Hechos de Juan · Capítulo 8
Los que estaban presentes inquirieron la causa, y estaban sobremanera perplejos, porque Drusiana había dicho: El Señor se me apareció en el sepulcro en la semejanza de Juan y en la de un joven. Por cuanto, pues, estaban perplejos y en cierto modo aún no afirmados en la fe para sobrellevarla firmemente, Juan dijo:
2Varones hermanos, ninguna cosa extraña ni increíble habéis padecido en cuanto a vuestra percepción del Señor, por cuanto nosotros también, a quienes él escogió para sí por apóstoles, fuimos probados de muchas maneras: yo, en verdad, no soy capaz de exponeros ni de escribiros las cosas que vi y oí; y ahora es necesario que las acomode a vuestro oído; y según lo que cada uno de vosotros sea capaz de contener, os comunicaré aquellas cosas de las cuales sois capaces de ser oyentes, para que veáis la gloria que está en derredor de él, la cual era y es, tanto ahora como para siempre. Porque habiendo él elegido a Pedro y a Andrés, que eran hermanos, viene a mí y a Jacobo mi hermano, diciendo: Necesidad tengo de vosotros, venid a mí. Y mi hermano, oyendo esto, dijo: Juan, ¿qué quiere este niño que está en la orilla del mar y nos ha llamado? Y yo dije: ¿Qué niño? Y él me dijo de nuevo: Aquel que nos hace señas. Y respondí: A causa de la larga vela que hemos hecho en el mar, no ves bien, hermano mío Jacobo; ¿mas no ves al varón que está allí en pie, hermoso y bello y de alegre semblante? Mas él me dijo: A ése no le veo, hermano; pero salgamos y veremos qué quiere.
3Y habiendo arribado la nave a tierra, le vimos también ayudando juntamente con nosotros a asegurar la nave; y cuando partimos de aquel lugar, dispuestos a seguirle, otra vez fue visto por mí como un hombre algo calvo, mas de barba espesa y crecida, pero por Jacobo como un joven cuya barba apenas despuntaba. Quedamos, pues, ambos perplejos en cuanto a lo que significaba aquello que habíamos visto. Y después de esto, mientras le seguíamos, poco a poco nos quedábamos aún más perplejos considerando el asunto. Mas a mí se me apareció entonces esta cosa todavía más admirable: porque procuraba verle en secreto, y jamás en ningún momento vi sus ojos pestañear, sino siempre abiertos. Y muchas veces se me aparecía como un hombre pequeño y sin hermosura, y luego otra vez como quien alcanzaba los cielos. También había en él otra maravilla: cuando me sentaba a la mesa, me tomaba en su propio pecho; y a veces su pecho era por mí sentido suave y tierno, y a veces duro como piedras, de modo que me hallaba perplejo en mí mismo y decía: ¿Por qué motivo es esto así para conmigo? Y mientras yo meditaba esto, él...
4Y en otra ocasión llevó consigo a mí y a Jacobo y a Pedro al monte donde solía orar, y vimos en él una luz tal que no es posible a un hombre que usa de lenguaje mortal describir cómo era. De nuevo, de semejante manera, nos llevó a nosotros tres al monte, diciendo: Venid conmigo. Y fuimos otra vez; y le vimos a distancia orando. Yo, pues, porque él me amaba, me acerqué a él suavemente, como si él no me pudiese ver, y me quedé mirando sus espaldas; y vi que de ningún modo estaba vestido de ropas, sino que fue visto por nosotros desnudo, y de ningún modo como hombre, y que sus pies eran más blancos que la nieve, de modo que la tierra allí era iluminada por sus pies, y que su cabeza tocaba el cielo; de modo que temí y clamé; y él, volviéndose, apareció como hombre de pequeña estatura, y me tomó de la barba y tiró de ella y me dijo: Juan, no seas incrédulo, sino creyente, y no curioso. Y yo le dije: ¿Pues qué he hecho, Señor? Y os digo, hermanos, sentí tan gran dolor en aquel lugar donde me asió de la barba, por treinta días, que le dije: Señor, si tu tirón cuando jugabas me ha causado tan gran dolor, ¿qué sería si me hubieses dado una bofetada? Y él me dijo: Concédate de aquí en adelante no tentar al que no puede ser tentado.
5Pero Pedro y Jacobo se enojaron porque yo hablaba con el Señor, y me hicieron señas de que fuese a ellos y dejase al Señor solo. Y yo fui, y ambos me dijeron: ¿Quién era aquel anciano que hablaba con el Señor en la cumbre del monte? Porque oímos a entrambos hablar. Y yo, teniendo en mente su gran gracia, su multiforme unidad y su sabiduría que sin cesar nos mira, dije: Eso aprenderéis si de él lo demandáis.
6Otra vez, estando todos nosotros sus discípulos en Genesaret durmiendo en una misma casa, yo solo, habiéndome envuelto en mi manto, velaba lo que él había de hacer; y primero le oí decir: Juan, vete a dormir. Y yo, fingiendo dormir, vi a otro semejante a él durmiendo, a quien también oí decir a mi Señor: Jesús, los que has escogido no creen aún en ti. Y mi Señor le dijo: Bien dices, porque son hombres.
