Hechos de Pedro · Capítulo 9
- 1Hablando Pedro estas cosas con gran pesadumbre de ánimo, muchos fueron añadidos a los que creían en el Señor. Pero los hermanos rogaron a Pedro que trabase batalla con Simón y no le permitiese afligir más al pueblo. Y sin tardanza salió Pedro prestamente de la sinagoga y fue a la casa de Marcelo, donde posaba Simón; y mucho pueblo le siguió. Y cuando llegó a la puerta, llamó al portero y le dijo: Ve, di a Simón: Pedro, por causa de quien huiste de Judea, te espera a la puerta. El portero respondió y dijo a Pedro: Señor, si tú eres Pedro, no lo sé; mas tengo un mandato, porque él supo que ayer entraste en la ciudad, y me dijo: Sea de día o de noche, a cualquier hora que él viniere, di que no estoy dentro. Y Pedro dijo al mozo: Bien has dicho refiriendo lo que él te obligó a decir. Y volviéndose Pedro al pueblo que le seguía, dijo: Ahora veréis una grande y maravillosa maravilla. Y viendo Pedro a un gran perro atado con fuerte cadena, fue a él y le desató; y habiendo sido desatado, el perro recibió voz de hombre y dijo a Pedro: ¿Qué me mandas hacer, siervo del inefable y Dios vivo? Pedro le dijo: Entra y di a Simón en medio de su compañía: Pedro te dice: Sal fuera, que por causa de ti he venido a Roma, malvado y engañador de almas sencillas. E inmediatamente corrió el perro y entró, y se lanzó en medio de los que estaban con Simón, y alzando las patas delanteras, a gran voz dijo: Tú, Simón, Pedro el siervo de Cristo, que está a la puerta, te dice: Sal fuera, que por causa de ti he venido a Roma, perversísimo y engañador de almas sencillas. Y cuando Simón oyó esto, y contempló aquella vista increíble, perdió las palabras con que engañaba a los circunstantes, y todos quedaron atónitos.