Evangelio del Pseudo-Mateo · Capítulo 21
- 11. Y aconteció al tercer día de marcha, mientras caminaban, que la bienaventurada María se sintió fatigada por el excesivo calor del sol en el desierto; y viendo una palmera, dijo a José: Permíteme reposar un poco bajo la sombra de este árbol.
- 22. Apresuróse, pues, José y la condujo hasta la palmera, y la ayudó a descender de su bestia.
- 33. Y sentándose allí la bienaventurada María, contempló la copa de la palmera, y viéndola colmada de dátiles, dijo a José: Quisiera, si posible fuese, coger algún fruto de esta palmera.
- 44. Mas José le dijo: Maravíllome de que hables así, viendo cuán alta es esta palmera, y que pienses alcanzar de sus frutos.
- 55. Yo me acongojo más por la falta de agua, por cuanto los odres están ya vacíos y nada tenemos con qué refrigerarnos a nosotros y a nuestras bestias.
- 66. Entonces el infante Jesús, con semblante risueño, descansando en el regazo de su madre, dijo a la palmera: Árbol, inclina tus ramas y refrigera a mi madre con tus frutos.
- 77. Y al punto, ante esta voz, inclinó la palmera su copa hasta las plantas de la bienaventurada María; y cogieron de su fruto, con el cual todos se refrigeraron copiosamente.
- 88. Y habiendo recogido todos los frutos, permaneció inclinada, aguardando la orden de erguirse de Aquel por cuyo mandato se había doblegado.
- 99. Díjole entonces Jesús: Yérguete, palmera, y cobra aliento, y sé compañera de mis árboles en el paraíso de mi Padre; y abre desde tus raíces un manantial oculto en la tierra, para que broten aguas con que saciar nuestra sed.
- 1010. E incontinente se enderezó, y de sus raíces comenzó a manar una fuente de aguas vivas, limpísimas, frescas y de admirable claridad.
- 1111. Y al divisar aquel manantial regocijáronse con inmenso gozo, y apagaron su sed ellos mismos, sus rebaños y todas sus bestias.
- 1212. Por lo cual dieron rendidas gracias a Dios.