José y Asenat · Capítulo 13
- 11. Contempla, Señor, mi abatimiento y ten piedad de mi orfandad, apiadándote de mí, mujer atribulada. Pues he aquí, oh Soberano, que he huido de todo amparo terrenal y busqué refugio en ti, el solo amante de los hombres. ¡Mira que dejé atrás todas las delicias del siglo y me acogí a ti, Señor, envuelta en sayal y ceniza, despojada y solitaria!
- 22. ¡Mira que me he desnudado de mi manto de realeza, de lino finísimo y grana entretejida de oro, vistiendo una túnica negra de duelo! ¡Mira que desaté mi faja de oro y la arrojé lejos de mí, ciñéndome con cuerda áspera y cilicio! ¡Mira que quité de mi cabeza la diadema y la mitra, esparciendo ceniza sobre mis cabellos!
- 33. ¡Mira que el suelo de mi estancia, antes enlosado de pórfido y piedras de mil colores, antes rociado de bálsamos odoríferos y enjugado con lienzos de albo lino, hállase ahora anegado por mis lágrimas y envilecido bajo espesa ceniza!
- 44. ¡Mira, Señor mío, que de la mezcla de ceniza y lágrimas se ha formado en mi aposento abundante cieno semejante al lodo de un camino real! ¡He aquí, Señor mío, que mi banquete regio y todas las carnes las entregué por manjar a los perros!
- 55. ¡Mira que yo misma, oh Soberano, he perseverado en ayuno siete días y siete noches sin comer bocado de pan ni beber gota de agua, secándose mi boca como rueda reseca, mi lengua como un cuerno y mis labios como tiesto de barro, marchitándose mi semblante y consumiéndose mis ojos por el llanto!
- 66. Mas tú, Señor Dios mío, líbrame de mis copiosas ignorancias y perdóname, pues siendo doncella inexperta anduve descarriada. ¡Mira que ahora confieso que todos los dioses a quienes antes servía con ignorancia eran ídolos mudos y muertos, a los cuales quebranté en trozos dejándolos para ser hollados por los transeúntes, y los ladrones los despojaron siendo de oro y plata; y en ti he hallado seguro asilo, Señor Dios, único compasivo y bienhechor de los hombres!
- 77. Perdóname, Señor, por haber cometido tantas faltas contra ti por ignorancia y por haber proferido palabras de oprobio contra mi señor José, ignorando yo, desdichada de mí, que él era siervo e hijo tuyo, Señor; pues hombres impíos, movidos por la envidia, me persuadieron diciendo: José es vástago de un pastor de la tierra de Canaán; y yo, insensata, les di oídos y me extravié, menospreciándole y murmurando contra él, sin entender que él es hijo tuyo amado.
- 88. Porque ¿quién de entre los hombres engendró jamás o engendrará semejante gentileza? ¿O quién es sabio y poderoso como el hermosísimo José? Mas a ti, Señor, lo encomiendo, por cuanto le amo más que a mi propia alma. Presérvalo en la sabiduría de tu gracia, y ponme a mí bajo su mano por sierva y esclava, a fin de que lave sus pies, aderece su estrado, le ministre y rinda servicio como esclava suya por todos los días de mi vida.