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Hechos de Pedro · Capítulo 28

  1. 1Divulgándose, pues, la fama de esto por toda la ciudad, vino la madre de cierto senador, y se arrojó en medio del pueblo, y cayó a los pies de Pedro, diciendo: He aprendido de los míos que eres siervo del Dios misericordioso, y comunicas su gracia a todos los que desean esta luz. Comunica, pues, la luz a mi hijo, porque sé que a ninguno la niegas; no te apartes de una matrona que te ruega. A la cual Pedro dijo: ¿Creerás en mi Dios, por quien tu hijo será resucitado? Y la madre dijo a gran voz, llorando: ¡Creo, oh Pedro, creo! y todo el pueblo clamó: Concede a la madre su hijo. Mas Pedro dijo: Sea traído acá delante de todos éstos. Y Pedro se volvió al pueblo y dijo: Varones de Roma, yo también soy uno de vosotros, y tengo cuerpo de hombre y soy pecador, mas he alcanzado misericordia: no miréis, pues, a mí como si por mi propio poder hiciese lo que hago, sino por el poder de mi Señor Jesucristo, que es el juez de vivos y muertos. En él creo y por él soy enviado, y tengo confianza cuando lo invoco para levantar a los muertos. Ve tú, pues, también, oh mujer, y haz traer acá a tu hijo, para que resucite. Y la mujer pasó por medio del pueblo y fue a la calle, corriendo, con gran gozo, y creyendo en su corazón vino a su casa, y por medio de sus criados lo levantó y vino al foro. Y mandó a los jóvenes que se pusiesen tocados en la cabeza, y que anduviesen delante del féretro, y que todo lo que ella había determinado quemar sobre el cuerpo de su hijo fuese llevado delante del féretro; y cuando Pedro lo vio, tuvo compasión del cuerpo muerto y de ella. Y vino a la multitud, mientras todos la lamentaban; y una gran multitud de senadores y matronas iba en pos, para contemplar las maravillosas obras de Dios: porque este Nicóstrato que estaba muerto era en extremo noble y amado del senado. Y lo trajeron y lo pusieron delante de Pedro. Y Pedro pidió silencio, y con gran voz dijo: Varones de Roma, haya ahora justo juicio entre mí y Simón; y juzgad cuál de nosotros dos cree en el Dios vivo, si él o yo. Resucite él el cuerpo que aquí yace, y creed en él como el ángel de Dios. Mas si no pudiere, y yo invocare a mi Dios y restituyere el hijo vivo a su madre, entonces creed que este hombre es un hechicero y engañador, que es hospedado entre vosotros. Y cuando todos ellos oyeron estas cosas, tuvieron por recto lo que Pedro había hablado, y animaban a Simón, diciendo: ¡Ahora, si hay algo en ti, muéstralo abiertamente! ¡o vence, o serás vencido! ¿Por qué te estás quieto? ¡Ven, comienza! Mas Simón, viéndolos a todos insistir con él, estuvo callado; y después, cuando vio al pueblo callado y mirándolo, Simón clamó, diciendo: Varones de Roma, si viereis levantarse al muerto, ¿echaréis a Pedro fuera de la ciudad? Y todo el pueblo dijo: No sólo lo echaremos fuera, sino que en el mismo instante lo quemaremos con fuego.
  2. 2Entonces Simón fue a la cabecera del muerto y se inclinó, y tres veces se enderezó, y mostró al pueblo que él levantaba la cabeza y la movía, y abría los ojos y se inclinaba un poco hacia Simón. Y luego comenzaron a pedir leña y antorchas con que quemar a Pedro. Mas Pedro, recibiendo fuerzas de Cristo, alzó su voz y dijo a los que clamaban contra él: Ahora veo, pueblo de Roma, que sois —no he de decir necios y vanos, mientras vuestros ojos, y vuestros oídos, y vuestros corazones están cegados. ¿Hasta cuándo estará entenebrecido vuestro entendimiento? ¿No veis que estáis hechizados, pensando que ha resucitado un muerto que no se ha levantado? Bástarame, varones de Roma, callar y morir sin hablar, y dejaros entre los engaños de este mundo; mas tengo el castigo del fuego inextinguible delante de mis ojos. Si, pues, os parece bien, hable el muerto, levántese si vive, desate con sus manos su quijada atada, llame a su madre, diga a vosotros que clamáis: ¿Por qué clamáis? háganos señas con la mano. Si ahora queréis ver que él está muerto, y vosotros mismos hechizados, apártese del féretro este hombre que os persuadió a apartaros de Cristo, y veréis que el muerto está tal como lo visteis ser traído acá.