7Otra gloria también os diré, hermanos: a veces, cuando yo quería asirle, encontraba un cuerpo material y sólido; y otras veces, al palparle, la sustancia era inmaterial y como si no existiese en absoluto. Y si alguna vez era convidado por alguno de los fariseos e iba al convite, nosotros íbamos con él, y era puesto delante de cada uno de nosotros un pan por los que nos habían convidado, y juntamente con nosotros él también recibía uno; y el suyo bendecía y lo partía entre nosotros; y de aquel poco todos se saciaban, y nuestros propios panes quedaban enteros, de modo que los que le habían convidado se maravillaban. Y muchas veces, cuando caminaba con él, deseaba ver la huella de su pie, si aparecía sobre la tierra; pues le veía como levantándose de la tierra; y jamás la vi. Y estas cosas os hablo, hermanos, para aliento de vuestra fe hacia él; por cuanto debemos al presente guardar silencio acerca de sus obras poderosas y admirables, visto que son inefables y, por ventura, no pueden en manera alguna ser pronunciadas ni oídas.
8Y antes de ser prendido por los judíos sin ley, que también tenían su ley de la serpiente inicua, congregó a todos nosotros y dijo: Antes de ser entregado a ellos, cantemos un himno al Padre, y así salgamos a lo que nos está propuesto. Mandónos, pues, hacer como una rueda, teniéndonos las manos unos a otros, y poniéndose él mismo en medio, dijo: Responded Amén a mí. Comenzó, pues, a cantar un himno y a decir: Gloria a ti, Padre. Y nosotros, girando en rueda, le respondíamos: Amén. Gloria a ti, Verbo; gloria a ti, Gracia. Amén. Gloria a ti, Espíritu; gloria a ti, Santo; gloria a tu gloria. Amén. Te alabamos, oh Padre; te damos gracias, oh Luz, en la cual no mora tiniebla alguna. Amén.
9Y en aquello por lo cual damos gracias, digo: Quiero ser salvo, y quiero salvar. Amén. Quiero ser desatado, y quiero desatar. Amén. Quiero ser herido, y quiero herir. Amén. Quiero ser engendrado, y quiero engendrar. Amén. Quiero comer, y quiero ser comido. Amén. Quiero oír, y quiero ser oído. Amén. Quiero ser comprendido, siendo todo entendimiento. Amén. Quiero ser lavado, y quiero lavar. Amén. La gracia danza. Quiero tocar flauta; danzad todos vosotros. Amén. Quiero lamentar; plañid todos vosotros. Amén. El número Ocho alaba con nosotros. Amén. El número Doce danza en lo alto. Amén. El Todo en lo alto participa en nuestra danza. Amén. Quien no danza, no sabe lo que acontece. Amén. Quiero huir, y quiero permanecer. Amén. Quiero adornar, y quiero ser adornado. Amén. Quiero ser unido, y quiero unir. Amén. Casa no tengo, y tengo casas. Amén. Lugar no tengo, y tengo lugares. Amén. Templo no tengo, y tengo templos. Amén. Lámpara soy para ti que me miras. Amén. Espejo soy para ti que me percibes. Amén. Puerta soy para ti que llamas a mí. Amén. Camino soy para ti caminante. Amén.
10Ahora responde tú a mi danza. Mírate a ti mismo en mí que hablo, y viendo lo que hago, calla acerca de mis misterios. Tú que danzas, percibe lo que hago, porque tuya es esta pasión de la humanidad que estoy a punto de padecer. Porque de ningún modo habrías podido entender lo que sufres si no hubiese sido enviado a ti como la palabra del Padre. Tú que viste lo que sufro, me viste como padeciendo, y viéndolo no te quedaste inmóvil, sino que fuiste del todo conmovido, conmovido para hacerte sabio. Me tienes por lecho; reposa sobre mí. Quién soy, lo sabrás cuando me vaya. Lo que ahora parezco ser, no lo soy. Verás cuando vinieres. Si hubieses sabido cómo padecer, habrías podido no padecer. Aprende tú a padecer, y podrás no padecer. Lo que no sabes, yo mismo te lo enseñaré. Tu Dios soy yo, no el Dios del traidor. Quiero acordar con las almas santas. En mí conoce la palabra de sabiduría. De nuevo conmigo di tú: Gloria a ti, Padre; gloria a ti, Verbo; gloria a ti, Espíritu Santo. Y si quisieres saber acerca de mí, lo que yo era, sabe que con una palabra engañé a todas las cosas y de ningún modo fui engañado. Salté; mas entiende tú el todo, y habiéndolo entendido, di: Gloria a ti, Padre. Amén.
