Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 2
- 1Consideremos, pues, el asunto del modo que he indicado. Si no toda incredulidad nace de la ligereza y la irreflexión, sino que surge en algunas mentes de razones sólidas y acompañada de la certeza propia de la verdad, está bien; pues entonces conserva la apariencia de ser justa cuando aquello a lo que se refiere les parece indigno de crédito. Pero no creer en cosas que no merecen incredulidad es propio de hombres que no juzgan la verdad con buen criterio.
- 2Conviene, por tanto, a quienes no creen en la resurrección o dudan de ella formarse una opinión al respecto, no a partir de una idea adoptada precipitadamente ni de lo que agrada a los disolutos, sino o bien atribuir el origen de los hombres a ninguna causa — noción muy fácil de refutar —, o bien, atribuyendo a Dios la causa de todas las cosas, tener firmemente presente el principio implicado en esta creencia y demostrar desde él que la resurrección es completamente indigna de crédito. Lo lograrán si pueden mostrar que a Dios le resulta imposible, o que es contrario a su voluntad, reunir y juntar otra vez cuerpos muertos, o incluso enteramente disueltos en sus elementos, de modo que constituyan las mismas personas.
- 3Si no pueden hacerlo, abandonen esa incredulidad impía y esa blasfemia contra las cosas sagradas; pues lo que estoy por decir mostrará claramente que no dicen la verdad cuando afirman que es imposible o contrario a la voluntad divina.
- 4En sentido estricto, una cosa se considera imposible para alguien cuando es de tal índole que este o no sabe lo que debe hacerse o carece de poder suficiente para ejecutar debidamente lo que sabe. Pues quien ignora lo que debe hacerse es del todo incapaz de intentar o realizar aquello que desconoce; y quien sabe muy bien qué debe hacerse, con qué medios y de qué manera, pero no tiene poder alguno para realizarlo, o no tiene suficiente poder, ni siquiera emprenderá la tarea si es sabio y pondera sus fuerzas; y, si la emprendiera sin la debida reflexión, no alcanzaría su propósito.
- 5Pero no es posible que Dios ignore la naturaleza de los cuerpos que han de resucitar, tanto en lo relativo a sus miembros enteros como a las partículas que los componen; ni puede ignorar adónde va cada partícula disuelta y qué porción de los elementos recibió lo que se disolvió y pasó a unirse a lo que le es afín, aunque a los hombres les parezca totalmente imposible separar otra vez del universo aquello que, conforme a su naturaleza, volvió a combinarse con él.
- 6Pues aquel a quien, antes de la formación particular de cada uno, no le estaba oculta ni la naturaleza de los elementos de los que habrían de componerse los cuerpos humanos ni las partes de esos elementos de las cuales tomaría lo que le pareciera adecuado para formar el cuerpo humano, manifiestamente no ignorará, después de la disolución del todo, adónde ha ido cada una de las partículas que tomó para constituir a cada individuo. Según el orden de las cosas que ahora rige entre nosotros y el juicio que formamos sobre otros asuntos, conocer de antemano lo que todavía no ha sucedido es algo mayor; pero, ante la majestad y la sabiduría de Dios, ambas cosas son conformes a la naturaleza, y resulta igualmente fácil conocer de antemano lo que todavía no existe y conocer lo que se ha disuelto.