Hechos de Tomás · Capítulo 8
- 1Salió, pues, el apóstol para ponerse en camino; y todos le acompañaban, llorando y conjurándole a que hiciese memoria de ellos en sus oraciones y no se olvidase de ellos. Subió entonces y se sentó en el carro, dejando a todos los hermanos; y el capitán vino y despertó al cochero, diciendo: Ruego y pido que me haga digno de sentarme bajo sus pies, y seré su conductor en este camino, para que él también sea mi guía en aquel camino por el cual pocos andan.
- 2Y habiendo caminado cerca de dos millas, el apóstol rogó al capitán y le hizo levantarse y le hizo sentar junto a sí, permitiendo que el cochero se sentase en su propio lugar. Y yendo ellos por el camino, aconteció que las bestias se cansaron con el gran calor y no se podían mover de manera alguna. Y el capitán se apesadumbró en gran manera y quedó del todo abatido, y pensó en correr por su propio pie y traer otras bestias para uso del carro; mas el apóstol dijo: No se turbe tu corazón ni desmaye, sino cree en Jesucristo, a quien te he anunciado, y verás grandes maravillas. Y miró y vio una manada de asnos monteses paciendo junto al camino, y dijo al capitán: Si has creído en Cristo Jesús, ve a aquella manada de asnos monteses y di: Judas Tomás, el apóstol de Cristo, el Dios nuevo, os dice: Vengan cuatro de vosotros, de los cuales tenemos necesidad.
- 3Y el capitán fue con temor, porque eran muchos; y yendo él, vinieron a su encuentro; y estando cerca, les dijo: Judas Tomás, el apóstol del nuevo Dios, os manda: Vengan cuatro de vosotros, de los cuales tengo necesidad. Y oyendo esto los asnos monteses, corrieron a una y vinieron a él, y llegando le hicieron reverencia. Y el apóstol les dijo: Paz a vosotros. Poneos cuatro de vosotros bajo el yugo en lugar de estas bestias que se han parado. Y cada uno de ellos vino y se apresuró a ser uncido: había allí cuatro más fuertes que los demás, los cuales fueron puestos bajo el yugo. Y los demás, unos iban delante y otros seguían. Y habiendo caminado un poco por el camino, despidió a los recentales, diciendo: Os digo, moradores del desierto, id a vuestros pastos; porque si yo hubiera tenido necesidad de todos, todos habríais ido conmigo; mas ahora id a vuestro lugar donde moráis. Y partieron sosegadamente hasta que no se vieron más.
- 4Y mientras el apóstol, el capitán y el cochero proseguían, los asnos monteses tiraban del carro sosegada e igualmente, para no molestar al apóstol de Dios. Y cuando llegaron cerca de la puerta de la ciudad, se desviaron y se detuvieron delante de las puertas de la casa del capitán. Y el capitán dijo: No me es posible relatar lo que ha acontecido, mas cuando vea el fin, lo contaré. Toda la ciudad, pues, vino para ver los asnos monteses bajo el yugo; y habían oído también la fama del apóstol, de que había de venir a visitarlos. Y el apóstol preguntó al capitán: ¿Dónde es tu morada, y adónde nos traes? Y él le dijo: Tú mismo sabes que estamos delante de las puertas, y éstos que por tu mandamiento vinieron contigo lo saben mejor que yo.
- 5Y habiendo dicho esto, descendió del carro. El apóstol, pues, comenzó a decir: Jesucristo, que eres blasfemado por la ignorancia de ti en esta tierra; Jesús, cuya fama es extraña en esta ciudad; Jesús, que envías delante a los apóstoles en cada tierra y en cada ciudad, y todos los tuyos que son dignos son glorificados en ti; Jesús, que tomaste forma y te hiciste como hombre, y fuiste visto por todos nosotros para no separarnos de tu propio amor: tú, Señor, eres el que te diste a ti mismo por nosotros, y con tu sangre nos compraste y nos adquiriste por posesión de gran precio; ¿y qué tenemos que darte, Señor, a cambio de tu vida que diste por nosotros? Porque lo que quisiéramos dar, tú mismo nos lo diste: y esto es, que te roguemos y vivamos.
- 6Y habiendo dicho esto, muchos se juntaron de todas partes para ver al apóstol del nuevo Dios. Y de nuevo el apóstol dijo: ¿Por qué estamos ociosos? Señor Jesús, la hora es llegada: ¿qué quieres que se haga? Manda, pues, que se cumpla lo que es menester hacer. Mas la mujer del capitán y su hija eran gravemente oprimidas por los demonios, de modo que los de la casa pensaban que no se levantarían más; pues no les permitían probar bocado, sino que las postraban en sus lechos sin reconocer a nadie hasta aquel día en que el apóstol llegó allí. Y dijo el apóstol a uno de los asnos monteses que estaban uncados a la derecha: Entra por el portón, y ponte allí y llama a los demonios, y diles: Judas Tomás, apóstol y discípulo de Jesucristo, os dice: Salid acá fuera; porque por causa vuestra soy enviado y a los que os pertenecen por linaje, para destruiros y ahuyentaros a vuestro lugar, hasta que venga el tiempo del fin y descendáis a vuestro propio abismo de tinieblas.