11Así, amados míos, habiendo danzado con nosotros, el Señor salió. Y nosotros, como hombres extraviados o aturdidos por el sueño, huimos acá y allá. Yo, pues, cuando le vi padecer, ni aun permanecí junto a su sufrimiento, sino que huí al Monte de los Olivos, llorando por lo que había acontecido. Y cuando fue crucificado el viernes, a la hora sexta del día, vinieron tinieblas sobre toda la tierra. Y mi Señor, puesto en pie en medio de la cueva e iluminándola, dijo: Juan, para la multitud allá abajo en Jerusalén estoy siendo crucificado y traspasado con lanzas y cañas, y se me da a beber hiel y vinagre. Mas a ti hablo, y lo que hablo oye tú. Puse en tu mente que subieses a este monte, a fin de que oyeras aquellas cosas que conviene a un discípulo aprender de su maestro y a un hombre de su Dios.
12Y habiendo así hablado, mostróme una cruz de luz fijada, y en derredor de la cruz una gran multitud que no tenía una sola forma; y en la cruz había una sola forma y una sola semejanza; y en la cruz otra multitud que no tenía una sola forma. Y al Señor mismo contemplé encima de la cruz, no teniendo figura alguna, sino sólo una voz; y una voz no tal como la que nos era familiar, sino dulce y benigna y verdaderamente de Dios, que me decía: Juan, es menester que alguno oiga estas cosas de mí, porque tengo necesidad de uno que oiga. Esta cruz de luz es a veces llamada por mí Verbo por causa de vosotros, a veces Mente, a veces Jesús, a veces Cristo, a veces Puerta, a veces Camino, a veces Pan, a veces Simiente, a veces Resurrección, a veces Hijo, a veces Padre, a veces Espíritu, a veces Vida, a veces Verdad, a veces Fe, a veces Gracia. Y con estos nombres es llamada en cuanto a los hombres; mas lo que ella es en verdad, como concebida en sí misma y expresada a vosotros, es la demarcación de todas las cosas, el firme levantamiento de las cosas fijadas de entre las inestables, y la armonía de la sabiduría, siendo sabiduría en armonía. Hay lugares de la diestra y de la siniestra, principados también, potestades, señoríos y demonios, operaciones, amenazas, iras, diablos, Satanás y la raíz inferior de donde procedió la naturaleza de las cosas que vienen a ser.
13Esta cruz, pues, es la que separó todas las cosas por medio de la palabra, y separó las cosas que son de las que están abajo; y entonces, siendo una, se difundió por todas las cosas. Mas ésta no es la cruz de madera que verás cuando descendieres de aquí; ni soy yo el que está en la cruz, a quien ahora no ves, sino sólo oyes su voz. Fui estimado ser lo que no soy, no siendo lo que era para muchos otros; mas dirán de mí algo vil y no digno de mí. Como, pues, el lugar de reposo ni se ve ni se habla de él, mucho más yo, el Señor de él, ni seré visto ni hablado.
14Ahora bien, la multitud de un solo aspecto que está alrededor de la cruz es la naturaleza inferior; y los que ves en la cruz, si no tienen una sola forma, es porque todavía no ha sido comprendido cada miembro del que descendió. Mas cuando la naturaleza humana sea recogida, y la generación que se allega a mí y obedece a mi voz, el que ahora me oye será unido a ella y ya no será lo que ahora es, sino que estará por encima de ellos, como yo ahora estoy. Porque en tanto no te llames mío, no soy lo que soy; mas si me oyeres, oyendo serás como yo soy, y seré lo que era, cuando te tenga conmigo como soy conmigo mismo. Porque de mí eres tú lo que soy. No te cuides, pues, de los muchos, y desprecia a los que están fuera del misterio; pues sabe que estoy enteramente con el Padre, y el Padre conmigo.
15Nada, pues, de las cosas que dirán de mí padecí; antes bien, aquel padecimiento que te mostré a ti y a los demás en la danza, quiero que sea llamado misterio. Porque lo que tú eres, lo ves, porque te lo mostré; mas lo que soy yo, sólo yo lo sé, y nadie más. Déjame, pues, guardar lo que es mío, y contempla lo que es tuyo por medio de mí, y contémplame en verdad, que soy, no lo que dije, sino lo que eres capaz de conocer, porque eres allegado a ello. Oyes que padecí, mas no padecí; que no padecí, mas padecí; que fui traspasado, mas no fui herido; colgado, y no fui colgado; que sangre corrió de mí, y no corrió; y, en una palabra, lo que dicen de mí, eso no me aconteció, mas lo que no dicen, eso padecí. Lo que sean esas cosas te lo manifiesto, pues sé que entenderás. Percibe, pues, en mí la alabanza del Verbo, el traspasamiento del Verbo, la sangre del Verbo, la llaga del Verbo, el colgamiento del Verbo, el padecimiento del Verbo, el enclavamiento del Verbo, la muerte del Verbo. Y así hablo, separando la humanidad. Percibe, pues, en primer lugar el Verbo; luego percibirás al Señor, y en tercer lugar al hombre y lo que ha padecido.
