Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 16
- 1Que nadie juzgue extraño que llamemos vida a una continuidad de la existencia interrumpida por la muerte y la corrupción; considere más bien que esta palabra no tiene un solo sentido ni hay una sola medida de duración, porque tampoco es una sola la naturaleza de las cosas que perduran.
- 2Pues si cada cosa que perdura lo hace según su naturaleza peculiar, tampoco entre los seres enteramente incorruptibles e inmortales encontraremos una duración igual a la nuestra, porque las naturalezas de los seres superiores no descienden al nivel de las inferiores; ni es correcto buscar en los hombres una duración invariable e inmutable, puesto que aquellos fueron creados inmortales desde el principio y subsisten sin fin por la simple voluntad de su Creador, mientras que los hombres, en cuanto al alma, tienen desde su origen una continuidad inmutable, pero, en cuanto al cuerpo, alcanzan la inmortalidad mediante una transformación.
- 3Esto es lo que significa la doctrina de la resurrección. Teniéndola presente, aguardamos la disolución del cuerpo como consecuencia de una vida de carencias y corrupción y, después de ella, esperamos una continuidad inmortal, sin equiparar nuestra muerte a la de los animales irracionales ni la permanencia del hombre a la de los inmortales, para no igualar inadvertidamente la naturaleza y la vida humanas a aquello con lo que no deben compararse. No debe, por tanto, causar desagrado que parezca haber alguna desigualdad en la duración de los hombres; ni debemos desesperar de la resurrección porque la separación del alma de los miembros del cuerpo y la disolución de sus partes interrumpan la continuidad de la vida.
- 4Pues aunque la relajación de los sentidos y de las fuerzas físicas que ocurre naturalmente durante el sueño parece interrumpir la vida sensible cuando los hombres duermen a intervalos regulares y, por así decirlo, vuelven a vivir, no nos negamos a llamarla vida. Por esa razón, supongo, algunos llaman al sueño hermano de la muerte, no porque ambos procedan de los mismos antepasados y padres, sino porque los muertos y los dormidos están sujetos a estados semejantes, al menos en cuanto a la inmovilidad y la ausencia de toda percepción del presente o del pasado, o mejor dicho, de la propia existencia y de la propia vida.
- 5Si, por tanto, no nos negamos a llamar vida a la vida humana, llena de tal desigualdad desde el nacimiento hasta la disolución e interrumpida por todas las cosas antes mencionadas, tampoco debemos desesperar de la vida que sigue a la disolución y comprende la resurrección, aunque por un tiempo esté interrumpida por la separación del alma y del cuerpo.