Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 23
- 1Pero lo más irracional de todo es esto: imponer a los hombres leyes debidamente sancionadas y luego asignar solo a sus almas la retribución por sus actos lícitos o ilícitos. Pues si quien recibe las leyes es quien justamente recibe la retribución por transgredirlas, y si fue el hombre quien recibió las leyes, no el alma por sí sola, también el hombre debe soportar la retribución por los pecados cometidos, y no solo el alma, puesto que Dios no ordenó a las almas abstenerse de cosas que no les conciernen, como el adulterio, el homicidio, el hurto, el robo, la deshonra de los padres y, en general, todo deseo que tiende a perjudicar y dañar al prójimo.
- 2Pues ni el mandamiento "Honra a tu padre y a tu madre" se adapta a las almas solas, ya que tales nombres no se les aplican: las almas no engendran almas para recibir el nombre de padre o madre, sino que los hombres engendran hombres. Tampoco el mandamiento "No cometerás adulterio" podría dirigirse debidamente a las almas ni siquiera pensarse en tal contexto, ya que en ellas no existe distinción entre varón y mujer, ni aptitud para la unión sexual, ni deseo de ella; y donde no hay deseo, no puede haber unión; donde no hay unión alguna, no puede haber unión legítima, es decir, matrimonio; y donde no hay unión lícita, tampoco puede haber deseo ilícito de la esposa de otro hombre, ni unión con ella, es decir, adulterio.
- 3Tampoco la prohibición del hurto o del deseo de poseer más se aplica a las almas, pues no necesitan aquellas cosas cuya carencia natural suele llevar a los hombres a hurtar o robar, como oro, plata, un animal o cualquier otra cosa adecuada para alimento, refugio o uso; pues para una naturaleza inmortal es inútil todo lo que los necesitados desean como útil.
- 4Dejemos, sin embargo, una discusión más completa de estas cuestiones a quienes desean investigar cada punto con mayor precisión o debatir más intensamente con los adversarios. Puesto que lo que acabamos de decir y lo que concuerda con ello para garantizar la resurrección nos bastan, no sería oportuno demorarnos más en estos asuntos; pues no nos propusimos no omitir nada de lo que podría decirse, sino indicar de modo resumido a los presentes lo que debe pensarse acerca de la resurrección y adaptar a la capacidad de los oyentes los argumentos relativos a esta cuestión.