16Habiéndome hablado estas cosas, y otras que no sé cómo decir conforme a su voluntad, fue alzado, sin que nadie de las multitudes le contemplase. Y descendiendo yo, me reí de todos ellos, por cuanto él me había dicho las cosas que dijeron tocante a él; reteniendo firmemente esto solo en mí mismo: que el Señor dispuso todas las cosas figuradamente y por dispensación para con los hombres, para su conversión y salvación.
17Habiendo, pues, contemplado, hermanos, la gracia del Señor y su tierna benignidad para con nosotros, adorémosle como aquellos a quienes ha mostrado misericordia, no con nuestros dedos, ni con nuestra boca, ni con nuestra lengua, ni con parte alguna de nuestro cuerpo, sino con la disposición de nuestra alma — sí, a él que se hizo hombre aparte de este cuerpo; y velemos porque ahora también él guarda las cárceles por causa nuestra, y los sepulcros, en cadenas y prisiones, en vituperios e injurias, en el mar y en tierra seca, en azotes, condenaciones, conspiraciones, engaños, castigos; y, en una palabra, él está con todos nosotros, y él mismo padece con nosotros cuando sufrimos, hermanos. Cuando es invocado por cada uno de nosotros, no soporta cerrar sus oídos a nosotros, sino como estando en todo lugar nos escucha a todos; y ahora tanto a mí como a Drusiana, por cuanto es él el Dios de los que están encarcelados, trayéndonos auxilio por su propia compasión.
18Estad, pues, persuadidos vosotros también, amados, de que no es a un hombre a quien os predico para que adoréis, sino a Dios inmutable, Dios invencible, Dios más alto que toda autoridad y todo poder, y más antiguo y poderoso que todos los ángeles y criaturas nombradas, y que todos los eones. Si, pues, permaneciereis en él y en él fuereis edificados, poseeréis vuestra alma indestructible.
19Y habiendo entregado estas cosas a los hermanos, Juan partió con Andrónico a pasear. Y Drusiana también le seguía de lejos con todos los hermanos, para que contemplasen las obras que eran hechas por él y oyesen su palabra en todo tiempo en el Señor.
20XIV. Al día siguiente, Cratón, un filósofo, había proclamado en la plaza pública que daría un ejemplo de desprecio de las riquezas: y el espectáculo fue de esta manera. Había persuadido a dos jóvenes, los más ricos de la ciudad, que eran hermanos, a que gastasen toda su herencia y comprasen cada uno de ellos una joya de gran precio, y estas las quebraron en pedazos públicamente a la vista del pueblo. Y mientras hacían esto, aconteció por casualidad que el apóstol pasaba por allí. Y llamando a Cratón el filósofo, le dijo: «Es un necio desprecio del mundo este que es alabado por la boca de los hombres, mas hace mucho condenado por el juicio de Dios. Pues así como es vana la medicina por la cual la dolencia no es extirpada, así también es vana la enseñanza por la cual los vicios de las almas y de la conducta no son curados. Mas en verdad mi Maestro enseñó a un joven que deseaba alcanzar la vida eterna, en estas palabras; diciendo que si quería ser perfecto, vendiese todos sus bienes y los diese a los pobres, y así haciendo ganaría tesoro en el cielo y hallaría la vida que no tiene fin». Y Cratón le dijo: «He aquí el fruto de la codicia ha sido puesto en medio de los hombres y ha sido roto en pedazos. Mas si Dios es en verdad tu Maestro y quiere que esto sea así, que el monto del precio de estas joyas sea dado a los pobres, haz que las gemas sean restituidas enteras, para que lo que yo he hecho para alabanza de los hombres, tú lo hagas para la gloria de Aquel a quien llamas tu Maestro». Entonces el bienaventurado Juan recogió los fragmentos de las gemas y, teniéndolos en sus manos, alzó los ojos al cielo y dijo: «Señor Jesucristo, a quien nada es imposible: que cuando el mundo fue corrompido por el árbol de la concupiscencia, lo restauraste de nuevo en tu fidelidad por el árbol de la cruz; que diste a un ciego de nacimiento los ojos que la naturaleza le había negado, que llamaste a Lázaro, muerto y sepultado, después del cuarto día a la luz; y has sujetado todas las enfermedades y todas las dolencias a la palabra de tu poder: así también haz ahora con estas piedras preciosas que estos, no conociendo los frutos de la limosna, han despedazado para alabanza de los hombres; recupéralas tú, Señor, ahora por las manos de tus ángeles, para que por su valor la obra de misericordia sea cumplida, y haz que estos hombres crean en ti, el Padre no engendrado, por tu unigénito Hijo Jesucristo nuestro Señor, con el Espíritu Santo iluminador y santificador de toda la Iglesia, por los siglos de los siglos». Y cuando los fieles que estaban con el apóstol hubieron respondido y dicho Amén, los fragmentos de las gemas fueron inmediatamente tan unidos en uno que ninguna señal de haber sido rotas quedó en ellos. Y Cratón el filósofo, con sus discípulos, viendo esto, cayó a los pies del apóstol y creyó desde entonces y fue bautizado, con todos ellos, y comenzó él mismo públicamente a predicar la fe de nuestro Señor Jesucristo.
