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Evangelio de Nicodemo · Capítulo 15

Y Nicodemo se levantó y se puso delante del concilio, diciendo: Bien decís. ¿No sabéis, oh pueblo del Señor, de los hombres que descendieron de Galilea, que temen a Dios y son hombres de posición, que aborrecen la codicia, hombres de paz? Y ellos os han dicho con juramento: Vimos a Jesús en el monte Mamilch con Sus discípulos, y que Él les enseñó todas las cosas que oísteis de ellos, y, dicen, Lo vimos elevado al cielo. Y ningún hombre les preguntó de qué manera fue elevado. Porque, así como el libro de las santas Escrituras nos ha enseñado que también Elías fue elevado al cielo, y Eliseo clamó a gran voz, y Elías echó su manto de pelo sobre Eliseo, y Eliseo echó el manto sobre el Jordán y pasó y fue a Jericó. Y los hijos de los profetas le salieron al encuentro y dijeron: Eliseo, ¿dónde está tu señor Elías? y él dijo que fue elevado al cielo. Y dijeron a Eliseo: ¿No lo habrá arrebatado un espíritu y echado sobre uno de los montes? pero llevemos con nosotros a nuestros siervos y busquémoslo. Y persuadieron a Eliseo, y él fue con ellos, y lo buscaron tres días y no lo hallaron: y supieron que había sido elevado. Y ahora oídme, y enviemos a todas las regiones de Israel y veamos si el Cristo no fue arrebatado por un espíritu y echado sobre uno de los montes. Y este dicho agradó a todos: y enviaron a todas las regiones y buscaron a Jesús y no Lo hallaron. Pero hallaron a José en Arimatea, y ningún hombre osó poner las manos sobre él.

2Y dijeron a los ancianos y a los sacerdotes y a los levitas: Recorrimos todas las regiones de Israel, y no hallamos a Jesús; pero a José hallamos en Arimatea. Y cuando oyeron acerca de José, se alegraron y dieron gloria al Dios de Israel. Y los jefes de la sinagoga y los sacerdotes y los levitas tomaron consejo sobre cómo habrían de encontrar a José, y tomaron un rollo de papel y escribieron a José estas palabras:

3Paz sea contigo. Sabemos que hemos pecado contra Dios y contra ti, y hemos orado al Dios de Israel para que te dignaras venir a tus padres y a tus hijos, porque estamos todos turbados, porque cuando abrimos la puerta no te hallamos: y sabemos que tramamos mal consejo contra ti, pero el Señor te ayudó. Y el mismo Señor anuló (dispersó) nuestro consejo contra ti, oh padre José, tú que eres honrado entre todo el pueblo.

4Y escogieron de todo Israel a siete hombres que eran amigos de José, a quienes el mismo José también consideraba sus amigos, y los jefes de la sinagoga y los sacerdotes y los levitas les dijeron: Mirad: si él recibe nuestra epístola y la lee, sabed que vendrá con vosotros a nosotros: pero si no la lee, sabed que está irritado con nosotros, y saludadlo en paz y volved a nosotros. Y bendijeron a los hombres y los dejaron ir.

5Y los hombres llegaron a José y le rindieron reverencia, y le dijeron: Paz sea contigo. Y él dijo: Paz sea con vosotros y con todo el pueblo de Israel. Y le dieron el libro de la epístola, y José la recibió y la leyó, y abrazó la epístola y bendijo a Dios y dijo: Bendito sea el Señor Dios, que ha redimido a Israel de derramar sangre inocente; y bendito sea el Señor, que envió a Su ángel y me abrigó bajo Sus alas. (Y los besó) y puso una mesa delante de ellos, y comieron y bebieron y allí pernoctaron.

6Y se levantaron de mañana y oraron: y José aparejó su asna y fue con los hombres, y llegaron a la ciudad santa, Jerusalén. Y todo el pueblo salió al encuentro de José y clamó: Paz sea en tu entrada. Y él dijo a todo el pueblo: Paz sea con vosotros, y todo el pueblo lo besó. Y el pueblo oró con José, y quedaron asombrados al verlo.

7Y Nicodemo lo recibió en su casa e hizo un gran banquete, y llamó a Anás y a Caifás y a los ancianos y a los sacerdotes y a los levitas a su casa. Y se alegraron comiendo y bebiendo con José. Y cuando hubieron cantado un himno, cada uno se fue a su casa. Pero José permaneció en la casa de Nicodemo.

