cusanos. Y armáronme con diamante, y desnudáronme de la vestidura guarnecida de pedrería y salpicada de oro, que habían hecho para mí porque me amaban, y el manto amarillo, hecho a mi estatura. E hicieron pacto conmigo y lo inscribieron en mi entendimiento para que no me olvidase de él, diciendo: Si descendieres a Egipto y trajeres de allá la perla única que allí está cercada por la serpiente devoradora, vestirás de nuevo la vestidura guarnecida de pedrería y el manto que sobre ella reposa, y serás con tu hermano, que es el segundo después de nosotros, heredero en nuestro reino. Y salí del Oriente por camino dificultoso y temible, con dos guías, y yo no estaba acostumbrado a viajar por él; y pasé por los confines de Mesena, donde se congregan los mercaderes del Oriente,
  28. 28y llegué a la tierra de los babilonios. Mas cuando entré en Egipto, me dejaron los guías que habían caminado conmigo. Y me encaminé por la vía más rápida hacia la serpiente, y junto a su cueva estuve aguardando a que cabecease y durmiese, para tomar mi perla de ella. Y por cuanto estaba solo, fingí mi semblante y me mostré como extraño a los míos. Y allí vi a mi pariente del Oriente, nacido libre, un mancebo hermoso y agraciado, hijo de príncipes. Él vino a mí y moró conmigo, y le tuve por compañero, y le hice mi amigo y partícipe en mi camino. Y le mandé que se guardase de los egipcios y de gustar de aquellas cosas inmundas. Y me vestí con sus vestiduras para no parecer forastero, como quien venía de fuera para cobrar la perla, y para que los egipcios no despertasen a la serpiente contra mí. Mas, no sé por qué ocasión, supieron que yo no era de su tierra. Y con engaño mezclaron para mí una astucia, y gusté de su comida. Y no me acordé más de que era hijo de rey, y me hice siervo de su rey. Y me olvidé también de la perla para la cual mis padres me habían enviado, y por causa de la pesadez de su comida caí en un profundo sueño. Mas sobreveniéndome esto, mis padres también lo supieron y se entristecieron por mí,
  29. 29y una proclamación fue promulgada en nuestro reino para que todos se congregasen a nuestras puertas. Y entonces los reyes de Partia y los gobernadores y los grandes del Oriente tomaron acuerdo acerca de mí, para que no fuese dejado en Egipto; y los príncipes me escribieron expresando así: De tu Padre el Rey de reyes, y de tu madre que gobierna el Oriente, y de tu hermano que es el segundo después de nosotros; a nuestro hijo que está en Egipto, paz. Levántate y despierta del sueño, y atiende a las palabras de la carta, y acuérdate de que eres hijo de reyes; he aquí que has caído bajo el yugo de servidumbre. Acuérdate de la perla por la cual fuiste enviado a Egipto. Acuérdate de tu vestidura resplandeciente de oro; tu nombre está escrito en el libro de la vida, juntamente con tu hermano a quien has recibido en nuestro reino. Y el Rey [como embajador] la selló a causa de los malignos, los hijos de los babilonios y los tiranos demonios de Laberinto. Ella voló y posó junto a mí, y se volvió toda en habla. Y yo a su voz y a su contacto me levanté del sueño, y la tomé y la besé y la leí. Y estaba escrito conforme a lo que había sido grabado en mi corazón.