21XV. Aquellos dos hermanos, pues, de quienes hablamos, vendieron las joyas que habían comprado con la venta de su herencia y dieron el precio a los pobres; y después de esto una muy grande multitud de creyentes comenzó a unirse al apóstol. Y habiendo sido hecho todo esto, aconteció que, conforme al mismo ejemplo, dos varones ilustres de la ciudad de los efesios vendieron todos sus bienes y los repartieron a los menesterosos, y siguieron al apóstol mientras él iba por las ciudades predicando la palabra de Dios. Mas aconteció que, cuando entraron en la ciudad de Pérgamo, vieron a sus antiguos siervos paseando vestidos con ropas de seda y reluciendo con la gloria de este mundo: por lo cual aconteció que fueron traspasados con la saeta del diablo y se entristecieron, viéndose pobres y vestidos con un solo manto mientras sus propios siervos eran poderosos y prósperos. Mas el apóstol de Cristo, percibiendo estas asechanzas del diablo, dijo: «Veo que habéis mudado vuestros ánimos y vuestros semblantes por esta causa, de que, obedeciendo a la enseñanza de mi Señor Jesucristo, habéis dado cuanto teníais a los pobres. Ahora bien, si deseáis recobrar lo que antes poseíais de oro, plata y piedras preciosas, traedme algunas varas rectas, cada uno de vosotros un manojo». Y cuando lo hubieron hecho, invocó el nombre del Señor Jesucristo, y fueron convertidas en oro. Y el apóstol les dijo: «Traedme piedras pequeñas de la orilla del mar». Y habiendo hecho esto también, invocó la majestad del Señor, y todos los guijarros fueron convertidos en gemas. Entonces el bienaventurado Juan se volvió a aquellos hombres y les dijo: «Id por siete días a los orfebres y joyeros, y cuando hayáis comprobado que estas cosas son oro verdadero y verdaderas joyas, decídmelo». Y fueron ambos y, pasados siete días, volvieron al apóstol, diciendo: «Señor, hemos recorrido los talleres de todos los orfebres, y todos han dicho que jamás vieron oro tan puro. Asimismo los joyeros han dicho lo mismo, que jamás vieron gemas tan excelentes y preciosas».
22XVI. Entonces el santo Juan les dijo: «Id y rescatad para vosotros las tierras que habéis vendido, pues habéis perdido las posesiones del cielo. Comprad para vosotros vestiduras de seda, para que por un tiempo brilléis como la rosa que muestra su fragancia y rojez y de repente se marchita. Pues suspirasteis al mirar a vuestros siervos y gemisteis por haberos hecho pobres. Floreced, por tanto, para que os marchitéis; sed ricos por un tiempo, para que seáis mendigos para siempre. ¿Acaso no puede la mano del Señor hacer riquezas abundantes e incomparablemente gloriosas? Mas Él ha señalado una contienda para las almas, para que crean que tendrán riquezas eternas aquellos que por amor de su nombre han rehusado las riquezas temporales. En verdad, nuestro Maestro nos contó acerca de cierto hombre rico que banqueteaba cada día y brillaba con oro y púrpura, a cuya puerta yacía un mendigo, Lázaro, que deseaba recibir aun las migajas que caían de su mesa, y nadie se las daba. Y aconteció que en un día murieron ambos, y aquel mendigo fue llevado al reposo que está en el seno de Abraham, mas el hombre rico fue arrojado al fuego ardiente; desde el cual alzó sus ojos y vio a Lázaro, y le rogó que mojase su dedo en agua y refrescase su boca, pues estaba atormentado en las llamas. Y Abraham le respondió y dijo: 'Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, mas este Lázaro asimismo males. Por tanto con justicia es él ahora consolado mientras tú eres atormentado; y además de todo esto, una gran sima está puesta entre vosotros y nosotros, de modo que ni pueden pasar de allá acá, ni de acá para allá'. Mas él respondió: 'Tengo cinco hermanos; te ruego que alguno vaya a advertirles, para que no vengan ellos también a esta llama'. Y Abraham le dijo: 'A Moisés y a los Profetas tienen; óiganlos'. A esto respondió él: 'Señor, a menos que uno resucite, no creerán'.
