¿Quién es el rico que se salva? (Clemente) · Capítulo 12
- 1¿Por qué, entonces, ordenar como cosa nueva, divina y la única que da vida aquello que no salvó a los hombres de antaño? ¿Y qué cosa peculiar anuncia y enseña la nueva criatura, el Hijo de Dios? No es el acto exterior que otros practicaron, sino algo distinto, indicado por él, mayor, más divino y más perfecto: despojar al alma misma y a su disposición de las pasiones, y arrancar de raíz y echar fuera lo que es ajeno a la mente. Pues esta es la lección propia del creyente y la instrucción digna del Salvador. Quienes antiguamente despreciaban las cosas exteriores abandonaban y disipaban sus bienes, pero, creo yo, intensificaban las pasiones del alma. Se entregaban a la arrogancia, la pretensión y la vanagloria, y despreciaban al resto de la humanidad, como si hubieran realizado algo sobrehumano. ¿Cómo, entonces, podría el Salvador imponer a los destinados a vivir para siempre algo perjudicial y nocivo para la vida que prometió? Pues aun así, alguien, después de librarse de la carga de la riqueza, puede conservar innatas y vivas la codicia y el deseo de dinero; puede haber renunciado a su uso, pero, a la vez privado de lo que gastó y deseoso de recuperarlo, afligirse doblemente: por la falta de asistencia y por el pesar presente. Es imposible e inconcebible que quienes carecen de lo necesario para vivir no sean atormentados en su ánimo e impedidos de dedicarse a cosas mejores por el esfuerzo de conseguir lo necesario de algún modo y en algún lugar.