Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 25
- 1Tampoco es la felicidad del alma separada del cuerpo, pues no investigamos la vida o la causa final de ninguna de las partes de las que está compuesto el hombre, sino la del ser compuesto de ambas. Tal es cada hombre que participa de esta existencia presente, y debe haber un fin apropiado propuesto para esta vida. Pero, si ese fin corresponde a las dos partes juntas y no puede encontrarse mientras aún viven en el estado presente, por las numerosas causas ya mencionadas, ni cuando el alma se halla separada, porque no puede decirse que el hombre exista cuando el cuerpo está disuelto y enteramente disperso, aunque el alma subsista por sí misma, es absolutamente necesario que el fin de la existencia humana se manifieste en alguna reconstitución de las dos partes reunidas, del mismo ser vivo.
- 2Y, puesto que esto se sigue necesariamente, debe haber de todos modos resurrección de los cuerpos muertos o incluso enteramente disueltos, y los mismos hombres deben ser formados de nuevo, ya que la ley de la naturaleza dispone el fin no de modo absoluto ni como fin de unos hombres cualesquiera, sino de los mismos hombres que atravesaron la vida anterior. Ahora bien, es imposible reconstituir a los mismos hombres si no se restituyen los mismos cuerpos a las mismas almas. Y que la misma alma recupere el mismo cuerpo es imposible de cualquier otra manera, siendo posible solo mediante la resurrección; pues, si esta ocurre, también se seguirá un fin adecuado a la naturaleza humana.
- 3Y no nos equivocaremos al decir que la causa final de una vida inteligente y de un juicio racional es ocuparse sin interrupción de aquellos objetos para los cuales la razón natural está principal y primordialmente preparada, y deleitarse sin cesar en la contemplación de aquel que es y de sus decretos, aunque la mayoría de los hombres, por verse afectados de manera demasiado apasionada y violenta por las cosas inferiores, atraviesen la vida sin alcanzar ese fin. Pues el gran número de quienes no alcanzan el fin que les corresponde no anula el destino común, ya que el examen se refiere a los individuos y la recompensa o el castigo por vidas bien o mal vividas es proporcionado al mérito de cada uno.