23Abraham le dijo: 'Si no creen a Moisés y a los Profetas, tampoco creerán si alguno resucitare'. Y estas palabras nuestro Señor y Maestro las confirmó con ejemplos de obras poderosas: pues cuando le dijeron: '¿Quién ha venido acá desde allá para que le creamos?', Él respondió: 'Traed acá a los muertos que tenéis'. Y habiéndole traído un joven que estaba muerto, fue despertado por Él como quien duerme, y confirmó todas sus palabras. ¿Mas por qué hablaría yo de mi Señor, cuando en el presente tiempo hay quienes en su nombre y en vuestra presencia y vista he resucitado de los muertos: en cuyo nombre habéis visto a paralíticos sanados, leprosos limpiados, ciegos alumbrados y muchos librados de espíritus inmundos? Mas las riquezas de estas grandes obras no las pueden tener los que han deseado poseer riquezas terrenales. Finalmente, cuando vosotros mismos fuisteis a los enfermos e invocasteis el nombre de Jesucristo, fueron sanados: echasteis fuera demonios y devolvisteis la luz a los ciegos. He aquí, esta gracia os es quitada, y os habéis vuelto miserables, vosotros que erais poderosos y grandes. Y mientras había tal temor de vosotros sobre los demonios que a vuestro mandato dejaban a los hombres que poseían, ahora tendréis miedo de los demonios.
24Porque el que ama el dinero es siervo de Mamón: y Mamón es el nombre de un demonio puesto sobre las ganancias carnales, y es el señor de los que aman el mundo. Mas ni aun los que aman el mundo poseen las riquezas, sino que son poseídos por ellas. Porque está fuera de razón que para un solo vientre se allegue tanto alimento cuanto bastaría para mil personas, y para un solo cuerpo tantas vestiduras cuantas darían abrigo a mil hombres. En vano, por tanto, se guarda aquello que no entra en uso, y para quién se guarda nadie lo sabe, como el Espíritu Santo dice por el profeta: 'En vano se inquieta todo hombre que allega riquezas y no sabe para quién las reúne'. Desnudos nos trajo a esta luz nuestro nacimiento de las mujeres, faltos de pan y de bebida; desnudos nos recibirá la tierra que nos produjo. Poseemos en común las riquezas del cielo: el resplandor del sol es igual para el rico y para el pobre, y asimismo la luz de la luna y de las estrellas, la suavidad del aire y las gotas de lluvia, y la puerta de la iglesia y la fuente de la santificación y el perdón de los pecados, y la participación en el altar, y el comer del cuerpo y el beber de la sangre de Cristo, y la unción del crisma, y la gracia del Dador, y la visitación del Señor, y el perdón del pecado: en todas estas cosas la dispensación del Creador es igual, sin acepción de personas. Ni el rico usa de estos dones de una manera y el pobre de otra. Mas miserable y desventurado es el hombre que quiere tener más de lo que le basta: pues de esto vienen fiebres ardientes, fríos intensos, diversos dolores en todos los miembros del cuerpo, y no puede ni alimentarse con comida ni saciarse con bebida, para que la codicia aprenda que el dinero de nada le aprovechará, el cual, estando guardado, trae a sus guardianes ansiedad de día y de noche, y no les permite ni por una hora estar quietos y seguros. Pues mientras guardan sus casas contra ladrones, labran su heredad, manejan el arado, pagan tributos, edifican graneros, contienden por el lucro, procuran desbaratar los ataques de los fuertes y despojar a los débiles, ejercen su ira sobre los que pueden y a duras penas la soportan de otros, no temen jugar a los dados ni asistir a los espectáculos públicos, no temen manchar o ser manchados, súbitamente parten de este mundo desnudos, llevando sólo sus propios pecados consigo, por los cuales padecerán castigo eterno.
25XVII. Mientras el apóstol así hablaba, he aquí le fue traído por su madre, que era viuda, un joven que treinta días antes se había casado por primera vez con una esposa. Y la gente que acompañaba el entierro vino con la madre viuda y se postraron a los pies del apóstol todos juntos con gemidos, llanto y lamento, y le rogaron que en el nombre de su Dios, como había hecho con Drusiana, así resucitase también a este joven. Y hubo tan gran llanto de todos ellos que el apóstol mismo apenas pudo contenerse de llorar y derramar lágrimas. Postróse, por tanto, en oración y lloró largo tiempo; y levantándose de la oración extendió sus manos al cielo y por un largo espacio oró dentro de sí mismo. Y habiendo hecho así tres veces, mandó que el cuerpo amortajado fuese desatado, y dijo: «Tú, joven Estácteo, que por amor de tu carne perdiste presto tu alma; tú, joven que no conociste a tu Creador ni percibiste al Salvador de los hombres, y fuiste ignorante de tu verdadero amigo, y por tanto caíste en el lazo del peor enemigo: he aquí he derramado lágrimas y oraciones a mi Señor por tu ignorancia, para que te levantes de los muertos, desatadas las ataduras de la muerte, y declares a estos dos, a Ático y Eugenio, cuán grande gloria han perdido y en cuán gran castigo han incurrido». Entonces Estácteo se levantó y adoró al apóstol, y comenzó a reprender a sus discípulos, diciendo: «Vi a vuestros ángeles llorando, y a los ángeles de Satanás regocijándose por vuestra caída. Pues ahora en poco tiempo habéis perdido el reino que os estaba preparado, y las moradas edificadas de piedras resplandecientes, llenas de gozo, de convite y deleites, llenas de vida eterna y luz perpetua; y os habéis procurado lugares de tinieblas, llenos de dragones, de llamas rugientes, de tormentos y castigos insuperables, de dolores y angustia, pavor y horrible temblor. Habéis perdido los lugares llenos de flores que no se marchitan, resplandecientes, llenos de sones de instrumentos musicales, y habéis obtenido en cambio lugares donde el rugido, el aullido y el lamento no cesan ni de día ni de noche. Nada más os queda sino rogar al apóstol del Señor que, así como me resucitó a mí a la vida, así también os resucite a vosotros de la muerte a la salvación y vuelva vuestras almas que ahora están borradas del libro de la vida».