  30. 30Y me acordé al punto de que era hijo de reyes, y mi libertad anheló su propia estirpe. Me acordé también de la perla por la cual había sido enviado a Egipto, y comencé a proferir conjuros contra la terrible serpiente, y la vencí invocando sobre ella el nombre de mi Padre. Y arrebaté la perla y me volví para llevarla a mis padres. Y me despojé de la vestidura inmunda y la dejé en su tierra, y enderecé mi camino sin tardanza hacia la luz de mi patria en el Oriente. Y en el camino hallé la carta que me había despertado; y ella, así como había tomado voz y me había levantado cuando dormía, así también me guiaba con la luz que de ella salía. Porque a veces la vestidura real de seda brillaba delante de mis ojos; y guiándome el amor y atrayéndome hacia adelante, pasé por Laberinto, dejé a Babilonia a mi izquierda y llegué a la gran Mesena, que yace a la orilla del mar, adonde desde las alturas de Hircania mis padres la habían enviado por mano de sus tesoreros, a quienes la encomendaron por su fidelidad. Mas yo no me acordaba de su resplandor, porque era todavía niño y muy joven cuando la había dejado en el palacio de mi Padre;
  31. 31mas de repente, [cuando] vi la vestidura, era semejante a mí como en un espejo. Y contemplé en ella todo mi ser y me conocí y me vi a través de ella, que estábamos separados, siendo de uno solo, y de nuevo éramos uno en una sola forma. Sí, los tesoreros también que me trajeron la vestidura contemplé, que eran dos, mas una sola semejanza había en ambos, un solo sello real estaba puesto en ambos. El dinero y la riqueza tenían en sus manos, y me pagaron el debido precio; y la hermosa vestidura, que estaba matizada con vivos colores, con oro, piedras preciosas y perlas de hermoso matiz, estaban sujetas en lo alto. Y la semejanza del Rey de reyes estaba en toda ella; piedras de zafiro estaban engastadas en ella en lo alto. Y de nuevo vi que por toda ella se emitían movimientos de conocimiento, y estaba pronta para hablar. Y la oí hablar:
  32. 32Soy de aquel que es más esforzado que todos los hombres, por amor del cual fui criado junto con el Padre mismo. Y percibí también su estatura. Y todos sus regios movimientos descansaban sobre mí a medida que se extendía hacia su impulso. Y se apresuraba, extendiéndose de la mano de los que la traían hacia el que la había de recibir; y a mí también el anhelo me despertó para salir a su encuentro y recibirla. Y extendí la mano y la recibí, y me adorné con la hermosura de sus colores; y en mi manto regio que excede en hermosura me vestí enteramente. Y habiéndolo vestido, fui levantado al lugar de la paz y de la reverencia; e incliné la cabeza y adoré el resplandor del Padre que me la había enviado. Porque yo había cumplido sus mandamientos, y él asimismo lo que había prometido; y a las puertas de su palacio, que era desde el principio, me mezclé entre (sus nobles); y él se regocijó por mí y me recibió consigo en su palacio, y todos sus siervos le alaban con suaves voces. Y me prometió que con él seré enviado a las puertas del rey, para que con mis dones y mi perla comparezcamos juntos delante del rey.
  33. 33Y Carisio fue a su casa alegre, pensando que su mujer estaría con él y que se había vuelto tal como era antes, aun antes de oír la palabra divina y creer en Jesús. Y fue y la halló con los cabellos desgreñados y los vestidos rasgados; y viéndolo le dijo: Señora mía Migdonia, ¿por qué esta cruel enfermedad se ha apoderado de ti? ¿Y por qué has hecho esto? Yo soy tu marido desde tu virginidad, y tanto los dioses como la ley me conceden tener señorío sobre ti; ¿qué gran locura es esta tuya, por la cual te has hecho escarnio en toda nuestra nación? Mas desecha el cuidado que proviene de aquel hechicero; y quitaré su presencia de entre nosotros, para que no le veas más.
