Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 15
- 1Aunque la causa discernible en la creación de los hombres basta por sí sola para probar que la resurrección sigue, por secuencia natural, a la disolución de los cuerpos, quizá sea correcto no rehuir ninguno de los argumentos propuestos, sino, conforme a lo dicho, indicar a quienes no pueden percibirlos por sí mismos los argumentos que proceden de cada verdad derivada de las primeras; y, ante todo, la naturaleza de los hombres creados, que nos conduce a la misma idea y posee la misma fuerza como prueba de la resurrección.
- 2Pues si la naturaleza humana en general está compuesta de un alma inmortal y un cuerpo ajustado a ella en la creación, y si Dios no asignó tal creación, tal vida y todo ese curso de existencia a la naturaleza del alma por sí sola ni a la del cuerpo por separado, sino a los hombres compuestos de ambos, para que, después de atravesar la existencia presente, lleguen a un fin común con los mismos elementos de los que se componen al nacer y durante la vida, se sigue inevitablemente que, puesto que de ambos se forma un solo ser vivo que experimenta todo lo que experimentan el alma y el cuerpo y realiza todo lo que exige el juicio de los sentidos o de la razón, toda esa serie de cosas debe referirse a un mismo fin. De este modo, todas ellas y por medio de todas ellas — la creación, la naturaleza, la vida, los actos y padecimientos del hombre, el curso de su existencia y el fin adecuado a su naturaleza — concurren en una sola armonía y en una misma experiencia común.
- 3Pero si hay una sola armonía y una comunidad de experiencia perteneciente al ser entero, ya sea en lo que brota del alma o en lo que se realiza mediante el cuerpo, el fin de todo ello también debe ser uno solo. Y el fin será rigurosamente uno si el ser al que pertenece permanece el mismo en su constitución; el ser será exactamente el mismo si son las mismas todas las partes que lo componen. Y estas serán las mismas en cuanto a su unión peculiar si las partes disueltas vuelven a unirse para constituir el ser. La constitución de los mismos hombres demuestra necesariamente que habrá resurrección de los cuerpos muertos y disueltos; pues sin ella ni las mismas partes podrían unirse naturalmente unas con otras ni la naturaleza de los mismos hombres podría reconstituirse.
- 4Y si el entendimiento y la razón fueron dados a los hombres para discernir las cosas percibidas por el intelecto — no solo los seres, sino también la bondad, la sabiduría y la rectitud de quien los concedió —, se sigue necesariamente que, mientras perduren las cosas por causa de las cuales se dio el juicio racional, también debe perdurar el juicio dado para ellas. Pero es imposible que este perdure si no perdura la naturaleza que lo recibió y a la que está unido. Quien recibió entendimiento y razón fue el hombre, no el alma por sí sola. Por tanto, el hombre, que consta de las dos partes, debe permanecer para siempre. Pero es imposible que permanezca si no resucita. Pues si no hubiera resurrección, la naturaleza de los hombres en cuanto hombres no subsistiría.
- 5Y si la naturaleza de los hombres no subsiste, en vano fue ajustada el alma a las necesidades y experiencias del cuerpo; en vano fue limitado el cuerpo de modo que no puede obtener lo que desea, obedeciendo las riendas del alma y siendo guiado por ella como con un freno; en vano son el entendimiento, la sabiduría, la observancia de la rectitud, la práctica de toda virtud y la promulgación y aplicación de las leyes; en suma, es vano cuanto hay de noble en los hombres o por causa de ellos, o mejor dicho, la creación y la naturaleza mismas de los hombres. Pero si la inutilidad está enteramente excluida de todas las obras de Dios y de todos los dones que él concede, resulta inevitable concluir que, junto a la duración interminable del alma, habrá una permanencia perpetua del cuerpo conforme a su propia naturaleza.