LUX VERITAS

Escrituras y Manuscritos

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Apología de Arístides · Capítulo 12

  1. 1Los Egipcios, además, por cuanto son más viles y necios que todos los pueblos de la tierra, han errado más que todos ellos. Porque los cultos de los Bárbaros y de los Griegos no les bastaron, sino que introdujeron también algunos de la naturaleza de los animales, diciendo de ellos que eran dioses, y asimismo de reptiles que se hallan en la tierra seca y en las aguas; y de plantas y yerbas dijeron que algunas de ellas eran dioses. Y se corrompieron con toda suerte de extravío e inmundicia más que cualquier pueblo sobre la tierra. Porque desde antiguo adoraron a Isis, y dicen que es una diosa cuyo marido era Osiris, su hermano. Y cuando Osiris fue muerto por Tifón su hermano, Isis huyó con su hijo Horos a Biblos en Siria, y estuvo allí cierto tiempo hasta que su hijo creció. Y éste contendió con Tifón su tío y le mató. Y luego Isis volvió y anduvo con Horos buscando el cuerpo muerto de Osiris su señor, lamentando amargamente su muerte. Si, pues, Isis es diosa y no pudo socorrer a Osiris su hermano y señor, ¿cómo socorrerá a otro? Mas es imposible que una naturaleza divina tema, huya para salvarse, llore o se lamente; de otro modo sería muy miserable.
  2. 2Y de Osiris dicen también que es un dios benéfico; empero fue muerto por Tifón sin poder defenderse. Mas bien se sabe que esto no puede afirmarse de la divinidad. Y además dicen de su hermano Tifón que es dios, el cual mató a su hermano y fue muerto por el hijo y la esposa de su hermano, sin poder librarse. ¿Y cómo, decidme, es dios aquel que a sí mismo no se salva?
  3. 3Como los Egipcios, pues, fuesen más insensatos que el resto de las naciones, estos dioses y otros semejantes no les bastaron; antes bien aplican el nombre de dioses a bestias en las cuales alma alguna existe. Porque algunos de ellos adoran a la oveja y otros al becerro; algunos al cerdo y otros al sábalo; algunos al cocodrilo, al gavilán, al pez, al ibis, al buitre, al águila y al cuervo. Algunos adoran al gato y otros al rodaballo, algunos al perro, a la víbora, al áspid y al león; y otros al ajo, a las cebollas, a las espinas, al tigre y a cosas semejantes. Y las míseras criaturas no ven que todas estas cosas son nada, aunque diariamente contemplan a sus dioses siendo comidos y consumidos por los hombres y por sus semejantes; mientras algunos son quemados, y otros mueren, se pudren y se vuelven polvo, sin que reparen en que perecen de muchas maneras. Así los Egipcios no han advertido que tales cosas, incapaces de su propia liberación, no son dioses. Y si son flacos para su propia salvación, ¿de dónde tendrán poder para socorrer a sus adoradores? Grande, pues, es el error en que anduvieron errantes los Egipcios: mayor ciertamente que el de cualquier pueblo que hay sobre la faz de la tierra.