Prescripción contra los herejes · Capítulo 40
- 1¿Qué diré, sin embargo, del ministerio de la palabra, puesto que se ocupan no en convertir a los paganos, sino en trastornar a los nuestros? Esa es la gloria que persiguen: provocar la caída de quienes están en pie, no levantar a los caídos. Como su obra no consiste en edificar su propia comunidad, sino en demoler la verdad, socavan nuestros edificios para levantar los suyos. Basta
- 2privarlos de la Ley de Moisés, de los profetas y de la divinidad del Creador, y ya no tendrán otra objeción de la cual hablar. De ahí que consigan más fácilmente arruinar casas firmes que reconstruir ruinas. Solo cuando tienen tales objetivos se muestran humildes, amables y respetuosos. Fuera de ello, ni siquiera respetan a sus propios dirigentes. Por eso se supone que los cismas son raros entre los herejes: aun cuando existen, no son visibles. Pero su propia unidad es cisma. Mucho me equivoco si entre ellos no se apartan hasta de sus propias reglas, ya que cada uno modifica la tradición recibida según su propio temperamento, del mismo modo que la modificó quien la transmitió, moldeándola conforme a su voluntad.
- 3La evolución del asunto revela tanto su naturaleza como la forma de su nacimiento. Lo que se permitió a Valentín se permite también a los valentinianos; lo que hizo Marción también es lícito a los marcionitas: innovar en la fe según les plazca. En suma, cuando se examinan a fondo, todas las herejías revelan divergencias en muchos puntos incluso respecto de sus propios fundadores. La mayoría ni siquiera tiene iglesias. Sin madre, sin casa, sin profesión de fe, errantes y proscritos, vagan en su propia insignificancia.