26XVIII. Entonces tanto el que había sido resucitado como todo el pueblo juntamente con Ático y Eugenio, se postraron a los pies del apóstol y le rogaron que intercediese por ellos ante el Señor. A los cuales el santo apóstol dio esta respuesta: que por treinta días ofreciesen penitencia a Dios, y en ese espacio orasen especialmente para que las varas de oro volviesen a su naturaleza y del mismo modo las piedras tornasen a la bajeza en que fueron formadas. Y aconteció que, pasados los treinta días, no habiéndose tornado las varas en madera ni las gemas en guijarros, Ático y Eugenio vinieron y dijeron al apóstol: «Tú has enseñado siempre la misericordia, y has predicado el perdón, y mandado que el hombre perdone al prójimo. Y si Dios quiere que el hombre perdone al hombre, cuánto más Él, siendo Dios, perdonará y tendrá piedad de los hombres. Estamos avergonzados por nuestro pecado; y mientras llorábamos con nuestros ojos que codiciaban el mundo, ahora nos arrepentimos con ojos que se deshacen en lágrimas. Te rogamos, Señor, te rogamos, apóstol de Dios: muestra en hechos aquella misericordia que en palabras siempre prometiste». Entonces el santo Juan les dijo mientras lloraban y se arrepentían, intercediendo todos por ellos de igual manera: «Nuestro Señor Dios usó estas palabras cuando habló acerca de los pecadores: 'No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva'. Porque cuando el Señor Jesucristo nos enseñó acerca del penitente, dijo: 'De cierto os digo que hay gran gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente y se aparta de sus pecados; y mayor gozo hay por él que por noventa y nueve que no han pecado'. Por tanto, quiero que sepáis que el Señor acepta el arrepentimiento de estos hombres». Y se volvió a Ático y Eugenio y dijo: «Id, llevad de vuelta las varas al bosque de donde las tomasteis, pues ahora han vuelto a su propia naturaleza; y las piedras a la orilla del mar, pues se han tornado piedras comunes como eran antes». Y cuando esto se cumplió, recibieron de nuevo la gracia que habían perdido, de modo que otra vez echaban fuera demonios como antes y sanaban a los enfermos y alumbraban a los ciegos, y diariamente el Señor obraba muchas maravillas por medio de ellos.
27XX. Mas cuando Aristodemo, que era sumo sacerdote de todos aquellos ídolos, vio esto, lleno de un espíritu maligno, levantó sedición entre el pueblo, de manera que un grupo se dispuso a pelear contra el otro. Y Juan se volvió a él y le dijo: «Dime, Aristodemo, ¿qué puedo hacer para quitar la ira de tu alma?» Y Aristodemo dijo: «Si quieres que yo crea en tu Dios, te daré veneno a beber; y si lo bebieres y no murieres, manifiesto quedará que tu Dios es verdadero». El apóstol respondió: «Si me dieres veneno a beber, cuando invoque el nombre de mi Señor, no me podrá dañar». Aristodemo dijo de nuevo: «Quiero que primero veas a otros beberlo y morir al punto, para que así tu corazón retroceda ante esa copa». Y el bienaventurado Juan dijo: «Ya te he dicho que estoy dispuesto a beberlo para que creas en el Señor Jesucristo cuando me veas sano tras la copa de veneno». Aristodemo, pues, fue al procónsul y le pidió dos hombres que habían de sufrir la sentencia de muerte. Y cuando los hubo puesto en medio de la plaza delante de todo el pueblo, a la vista del apóstol los hizo beber el veneno; y tan pronto como lo hubieron bebido, entregaron el espíritu. Entonces Aristodemo se volvió a Juan y dijo: «Escúchame y apártate de tu enseñanza con que apartas al pueblo del culto de los dioses; o toma y bebe esto, para que muestres que tu Dios es todopoderoso, si después de haber bebido puedes quedar sano».
