Sobre la oración (Tertuliano) · Capítulo 25
- 1En cuanto al tiempo, sin embargo, no será inútil la observancia adicional de ciertas horas —me refiero a aquellas horas comunes que marcan los intervalos del día: la tercera, la sexta y la novena—, que nosotros 690
- 2podemos encontrar en las Escrituras como más solemnes que las demás. La primera efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos tuvo lugar a la hora tercera. Pedro, el día en que tuvo la visión de la Comunidad Universal, mostrada en aquel pequeño recipiente, había subido a la parte más alta de la casa para orar a la hora sexta.
- 3El mismo apóstol entraba en el templo con Juan a la hora novena, cuando restituyó la salud al paralítico. Aunque estas prácticas aparecen sin precepto alguno que imponga su observancia, puede reconocerse como bueno establecer cierta regla definida, que tanto refuerce la exhortación a orar como, a modo de ley, nos arranque de nuestros negocios para ese deber; de manera que, conforme leemos que también observó Daniel, de acuerdo, por supuesto, con la disciplina de Israel, oremos al menos tres veces al día, deudores como somos de los Tres —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, además, naturalmente, de nuestras oraciones habituales, debidas sin necesidad de advertencia al llegar la luz y la noche.
- 4Además, conviene que los creyentes no coman ni vayan a bañarse antes de hacer una oración; pues el descanso y el alimento del espíritu deben preceder a los de la carne, y las cosas celestiales, a las terrenales.