  34. 34Mas Migdonia, oyendo esto, se entregó al llanto, gimiendo y lamentándose; y Carisio dijo de nuevo: ¿Tanto agravié a los dioses que me han afligido con semejante mal? ¿Cuál es mi gran ofensa para que me hayan echado en tal humillación? Ruégote, Migdonia, no atormentes más mi alma con tu lastimosa vista y tu vil apariencia, y no aflijas mi corazón con cuidados por ti. Yo soy Carisio tu marido, a quien toda la nación honra y teme. ¿Qué he de hacer? No sé adónde volverme. ¿Qué he de pensar? ¿Debo callar y soportar? Mas ¿quién puede tener paciencia cuando le quitan su tesoro? ¿Y quién puede sufrir la pérdida de tus dulces maneras? ¿Y qué queda para mí? Tu olor está en mis narices, y tu rostro resplandeciente está fijo en mis ojos. Están quitando mi alma, y el hermoso cuerpo que me gozaba en contemplar lo están destruyendo, y el más vivo de los ojos lo están cegando, y cortando mi mano derecha: mi gozo se torna en luto, y mi vida en muerte, y su luz teñida de tinieblas. Ninguno de vosotros, deudos míos, me mire de aquí en adelante; de vosotros ningún socorro me ha venido, ni adoraré en adelante a los dioses del Oriente que me han envuelto en tales calamidades, ni oraré más a ellos ni les sacrificaré, porque he sido despojado de mi esposa. ¿Y qué más les pediría? Porque toda mi gloria ha sido quitada, siendo yo un príncipe y el segundo después del rey en poder; mas Migdonia me ha tenido en nada y me ha despojado de todas estas cosas.
  35. 35Y hablando Carisio estas cosas con lágrimas, Migdonia estaba callada y mirando al suelo; y de nuevo se llegó a ella y dijo: Señora mía Migdonia, por mí sumamente deseada, acuérdate de que de todas las mujeres de la India te escogí y te tomé por la más hermosa, aunque pude haberme unido en matrimonio con muchas otras más bellas: mas aun en esto miento, Migdonia, porque por los dioses no hubiera sido posible hallar otra como tú en la tierra de la India; mas ¡ay de mí siempre!, porque ni siquiera una palabra me respondes: mas si quieres, miérame con injurias, con tal que me sea otorgada siquiera una palabra tuya. Mírame, porque soy más bien parecido que aquel hechicero; mas tú eres mi riqueza y honra, y todos saben que no hay nadie semejante a mí; y tú eres mi linaje y parentela; y he aquí que él te arrebata de mí.
  36. 36Y habiendo dicho Carisio esto, Migdonia le dijo: Aquel a quien amo es mejor que tú y tu hacienda; porque tu hacienda es de la tierra y a la tierra torna; mas aquel a quien amo es del cielo y me llevará consigo al cielo. Tus riquezas pasarán, tu hermosura se desvanecerá, y tus vestiduras y tus muchas obras; y quedarás solo, desnudo, con tus transgresiones. No me traigas a la memoria tus obras para conmigo, porque ruego al Señor que me olvide de ti, para no acordarme más de aquellos deleites pasados y de la costumbre de la carne, los cuales pasarán como sombra; mas solo Jesús permanece para siempre, y las almas que en él esperan. Jesús mismo me librará de las obras vergonzosas que contigo hice. Y oyendo esto Carisio, se volvió a dormir, deshecho en su alma, diciéndole: Considéralo contigo misma toda esta noche: y si quisieres estar conmigo tal como estabas antes, y no ver a aquel hechicero, haré todo conforme a tu voluntad; y si apartares tu afecto de él, le sacaré de la cárcel y le dejaré ir para que se mude a otra tierra, y no te afligiré, porque sé que tienes en mucho al forastero. Y no empezó contigo este negocio, porque a muchas otras mujeres también engañó juntamente contigo; y han despertado sobrias y han vuelto en sí: no desprecies, pues, mis palabras ni hagas que yo sea motivo de oprobio entre los indios.
  37. 37Y habiendo hablado así Carisio, se fue a dormir; mas ella tomó diez denarios y fue secretamente a darlos a los carceleros para poder entrar a ver al apóstol. Mas en el camino Judas Tomás vino y se encontró con ella, y ella le vio y temió, porque pensó que era uno de los gobernadores, pues una gran luz iba delante de él. Y decía para sí mientras huía: ¡Te he perdido, oh desventurada alma mía!, porque no verás más a Judas, apóstol del Dios vivo, y aún no has recibido el santo sello. Y huyó y corrió a un lugar estrecho y allí se escondió, diciendo: Antes escogería ser muerta por los más pobres, a quienes es posible persuadir, que caer en manos de este poderoso gobernador, que desprezará los sobornos.