Sobre la oración (Tertuliano) · Capítulo 8
- 1Para completar una oración tan breve, añadió —a fin de que suplicáramos no solo el perdón, sino también el alejamiento completo de los actos culpables—: No nos conduzcas a la tentación; es decir, no permitas que nos conduzca a ella quien, por supuesto, tienta. Pero lejos de nosotros pensar que el Señor pueda parecer un tentador, como si desconociera la fe de alguien o deseara derribarla. La debilidad y la malicia son características del diablo. Pues Dios mandó incluso a Abraham ofrecer a su hijo en sacrificio, no para tentarlo, sino para probar su fe, a fin de hacer de él un ejemplo de aquel precepto por el cual más tarde ordenaría que nadie tuviera vínculos de afecto más queridos que Dios.
- 2Él mismo, cuando fue tentado por el diablo, mostró quién preside la tentación y quién la origina. Confirma este pasaje con otros posteriores, al decir: Orad para que no seáis tentados; sin embargo, ellos fueron tentados, como demostraron al abandonar a su Señor, porque cedieron al sueño en vez de a la oración. La cláusula final, por tanto, es coherente e interpreta el sentido de No nos conduzcas a la tentación; pues su sentido es: Mas líbranos del Maligno.