¿Quién es el rico que se salva? (Clemente) · Capítulo 37
- 1¿Qué otra necesidad tiene Dios de los misterios del amor? Entonces contemplarás el seno del Padre, que solo Dios, el Hijo unigénito, ha revelado. Y Dios mismo es amor; por amor a nosotros se hizo femenino. En Su esencia inefable es Padre; en Su compasión por nosotros se hizo Madre. El Padre, al amar, se hizo femenino; la gran prueba de ello es Aquel a quien engendró de Sí mismo, y el fruto engendrado por el amor es amor.
- 2Por eso también él descendió. Por eso se revistió de hombre. Por eso se sometió voluntariamente a las experiencias humanas, a fin de que, reduciéndose a la medida de nuestra flaqueza, a nosotros, a quienes amaba, nos elevara en igual proporción a la medida de Su fuerza. Estando a punto de ser ofrecido y entregándose como rescate, nos dejó una nueva Alianza y testamento: 'Os doy Mi amor.' ¿Qué amor es ese, y cuán grande? Por cada uno de nosotros entregó Su propia vida, equivalente a la vida de todos. A cambio, nos exige esto unos por otros. Si debemos la vida a los hermanos e hicimos tal pacto mutuo con el Salvador, ¿por qué acumularíamos y guardaríamos aún bienes terrenos, miserables, ajenos a nosotros y transitorios? ¿Nos guardaremos unos de otros lo que dentro de poco pertenecerá al fuego? Juan dice con autoridad divina: 'Quien no ama a su hermano es homicida', descendiente de Caín, discípulo del diablo. No posee la compasión de Dios ni esperanza de cosas mejores. Es estéril, infructuoso; no es una rama de la vid siempre viva y superior a los cielos. Ha sido cortado y espera el fuego perpetuo.