  3. 3Mas Agripa el prefecto no tuvo ya más paciencia, sino que desechó a Simón con sus propias manos, y otra vez el muerto yacía como antes. Y el pueblo se enfureció, y se apartó de la hechicería de Simón y comenzó a clamar: ¡Escucha, oh César! si ahora el muerto no resucita, sea quemado Simón en lugar de Pedro, porque verdaderamente nos ha cegado. Mas Pedro extendió la mano y dijo: ¡Oh varones de Roma, tened paciencia! No os digo que si el muchacho fuere resucitado Simón arderá; porque si yo lo digo, vosotros lo haréis. El pueblo clamó: Contra tu voluntad, Pedro, lo haremos. A los cuales Pedro dijo: Si permanecéis en este ánimo, el muchacho no resucitará; porque no sabemos pagar mal por mal, sino que hemos aprendido a amar a nuestros enemigos y a orar por nuestros perseguidores. Porque si aun este hombre puede arrepentirse, mejor sería; pues Dios no se acordará del mal. Venga él, pues, a la luz de Cristo; pero si no puede, posea la parte de su padre el diablo, mas no se contaminen vuestras manos. Y habiendo hablado así al pueblo, fue al muchacho, y antes de resucitarlo dijo a su madre: Estos jóvenes a quienes has dado libertad en honor de tu hijo, pueden todavía servir a su Dios cuando él viva, siendo libres; porque sé que el alma de algunos se duele si vieren levantarse a tu hijo y supieren que éstos han de estar aún en servidumbre; mas permanezcan todos libres y reciban su sustento como antes, porque tu hijo está para resucitar; y estén con él. Y Pedro miró largamente hacia ella, para ver sus pensamientos. Y la madre del muchacho dijo: ¿Qué otra cosa puedo hacer? por tanto, delante del prefecto digo: todo lo que yo había determinado quemar sobre el cuerpo de mi hijo, poséanlo ellos. Y dijo Pedro: Lo que sobra sea distribuido a las viudas. Entonces Pedro se gozó en el alma y dijo en el espíritu: Oh Señor que eres misericordioso, Jesucristo, manifiéstate a tu Pedro que te invoca, así como siempre le mostraste misericordia y benignidad; y en presencia de todos éstos que han alcanzado libertad, para que éstos se hagan siervos tuyos, resucite ahora Nicóstrato. Y tocó Pedro el costado del muchacho y dijo: Levántate. Y el muchacho se levantó, y quitó las vestiduras de muerte, y se sentó, y desató su quijada, y pidió otros vestidos; y bajó del féretro y dijo a Pedro: Ruégote, oh hombre de Dios, que vayamos a nuestro Señor Cristo, a quien vi hablar conmigo; el cual también me mostró a ti y te dijo: Tráemelo acá, porque mío es. Y cuando Pedro oyó esto del muchacho, se fortaleció aún más en el alma por el socorro del Señor; y dijo Pedro al pueblo: Varones de Roma, de esta manera los muertos son resucitados, así conversan, así se levantan y andan, y viven tanto tiempo como Dios quisiere. Ahora, pues, vosotros que os habéis juntado a este espectáculo, si no os volviereis de estos vuestros malos caminos, y de todos vuestros dioses hechos por manos, y de toda inmundicia y concupiscencia, recibid comunión con Cristo, creyendo, para que obtengáis la vida eterna.