Sobre la resurrección (Atenágoras) · Capítulo 5
- 1Pero me parece que tales personas, en primer lugar, ignoran el poder y la destreza de aquel que formó y gobierna este universo, que adaptó a la naturaleza y especie de cada animal el alimento apropiado y correspondiente, y no dispuso que todo en la naturaleza se una y combine con toda clase de cuerpo, ni encuentra dificultad alguna en separar lo que así se ha unido; antes bien, concede a la naturaleza de cada ser o cosa creada hacer o padecer lo que le es naturalmente propio, y a veces también impide y permite o prohíbe cuanto quiere y para el fin que quiere. Además, no han considerado el poder y la naturaleza de cada una de las criaturas que se alimentan o sirven de alimento.
- 2De otro modo sabrían que no todo lo que se ingiere como alimento por una necesidad externa resulta ser nutrición adecuada para el animal; antes bien, algunas cosas, apenas entran en contacto con los pliegues del estómago, suelen corromperse y son vomitadas, evacuadas o eliminadas de algún otro modo, de manera que ni siquiera por breve tiempo experimentan la primera digestión natural, y mucho menos se incorporan al ser que ha de nutrirse. Sabrían asimismo que ni todo lo que ha sido digerido en el estómago y ha recibido la primera transformación llega efectivamente a las partes que han de nutrirse, pues una porción pierde su poder nutritivo ya en el estómago y otra, durante la segunda transformación y la digestión que tiene lugar en el hígado, se separa y pasa a convertirse en algo carente de poder nutritivo. Más aún: no toda la transformación que ocurre en el hígado termina en nutrición para los hombres; la materia transformada se separa como desecho según su finalidad natural. Y la nutrición que permanece en los propios miembros y partes que han de ser nutridos a veces se transforma en otra cosa, según predomine lo presente en mayor o menor abundancia y sea capaz de corromper o asimilar lo que se le acerca.