Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 20
- 1Pues o bien la muerte es la extinción completa de la vida, disolviéndose y corrompiéndose el alma junto con el cuerpo, o bien el alma permanece por sí sola, incapaz de disolución, dispersión y corrupción, mientras el cuerpo se corrompe y se disuelve, sin conservar ya recuerdo alguno de las acciones pasadas ni percepción de lo que experimentó en unión con el alma. Si la vida de los hombres se extinguiera por completo, es manifiesto que no habría cuidado por los hombres que ya no viven ni juicio acerca de quienes vivieron en virtud o en vicio; entonces irrumpiría nuevamente sobre nosotros todo lo propio de una vida sin ley, con el enjambre de absurdos que de ella se sigue y la cumbre de esa ausencia de ley: el ateísmo.
- 2Pero si el cuerpo se corrompiera y cada una de las partículas disueltas pasara a su elemento afín, mientras el alma permaneciera inmortal por sí sola, tampoco en esta hipótesis habría juicio del alma, pues faltaría equidad: es ilícito sospechar que pueda proceder de Dios juicio alguno carente de equidad. Ahora bien, falta equidad al juicio si no se conserva el ser que practicó la justicia o la iniquidad, pues quien practicó cada uno de los actos de la vida sometidos a juicio fue el hombre, no el alma por sí sola. En suma, esta concepción en ningún caso se concilia con la equidad.