28Entonces el bienaventurado Juan, yaciendo muertos aquellos que habían bebido el veneno, como varón intrépido y esforzado tomó la copa y, haciendo la señal de la cruz, habló así: «Dios mío, y Padre de nuestro Señor Jesucristo, por cuya palabra los cielos fueron afirmados, a quien todas las cosas están sujetas, a quien toda la creación sirve, a quien toda potestad obedece, teme y tiembla cuando te invocamos por socorro: cuyo nombre oyendo la serpiente se aquieta, el dragón huye, la víbora se calla, el sapo (que es llamado rana) se queda inmóvil y sin fuerza, el escorpión se extingue, el basilisco es vencido y la araña venenosa no daña —en una palabra, todos los seres venenosos y los más feroces reptiles y las bestias dañinas son traspasados; apaga tú, digo, el veneno de esta ponzoña, extingue sus mortíferas operaciones y vacíala de la fuerza que en ella reside; y concede ante ti a todos estos a quienes creaste, ojos para que vean, oídos para que oigan y corazón para que comprendan tu grandeza». Y habiendo así dicho, armó su boca y todo su cuerpo con la señal de la cruz y bebió todo lo que estaba en la copa. Y después de haber bebido, dijo: «Pido que aquellos por cuya causa he bebido se conviertan a ti, oh Señor, y por tu iluminación reciban la salvación que está en ti». Y cuando por espacio de tres horas el pueblo vio que Juan estaba de semblante alegre y que no había señal alguna de palidez ni temor en él, comenzaron a clamar a gran voz: «¡Él es el único Dios verdadero, a quien Juan adora!»
29XXI. Mas Aristodemo ni aun así creyó, aunque el pueblo le reprendía severamente; mas se volvió hacia Juan y dijo: «Esta sola cosa me falta: si tú en el nombre de tu Dios resucitares a estos que murieron por este veneno, mi mente quedará limpia de toda duda». Cuando dijo esto, el pueblo se levantó contra Aristodemo diciendo: «Te quemaremos a ti y a tu casa si sigues molestando más al apóstol con tus palabras». Juan, por tanto, viendo que se levantaba una fiera sedición, pidió silencio y dijo a oídos de todos: «La primera de las virtudes de Dios que debemos imitar es la paciencia, por la cual somos capaces de sobrellevar la insensatez de los incrédulos. Por tanto, si Aristodemo está todavía retenido por la incredulidad, desatemos los nudos de su incredulidad. Él será obligado, aun cuando tarde, a reconocer a su Creador; pues no cesaré de esta obra hasta que un remedio socorra sus heridas; y como los médicos que tienen en sus manos a un hombre enfermo necesitado de medicina, así también, si Aristodemo no ha sido curado todavía por lo que ahora se ha hecho, será sanado por lo que ahora haré». Y llamó a Aristodemo a sí, y le dio su túnica, y él mismo quedó vestido solamente con su manto. Y Aristodemo le dijo: «¿Por qué causa me has dado tu túnica?» Juan le dijo: «Para que aun así seas avergonzado y te apartes de tu incredulidad». Y Aristodemo dijo: «¿Y cómo tu túnica me hará apartar de la incredulidad?» El apóstol respondió: «Ve y échala sobre los cuerpos de los muertos, y dirás así: 'El apóstol de nuestro Señor Jesucristo me ha enviado para que en su nombre resucitéis, a fin de que todos sepan que la vida y la muerte son siervas de mi Señor Jesucristo'». Lo cual habiendo Aristodemo hecho, y habiéndolos visto levantarse, adoró a Juan, y corrió presuroso al procónsul y comenzó a decir en alta voz: «¡Óyeme, óyeme, oh procónsul! Creo que te acuerdas de que muchas veces provoqué tu ira contra Juan y tracé muchas cosas contra él diariamente, por lo cual temo experimentar su ira: pues él es un Dios escondido en forma de hombre y bebió veneno, y no sólo continúa sano, sino que a los que habían muerto por el veneno los ha devuelto a la vida por mi medio, por el toque de su túnica, y no tienen señal alguna de muerte sobre sí». Lo cual oyendo el procónsul, dijo: «¿Y qué quieres que haga?» Aristodemo respondió: «Vamos y postrémonos a sus pies y pidamos perdón, y cuanto él nos mandare, hagámoslo». Entonces vinieron juntos y se postraron y rogaron perdón; y él los acogió y ofreció oración y acción de gracias a Dios, y les impuso un ayuno de una semana; y cumplido este, los bautizó en el nombre del Señor Jesucristo y de su Padre Todopoderoso y del Espíritu Santo el Iluminador. [Y habiendo sido bautizados con toda su casa y sus siervos y sus deudos, rompieron todos sus ídolos y edificaron una iglesia en el nombre de San Juan, en la cual él mismo fue recogido al descanso, de la manera siguiente.]
Palabras de este capítulo
Lo que estas palabras decían en el original — y dónde más aparecen.
- Aménאָמֵן«Es firme, es digno de confianza»: lo firmo.
- JésedחֶסֶדLa lealtad amorosa de quien no abandona; traducida como misericordia, benignidad o bondad.
- GraciaχάριςFavor dado a quien no hizo nada para merecerlo y no puede devolverlo.
- EmunáאֱמוּנָהFe como firmeza y fidelidad, no como opinión sobre algo incierto.
Texto en inglés: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James, 1924 (dominio público). Portugués y español: traducción de Lux Veritas a partir de esta edición.
Fuente: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James (1924) · dominio público