Sobre la paciencia (Tertuliano) · Capítulo 1
- 1Confieso plenamente ante el Señor Dios que ha sido bastante temerario, si no incluso insolente, que me haya atrevido a componer un tratado sobre la paciencia, para cuya práctica soy del todo incapaz, pues soy un hombre sin virtud alguna. Sería apropiado que quienes se proponen demostrar y recomendar alguna cosa se distinguieran primero por practicarla y dieran firmeza a su exhortación con la autoridad de su propia conducta, para que sus palabras no se sonrojaran ante la insuficiencia de sus obras.
- 2¡Ojalá ese sonrojo trajera un remedio, de modo que la vergüenza por no mostrar aquello que aconsejamos a otros nos enseñara a mostrarlo! Pero la magnitud de ciertos bienes, como también la de ciertos males, es insoportable, de suerte que solo la gracia de la inspiración divina permite alcanzarlos y practicarlos. Pues lo que es más bueno pertenece sobre todo a Dios, y nadie sino Aquel que lo posee lo distribuye a cada uno como juzga conveniente. Así, hablar de aquello que no nos ha sido dado disfrutar será una especie de consuelo, a la manera de los enfermos que, privados de salud, no saben callar acerca de sus beneficios.
- 3Por tanto yo, desdichadísimo, siempre enfermo por los ardores de la impaciencia, tengo necesariamente que suspirar, invocar y suplicar sin cesar por aquella salud de la paciencia que no poseo; mientras recuerdo y, al contemplar mi propia debilidad, asimilo esta verdad: la buena salud de la fe y la integridad de la disciplina del Señor difícilmente corresponden a nadie si la paciencia no está a su lado. Tal es el dominio de la paciencia sobre las cosas de Dios que nadie puede obedecer precepto alguno ni realizar obra agradable al Señor si se aparta de ella. Aun quienes viven sin ella reconocen su bondad, llamándola virtud suprema.
- 4Los filósofos, en efecto, considerados seres de considerable sabiduría, le asignan un lugar tan elevado que, aunque discrepan entre sí por las diversas fantasías de sus escuelas y la rivalidad de sus opiniones, coinciden únicamente en su estima por la paciencia y conceden paz a este único objeto de su afán. Por ella conspiran y se alían; a ella aspiran unánimemente en su pretensión de virtud; respecto de la paciencia ostentan toda su sabiduría. ¡Gran testimonio a su favor es que hasta las vanas escuelas del mundo se vean impulsadas a alabarla y glorificarla! ¿O será más bien una ofensa que una cosa divina ande de un lado a otro entre las ciencias mundanas? Que respondan de ello quienes pronto se avergonzarán de su sabiduría, destruida y deshonrada junto con el mundo en que vive.