José y Asenat · Capítulo 11
- 11. Y en el día octavo, al despuntar el alba, cuando las aves ya cantaban y los perros ladraban a los caminantes, levantó Aseneth un poco su cabeza del suelo y de la ceniza sobre la cual yacía sentada, pues hallábase sumamente fatigada y había perdido el vigor de sus miembros a causa de su honda penitencia;
- 22. pues Aseneth estaba rendida y desfallecida y sus fuerzas se desvanecían; volviéndose pues hacia la pared tomó asiento bajo la ventana que daba al oriente, y reclinó su cabeza sobre su pecho, entrelazando los dedos de sus manos sobre la rodilla derecha; y sus labios continuaban cerrados, sin haberlos abierto durante los siete días y las siete noches de su amargura.
- 33. Y decía en su corazón, sin despegar los labios: ¿Qué haré yo, desventurada, o hacia dónde encaminaré mis pasos?
- 44. Todos ahora han venido a aborrecerme, y aun mi padre y mi madre entre ellos, por cuanto deseché a los ídolos con desdén, acabé con ellos y los entregué a los menesterosos para ser destruidos por mano de hombres. Pues mi padre y mi madre exclamaron: Aseneth no es nuestra hija. Y todos mis deudos me tienen en aborrecimiento, y todos los moradores de la ciudad, por haber entregado sus dioses a la perdición.
- 55. Y yo aborrecí a todos los hombres y a cuantos pretendían cortejarme, y he aquí que en esta mi humillación he sido aborrecida por todos y ellos se mofan de mi aflicción. Mas el Señor Dios del poderoso José aborrece a todos los que rinden culto a los ídolos, pues es Dios celoso y temible, según he sabido, contra cuantos adoran a dioses extraños; por esto Él también me ha desechado, porque di culto a imágenes muertas y mudas y las ensalcé.
- 66. Empero ahora he repudiado sus sacrificios, y mi boca se ha apartado de sus mesas inmundas, y no tengo osadía para clamar al Señor Dios del cielo, al Altísimo y poderoso Dios del esforzado José, por cuanto mis labios están contaminados por las libaciones de los ídolos. Con todo, he escuchado a muchos asegurar que el Dios de los hebreos es el Dios verdadero y el Dios viviente, clemente y compasivo, sufrido y lleno de infinita misericordia y dulzura, el cual no guarda memoria del pecado del hombre humillado, y mayormente de quien peca por ignorancia, y no inculpa maldad en sazón de congoja al atribulado; por tanto yo también, mísera de mí, cobraré ánimo y me volveré a Él buscando refugio a su sombra, confesándole todos mis extravíos y derramando mi ruego delante de su faz, y Él se apiadará de mi miseria.
- 77. Pues ¿quién sabe si mirará esta mi gran humillación y el desamparo de mi alma doliéndose de mí, y contemplará la orfandad de mi quebranto y mi virginidad amparándome con su mano? Por cuanto, según he oído, Él es padre de los huérfanos, consuelo de los afligidos y amparo de los perseguidos. Sea de ello lo que fuere, yo también, mezquina de mí, cobraré denuedo e invocaré su nombre. Levantóse por tanto Aseneth de la pared donde estaba sentada, y puesta de rodillas hacia el oriente, elevó sus ojos hacia el cielo, abrió su boca y clamó a Dios diciendo: