Apología de Arístides · Capítulo 4
- 1Volvámonos ahora, oh Rey, a los elementos en sí mismos, para que manifestemos respecto de ellos que no son dioses, sino cosa creada, sujeta a ruina y a mudanza, de la misma naturaleza que el hombre; en tanto que Dios es imperecedero, inmutable e invisible, si bien todo lo ve, gobierna y transforma.
- 2Aquellos, pues, que creen respecto de la tierra que es un dios, hasta ahora se han engañado a sí mismos, puesto que es arada, labrada y sembrada; y recibe en sí el inmundo desperdicio de hombres, fieras y ganados. Y a veces se torna estéril, porque si fuere quemada hasta las cenizas queda desprovista de vida, pues nada germina de una vasija de barro. Y además, si el agua se juntare sobre ella, se disuelve juntamente con sus frutos. Y he aquí que es hollada por los pies de hombres y animales, y recibe la sangre de los muertos; y es cavada, y henchida de cadáveres, y se convierte en sepultura de muertos. Mas es imposible que una naturaleza santa, digna, bendita e inmortal permita alguna de estas cosas. Y de ahí nos parece manifiesto que la tierra no es un dios, sino creación de Dios.