Hechos de Pedro · Capítulo 8
- 1Y los hermanos se arrepintieron y rogaron a Pedro que combatiese contra Simón, el cual decía que era el poder de Dios, y posaba en casa de Marcelo, un senador, a quien había convencido por sus encantos, diciendo: Créenos, hermano Pedro: no había varón entre los hombres tan sabio como este Marcelo. Todas las viudas que confiaban en Cristo acudían a él; todos los huérfanos eran sustentados por él; ¿y qué más, hermano? Todos los pobres llamaban a Marcelo su protector, y su casa era llamada la casa de los forasteros y de los pobres, y el emperador le dijo: Te privaré de todo cargo, no sea que despojes las provincias para hacer dones a los cristianos. Y respondió Marcelo: Todos mis bienes son también tuyos. Y César le dijo: Míos serían si me los guardases a mí; mas ahora no son míos, porque los das a quien quieres, y no sé a qué viles personas. Teniendo esto, pues, delante de nuestros ojos, hermano Pedro, te lo hacemos saber, de qué manera la gran misericordia de este hombre se ha tornado en blasfemia; porque si él no se hubiese apartado, nosotros tampoco nos habríamos apartado de la santa fe de Dios nuestro Señor. Y ahora este Marcelo, con enojo, se arrepiente de sus buenas obras, diciendo: ¡Toda esta hacienda he gastado en todo este tiempo, creyendo vanamente que la daba para el conocimiento de Dios! De tal manera que, si algún forastero viene a la puerta de su casa, le hiere con un báculo y manda que le azoten, diciendo: ¡Ojalá no hubiera gastado tanto dinero en estos impostores! Y aún más cosas dice, blasfemando. Mas si permanece en ti alguna misericordia de nuestro Señor y algo de la bondad de sus mandamientos, socorre el yerro de este varón, que tantas limosnas hizo a los siervos de Dios.
- 2Y percibiendo Pedro esto, fue herido de viva aflicción, y dijo: ¡Oh las diversas artes y tentaciones del diablo! ¡Oh los artificios y maquinaciones del maligno, el cual atesora para sí gran fuego en el día de la ira, la perdición de los hombres sencillos, el lobo rapaz, el devorador y dispersador de la vida eterna! Tú enredaste al primer hombre en la concupiscencia y le ligaste con tu antigua iniquidad y con las cadenas de la carne; tú eres por entero el fruto amarguísimo del árbol de la amargura, que envías diversas codicias sobre los hombres. Tú obligaste a Judas, mi condiscípulo y coapóstol, a actuar impíamente y entregar a nuestro Señor Jesucristo, el cual te castigará por ello. Tú endureciste el corazón de Herodes e inflamaste a Faraón, forzándole a pelear contra Moisés, el santo siervo de Dios; tú diste osadía a Caifás para que entregase a nuestro Señor Jesucristo a la multitud injusta; y hasta ahora flechas a las almas inocentes con tus saetas venenosas. Tú, inicuo, enemigo de todos los hombres, ¡maldito seas de la Iglesia del Hijo del santo Dios omnipotente!, y como tizón sacado del fuego serás apagado por los siervos de nuestro Señor Jesucristo. ¡Sobre ti se vuelva tu negrura, y sobre tus hijos, simiente mala; sobre ti se vuelvan tu iniquidad y tus amenazas; sobre ti y tus ángeles sean tus tentaciones, principio de malicia y sima de tinieblas! ¡Sean contigo las tinieblas que tienes, y con los vasos que te pertenecen! Apártate de los que han de creer en Dios, apártate de los siervos de Cristo y de los que desean ser sus milicianos. ¡Quédate para ti con tus vestiduras de tinieblas! Sin causa llamas a las puertas ajenas, las cuales no son tuyas, sino de Cristo Jesús que las guarda. Porque tú, lobo rapaz, quieres arrebatar las ovejas que no son tuyas, sino de Cristo Jesús, quien las guarda con todo cuidado y solicitud.