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José y Asenat · Capítulo 18

  1. 11. Y entretanto que Aseneth todavía decía estas palabras entre sí, ¡he aquí! un joven, uno de los siervos de José, diciendo: "José, el poderoso varón de Dios, viene a ti hoy."
  2. 22. E inmediatamente Aseneth llamó al mayordomo de su casa y le dijo: "Apresúrate y prepara mi casa y prepara una buena cena, para que José, el poderoso varón de Dios, venga a nosotros hoy."
  3. 33. Y el mayordomo de la casa cuando la vio (porque su rostro se había demacrado debido a los siete días de aflicción, llanto y abstinencia) quedó triste y lloró; y él tomó la mano derecha de ella y la besó con ternura y dijo: "¿Qué tienes, mi señora, para que tu rostro esté tan demacrado?"
  4. 44. Y ella dijo: "Sentí muchos dolores en la cabeza y el sueño se apartó de mis ojos." Entonces el mayordomo de la casa se fue y preparó la casa y la cena. Y Aseneth se acordó de las palabras del ángel y de sus mandatos, y se apresuró y entró en su segunda cámara, donde estaban los cofres de su atavío, y abrió su gran cofre y sacó su primer manto como un relámpago a la vista y se lo vistió; y ella también se ciñó con un cinto brillante y real que era de oro y piedras preciosas, y en las manos puso brazaletes de oro, y en los pies calzado de oro, y un ornamento precioso alrededor del cuello, y una corona de oro puso sobre la cabeza; y en la corona, como por su frente, había una gran piedra de zafiro, y alrededor de la gran piedra seis piedras de gran valor, y con un manto maravilloso cubrió la cabeza.
  5. 55. Y cuando Aseneth se acordó de las palabras del mayordomo de su casa, por haberle dicho que su rostro se había demacrado, ella se lamentó en gran manera, y gimió y dijo: "¡Ay de mí, la humilde, ya que mi rostro está demacrado! José me verá así y seré despreciada por él."
  6. 66. Y ella dijo a su sierva: "Tráeme agua pura de la fuente." Y después de traerla, la derramó en la jofaina y, encorvándose para lavar el rostro, vio su propio rostro resplandeciendo como el sol, y sus ojos como la estrella de la mañana cuando nace, y sus mejillas como una estrella del cielo, y sus labios como rosas rojas, los cabellos de su cabeza eran como la vid que florece entre sus frutos en el paraíso de Dios, su cuello como un ciprés todo matizado.
  7. 77. Y Aseneth, cuando ella vio estas cosas, se maravilló ante la visión y se regocijó con gran gozo y no lavó el rostro, pues ella dijo: "Para que yo no lave esta grande y atrayente hermosura." El mayordomo de su casa entonces volvió para decirle: "Todo lo que ordenaste ha sido hecho"; y al verla, tuvo mucho miedo y fue tomado de temblores por un largo tiempo, y cayó a los pies de ella y comenzó a decir: "¿Qué es esto, mi señora?