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Epístola de los Apóstoles · Capítulo 5

  1. 1Aconteció después de esto que se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y le llamaron juntamente con su madre y sus hermanos, y convirtió el agua en vino. Resucitó a los muertos, hizo andar a los cojos; al que tenía la mano seca hizo que la extendiese, y la mujer que había padecido flujo de sangre doce años tocó el borde de su vestidura y fue sana en la misma hora. Y maravillándonos nosotros del milagro que había sido hecho, dijo él: ¿Quién me ha tocado? Entonces dijimos nosotros: Señor, la multitud de hombres te aprieta. Mas él respondió y nos dijo: He conocido que ha salido virtud de mí. Luego aquella mujer vino delante de él, y respondió y le dijo: Señor, yo te he tocado. Y él respondió y le dijo: Ve, tu fe te ha salvado. Después de esto hizo oír a los sordos y ver a los ciegos; de los endemoniados echó fuera los espíritus inmundos, y limpió a los leprosos. El espíritu que moraba en un hombre, cuyo nombre era Legión, clamó contra Jesús, diciendo: ¿Has venido acá a echarnos fuera antes de que venga el tiempo de nuestra perdición? Mas el Señor Jesús le reprendió, diciendo: Sal de este hombre y no le hagas daño alguno. Y él entró en los puercos y los ahogó en el agua, y se asfixiaron.
  2. 2Después de esto anduvo sobre el mar, y los vientos soplaban, y él clamó contra ellos, y las ondas del mar se calmaron. Y no teniendo nosotros sus discípulos dinero, le preguntamos: ¿Qué haremos a causa del cobrador del tributo? Y él respondió y nos dijo: Eche uno de vosotros el anzuelo al profundo, y saque un pez, y hallará en él una moneda; dala al cobrador del tributo por mí y por vosotros. Y después, cuando no teníamos pan sino solamente cinco panes y dos peces, mandó a la gente que se recostase, y el número de ellos era como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Pusimos pedazos de pan delante de ellos, y comieron y se saciaron, y aun sobró; y llenamos doce cestas llenas de los pedazos, preguntándonos unos a otros y diciendo: ¿Qué significan estos cinco panes? Son el símbolo de nuestra fe en el Señor de los cristianos, a saber, en el Padre, el Señor Todopoderoso, y en Jesucristo nuestro redentor, en el Espíritu Santo el consolador, en la santa iglesia y en la remisión de los pecados.