Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 8
- 1Pero ¿qué necesidad hay de hablar de cuerpos que no fueron destinados a servir de alimento a ningún animal y cuyo único destino es recibir sepultura en la tierra, en honor de la naturaleza, puesto que el Creador del mundo no destinó ningún animal a servir de alimento a los de su misma especie, aunque algunos de especie distinta sirvan naturalmente de alimento? Si, en efecto, pueden demostrar que la carne humana fue destinada a alimentar a los hombres, nada impedirá que comerse unos a otros sea conforme a la naturaleza, como cualquier otra cosa que ella permite; y nada prohibirá a quienes se atreven a decir tales cosas regalarse con los cuerpos de sus amigos más queridos como manjares especialmente adecuados para ellos y agasajar con el mismo plato a sus amigos vivos.
- 2Pero si incluso hablar de esto es ilícito, si para los hombres comer carne humana es algo sumamente odioso y abominable, más detestable que cualquier otro alimento o acto ilícito y contrario a la naturaleza, y si lo que es contrario a la naturaleza nunca puede convertirse en alimento para los miembros y partes que lo necesitan, mientras que lo que no se convierte en alimento jamás puede unirse a aquello que no está dispuesto a nutrir, entonces los cuerpos humanos nunca pueden combinarse con cuerpos semejantes, para los cuales tal alimento sería contrario a la naturaleza, aunque, por algún infortunio extremadamente amargo, pasara muchas veces por su estómago. Apartados, sin embargo, de la acción de la fuerza nutritiva y dispersos nuevamente por las regiones del universo de donde tuvieron su primer origen, permanecen unidos a ellas durante el tiempo que a cada uno le corresponda; después, separados otra vez por la destreza y el poder de aquel que fijó la naturaleza de cada animal y lo dotó de sus fuerzas propias, se unen de manera adecuada, cada cual a lo que le corresponde, ya hayan sido consumidos por el fuego, descompuestos por el agua, devorados por fieras o por cualquier otro animal, o separados del cuerpo entero y disueltos antes que las demás partes. Y, reunidos de nuevo unos con otros, ocupan el mismo lugar para la exacta constitución y formación del mismo cuerpo, y para la resurrección y la vida del que estaba muerto o incluso enteramente disuelto.
- 3Sin embargo, no conviene extenderse más sobre estos asuntos, pues todos los hombres concuerdan en su juicio acerca de ellos, al menos quienes no son medio brutos.