Sobre la paciencia (Tertuliano) · Capítulo 6
- 1Ahora bien, al recorrer las causas de la impaciencia, los demás preceptos encontrarán también su lugar. Si nuestro espíritu se altera por la pérdida de bienes, las Escrituras del Señor lo exhortan, casi en todas partes, a despreciar el mundo; y no hay exhortación más poderosa al desprecio del dinero que ver al propio Señor sin riquezas. Siempre justifica al pobre y condena de antemano al rico. Así, destinó previamente la pérdida a la paciencia y el desprecio a la opulencia, demostrando, al repudiar Él mismo las riquezas, que tampoco debemos dar mucha importancia a los daños causados a ellas. Por tanto, debemos soportar sin aflicción la disminución o la privación de aquello que no tenemos necesidad alguna de buscar, pues el Señor tampoco lo buscó.
- 2Por medio del apóstol, el Espíritu del Señor declaró que la codicia es raíz de todos los males. No entendamos que consiste solo en desear lo ajeno: incluso lo que parece nuestro pertenece a otro; nada es nuestro, pues todo es de Dios, a quien nosotros mismos pertenecemos. Así, si al sufrir una pérdida nos afligimos con impaciencia por aquello que se perdió de lo que no es nuestro, se verá que nos acercamos a la codicia: buscamos lo ajeno cuando apenas soportamos perder lo ajeno. Quien se altera mucho por una pérdida peca directamente contra Dios al anteponer las cosas terrenales a las celestiales, pues, por causa de un bien mundano, perturba profundamente al Espíritu que recibió del Señor.
- 3Perdamos, pues, voluntariamente las cosas terrenales y conservemos las celestiales. ¡Que perezca el mundo entero, con tal de que yo gane la paciencia! En verdad, no sé si quien no se ha decidido a soportar con constancia la pérdida de alguno de sus bienes, por robo, violencia o incluso descuido, emplearía pronto y de buena gana sus bienes para dar limosna. Pues quien no soporta ser cortado por otro, ¿cómo empuñaría la espada contra su propio cuerpo? La paciencia en las pérdidas es ejercicio de donación y reparto. Quien no teme perder no encuentra penoso dar. De otro modo, ¿cómo dará una de sus dos túnicas al desnudo si no es capaz también de ofrecer el manto a quien le quita la túnica?
- 4¿Cómo nos haremos amigos con las riquezas si las amamos tanto que no soportamos perderlas? Pereceremos junto con las riquezas perdidas. ¿Por qué buscamos encontrar aquí, donde nos corresponde perder? Mostrar impaciencia ante toda pérdida es propio de los gentiles, que quizá anteponen el dinero a su propia alma. Así hacen cuando, por codicia de lucro, afrontan los peligros lucrativos del comercio marítimo; cuando, por dinero, ni siquiera en el foro vacilan en intentar cosa alguna que la propia condenación temería; cuando se alquilan para los espectáculos y el ejército; cuando, como fieras, asaltan en los caminos. A nosotros, conforme a la diferencia que nos distingue de ellos, nos conviene entregar no el alma por dinero, sino el dinero por el alma, ya sea al darlo espontáneamente, ya sea al perderlo pacientemente.