8Y al día siguiente, que era la preparación, los jefes de la sinagoga y los sacerdotes y los levitas se levantaron temprano y fueron a la casa de Nicodemo, y Nicodemo les salió al encuentro y dijo: Paz sea con vosotros. Y dijeron: Paz sea contigo y con José y con toda tu casa y con toda la casa de José. Y él los introdujo en su casa. Y todo el concilio estaba reunido, y José se sentó entre Anás y Caifás, y ningún hombre osó dirigirle una palabra. Y José dijo: ¿Por qué me habéis llamado? Y hicieron seña a Nicodemo para que hablara a José. Y Nicodemo abrió su boca y dijo a José: Padre, tú sabes que los reverendos doctores y los sacerdotes y los levitas procuran saber de ti un asunto. Y José dijo: Preguntad. Y Anás y Caifás tomaron el libro de la ley y conjuraron a José, diciendo: Da gloria al Dios de Israel y haz confesión a Él: [porque Acán, cuando fue conjurado por el profeta Jesús (Josué), no juró falsamente contra sí mismo, sino que le declaró todas las cosas y no le ocultó palabra: tú, por tanto, tampoco nos ocultes ni una palabra. Y José: No os ocultaré una sola palabra.] Y le dijeron: Nos irritamos mucho porque pediste el cuerpo de Jesús y lo envolviste en una sábana limpia de lino y lo pusiste en un sepulcro. Y por esta causa te pusimos en custodia en una casa en que no había ventana, y pusimos llaves y sellos en las puertas, y guardias vigilaban el lugar en que estabas encerrado. Y en el primer día de la semana lo abrimos y no te hallamos, y nos turbamos mucho, y el asombro cayó sobre todo el pueblo del Señor hasta ayer. Ahora, pues, decláranos lo que te sucedió.

9Y José dijo: En el día de la preparación, hacia la hora décima, me encerrasteis, y allí permanecí todo el sábado. Y a medianoche, mientras yo estaba de pie y oraba, la casa en que me habíais encerrado fue levantada por las cuatro esquinas, y vi como un resplandor de luz en mis ojos, y lleno de miedo caí a tierra. Y alguien me tomó por la mano y me removió del lugar en que yo había caído; y humedad de agua fue derramada sobre mí, desde la cabeza hasta los pies, y un olor de ungüento vino a mis narices. Y me enjugó el rostro y me besó y me dijo: No temas, José: abre tus ojos y ve quién es el que habla contigo. Y miré y vi a Jesús, y temblé, y supuse que era un espíritu: y dije los mandamientos: y Él los dijo conmigo. Y [como] no ignoráis que un espíritu, si encuentra a algún hombre y oye los mandamientos, huye inmediatamente. Y cuando percibí que Él los decía conmigo, Le dije: ¿Rabí Elías? Y Él me dijo: No soy Elías. Y yo Le dije: ¿Quién eres, Señor? Y Él me dijo: Yo soy Jesús, cuyo cuerpo pediste a Pilato, y me vestiste con lino limpio y cubriste mi rostro con un sudario, y me pusiste en tu cueva nueva y rodaste una gran piedra sobre la puerta de la cueva. Y dije a Aquel que hablaba conmigo: Muéstrame el lugar donde te puse. Y Él me llevó y me mostró el lugar donde yo Lo había puesto, y la sábana de lino yacía allí, y el sudario que había estado sobre Su rostro. Y conocí que era Jesús. Y me tomó por la mano y me puso en medio de mi casa, estando las puertas cerradas, y me acostó en mi lecho y me dijo: Paz sea contigo. Y me besó y me dijo: Hasta que se cumplan cuarenta días no salgas de tu casa: porque he aquí que voy a mis hermanos, a Galilea.

Palabras de este capítulo

Lo que estas palabras decían en el original — y dónde más aparecen.

Texto en inglés: The Apocryphal New Testament, Gospel of Nicodemus (Oxford: Clarendon Press, 1924), M. R. James, 1924 (dominio público). Portugués y español: traducción de Lux Veritas a partir de esta edición.

Fuente: The Apocryphal New Testament, Gospel of Nicodemus (Oxford: Clarendon Press, 1924), M. R. James (1924) · dominio público