- 7Y aquel asno montés entró, yendo con él gran multitud, y dijo: A vosotros hablo, enemigos de Jesús que es llamado Cristo; a vosotros hablo, que cerráis vuestros ojos para no ver la luz; a vosotros hablo, hijos de la Gehena y de perdición, de aquel que no cesa del mal hasta ahora, que siempre renueva sus maquinaciones y las cosas que convienen a su ser; a vosotros hablo, los más desvergonzados, que pereceréis por vuestras propias manos. Y qué diré de vuestra destrucción y de vuestro fin, y qué relataré, no lo sé; porque muchas cosas son e innumerables al oído, y mayores son vuestras obras que el tormento que os está reservado. Mas a ti hablo, demonio, y a tu hijo que va contigo: porque ahora soy enviado contra vosotros. ¿Y por qué he de multiplicar palabras acerca de vuestra naturaleza y raíz, las cuales vosotros mismos conocéis y no os avergonzáis? Mas Judas Tomás el apóstol de Cristo Jesús os dice, el que por mucho amor y afecto es enviado acá: Delante de toda esta multitud que está presente, salid y decidme de qué linaje sois.
- 8Y al punto salió la mujer con su hija, ambas como muertas y de aspecto deshonrado; y el apóstol mirándolas se entristeció, mayormente por la joven, y dijo a los demonios: Lejos esté de vosotros que haya perdón o propiciación, porque no sabéis perdonar ni tener misericordia; mas en el nombre de Jesús, apartaos de ellas y quedaos de pie a su lado. Y habiendo dicho esto el apóstol, las mujeres cayeron en tierra y quedaron como muertas, porque ni tenían aliento ni proferían palabra; mas el demonio respondió a gran voz y dijo: ¿Has venido acá de nuevo, tú que escarneces nuestra naturaleza y linaje? ¿Has venido de nuevo, tú que desbaratas nuestros designios? Y según entiendo, no nos permitirías estar sobre la tierra en manera alguna; mas esto en este tiempo no lo puedes cumplir. Y conjeturó el apóstol que este demonio era aquel que había sido echado de aquella otra mujer.
- 9Y el demonio dijo: Ruégote, dame licencia para partir adonde tú quisieres, y morar allí y recibir mandamiento de ti, y no temeré al príncipe que tiene señorío sobre mí. Porque así como tú has venido a predicar buenas nuevas, así también yo he venido a destruir; y así como, si no cumplieres la voluntad de aquel que te envió, él traerá castigo sobre tu cabeza, así también yo, si no hiciere la voluntad del que me envió antes del tiempo y sazón señalada, seré remitido a mi propia naturaleza; y así como tu Cristo te ayuda en lo que haces, así también mi padre me ayuda en lo que hago; y así como para ti él prepara vasos dignos de tu morada, así también para mí él busca vasos por los cuales cumpla sus obras; y así como él nutre y provee a sus súbditos, así también para mí prepara castigos y tormentos juntamente con los que se hacen mis moradas; y así como por recompensa de tu labor él te da vida eterna, así también a mí me da por galardón de mis obras eterna perdición; y así como tú te refrigeras en tu oración y tus buenas obras y espirituales acciones de gracias, así también yo me refrigero en homicidios, adulterios y sacrificios de vino hechos sobre altares; y así como tú conviertes a los hombres a la vida eterna, así también yo extravío a los que me obedecen a eterna destrucción y tormento; y tú recibes los tuyos, y yo los míos.
- 10Y habiendo dicho el demonio estas cosas y aun más, dijo el apóstol: Jesús os manda, a ti y a tu hijo, por medio de mí, que no entréis más en morada de hombre: sino salid y apartaos y morad del todo separados de la habitación de los hombres. Y los demonios le dijeron: Mandamiento duro nos has impuesto; ¿pero qué harás a los que ahora están ocultos de ti? Porque los que han labrado todas las imágenes se gozan en ellas más que en ti; y a muchas de ellas la mayor parte adora y cumple su voluntad, sacrificándoles y trayéndoles manjares, con libaciones, vino, agua y presentando ofrendas. Y el apóstol dijo: Ellas también serán ahora destruidas con sus obras. Y repentinamente los demonios desaparecieron; mas las mujeres yacían tendidas en tierra como si estuviesen muertas, y sin habla.
