LUX VERITAS

Escrituras y Manuscritos

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Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 24

  1. 1Habiendo investigado en cierta medida los puntos propuestos, resta examinar el argumento basado en el fin o causa final, que en realidad ya ha surgido de lo dicho y solo requiere la atención y discusión adicionales necesarias para que no parezca que dejamos sin mencionar ninguno de los asuntos a los que nos referimos brevemente y, así, perjudicamos indirectamente la cuestión o la división de temas establecida al principio. Por tanto, en atención a los presentes y a otros que puedan interesarse por este asunto, conviene indicar tan solo que cada cosa constituida por la naturaleza y cada cosa producida por el arte debe tener un fin que le sea propio, como nos enseña el sentido común de todos los hombres y lo atestiguan las cosas que pasan ante nuestros ojos.
  2. 2Pues ¿no vemos que los agricultores tienen un fin y los médicos otro, y que las cosas que brotan de la tierra tienen otro, al igual que los animales que de ella se alimentan y son producidos según determinada secuencia natural? Si esto es evidente, y si las fuerzas naturales y artificiales, con las acciones que de ellas resultan, deben necesariamente estar acompañadas de un fin conforme a la naturaleza, es absolutamente necesario que el fin de los hombres, por ser el de una naturaleza peculiar, esté separado de lo que les sería común con los demás seres; pues no es lícito suponer el mismo fin para los seres desprovistos de juicio racional y para aquellos cuyos actos están regidos por la ley innata y la razón, que viven una vida inteligente y observan la justicia.
  3. 3La ausencia de dolor, por tanto, no puede ser el fin propio de estos últimos, pues la tendrían en común con seres completamente privados de sensibilidad. Tampoco puede consistir en el disfrute de las cosas que nutren o deleitan el cuerpo, ni en la abundancia de placeres; de otro modo, la vida de los brutos ocuparía el primer lugar, mientras que la vida regida por la virtud carecería de causa final. Un fin semejante, supongo, pertenece a las fieras y al ganado, no a los hombres dotados de alma inmortal y juicio racional.