- 11Y los asnos monteses permanecieron juntos y no se apartaron unos de otros; mas aquel a quien fue concedida el habla por el poder del Señor —mientras todos callaban y miraban para ver lo que harían— el asno montés dijo al apóstol: ¿Por qué estás ocioso, oh apóstol de Cristo el Altísimo, que espera que le pidas lo mejor de la enseñanza? ¿Por qué, pues, te detienes? Porque he aquí que tu maestro desea manifestar por tus manos sus poderosas obras. ¿Por qué estás quieto, oh heraldo del Oculto? Porque tu Señor quiere manifestar por medio de ti sus cosas inefables, las cuales reserva para los que son dignos de él, para que las oigan. ¿Por qué descansas, oh hacedor de maravillas en el nombre del Señor? Porque tu Señor te alienta y engendra denuedo en ti. No temas, pues; porque no desamparará el alma que te pertenece por nacimiento. Comienza, pues, a invocarle, y él prestamente te escuchará. ¿Por qué estás maravillado de todas sus obras y de sus operaciones? Porque éstas son cosas pequeñas que él ha mostrado por medio de ti. ¿Y qué contarás acerca de sus grandes dones? Porque no serás suficiente para proclamarlos. ¿Y por qué te maravillas de las curaciones del cuerpo que él obra, mayormente cuando conoces aquella sanidad suya que es firme y duradera, la cual produce por su propia naturaleza? ¿Y por qué miras a esta vida temporal, y no tienes pensamiento de la que es eterna?
- 12Mas a vosotros, las multitudes que estáis presentes y esperáis ver a estas que están postradas levantadas, os digo: Creed en el apóstol de Jesucristo; creed al maestro de la verdad; creed al que os muestra la verdad; creed a Jesús; creed en el Cristo que nació, para que los nacidos vivan por su vida: el cual también fue criado en la infancia para que la perfección se manifestase por su humanidad. Él enseñó a sus propios discípulos, porque él es el maestro de la verdad y hace sabios a los entendidos; el cual también ofreció la ofrenda en el templo para mostrar que toda ofrenda era santificada. Éste es su apóstol, el manifestador de la verdad; éste es el que hace la voluntad de aquel que le envió. Pero vendrán falsos apóstoles y profetas de iniquidad, cuyo fin será según sus obras; predicando por cierto y ordenando huir de la impiedad, mas ellos mismos en todo tiempo hallados en pecados, vestidos con vestiduras de ovejas, mas por dentro lobos rapaces; los cuales no se contentan con una sola mujer, sino corrompen a muchas mujeres; los cuales, diciendo que desprecian a los hijos, destruyen a muchos niños, por los cuales pagarán la pena; que no se contentan con sus propias posesiones, sino desean que todas las cosas inútiles les sirvan a ellos solos; profesando ser discípulos suyos, y con su boca profieren una cosa, mas en su corazón piensan otra; mandando a otros hombres que se guarden del mal, mas ellos mismos no hacen nada que sea bueno; que son tenidos por continentes y mandan a otros abstenerse de la fornicación, del hurto y de la avaricia, mas en todas estas cosas andan ellos mismos encubiertamente, enseñando a otros que no las hagan.
- 13Y habiendo manifestado el asno montés todas estas cosas, todos los hombres le miraban atentamente. Y habiendo cesado, dijo el apóstol: Qué pensaré acerca de tu hermosura, oh Jesús, y qué relataré de ti, no lo sé, o más bien no puedo, porque no tengo poder para declararlo, oh Cristo que estás en reposo y eres el único sabio, que solo tú conoces lo íntimo del corazón y entiendes el pensamiento. ¡Gloria a ti, misericordioso y sosegado! ¡Gloria a ti, Verbo sabio! ¡Gloria a tu compasión que por nosotros nació! ¡Gloria a tu misericordia que sobre nosotros se derramó! ¡Gloria a tu grandeza que por nosotros se anonadó! ¡Gloria a tu altísima realeza que por nosotros fue humillada! ¡Gloria a tu poder que por nosotros fue debilitado! ¡Gloria a tu Deidad que por nosotros fue vista en semejanza de hombres! ¡Gloria a tu humanidad que por nosotros murió para hacernos vivir! ¡Gloria a tu resurrección de entre los muertos, porque por ella la resurrección y el descanso vienen a nuestras almas! ¡Gloria y alabanza a tu ascensión a los cielos, porque por ella nos mostraste el camino de las alturas y prometiste que nos sentaremos contigo a tu diestra y contigo juzgaremos a las doce tribus de Israel! Tú eres el Verbo celestial del Padre; tú eres la luz oculta del entendimiento, mostrador del camino de la verdad, ahuyentador de tinieblas y destructor del error.
- 14Habiendo hablado así, el apóstol se puso junto a las mujeres, diciendo: Señor mío y Dios mío, no estoy dividido de ti, ni como incrédulo te invoco, tú que eres siempre nuestro ayudador, socorredor y el que nos levanta; que inspiras tu propio poder en nosotros y nos alientas y das confianza en amor a tus propios siervos: ruégote, sean estas almas sanadas, y levántense y sean tales como eran antes de ser heridas por los demonios. Y diciendo él esto, las mujeres se volvieron y se sentaron. Y el apóstol mandó al capitán que sus siervos las tomasen y las metiesen dentro. Y habiendo entrado, dijo el apóstol a los asnos monteses: Seguidme. Y ellos fueron tras él hasta que los sacó fuera de la puerta. Y habiendo salido, les dijo: Id en paz a vuestros pastos. Los asnos monteses, pues, se fueron de buena gana; y el apóstol se quedó mirándolos para que nadie les hiciese daño, hasta que se fueron lejos y no se vieron más. Y el apóstol volvió con la multitud a la casa del capitán.