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Dormición de María (Juan) · Capítulo 1

  1. 11. El libro de Juan sobre el adormecimiento de María: el relato de San Juan, el Teólogo, sobre el Adormecer de la Santa Madre de Dios.
  2. 22. Como la santísima y gloriosa madre de Dios y siempre virgen María, según su costumbre, iba al santo sepulcro de nuestro Señor para quemar incienso y doblando sus santas rodillas, ella suplicaba que Cristo nuestro Dios, que había nacido de ella, volviese a ella.
  3. 33. Y los judíos, viéndola demorarse junto al divino sepulcro, se acercaron a los principales sacerdotes, diciendo: María va todos los días al sepulcro.
  4. 44. Y los principales sacerdotes, habiendo convocado a los guardias puestos por ellos para no permitir que nadie orase en el santo sepulcro, les preguntaron si era verdad.
  5. 55. Y los guardias respondieron y dijeron que no habían visto tal cosa, pues Dios no les permitió verla cuando estaba allí.
  6. 66. Y en uno de los días, siendo de la preparación, Santa María, según su costumbre, vino al sepulcro; y mientras ella oraba, aconteció que los cielos se abrieron y el arcángel Gabriel descendió a ella y dijo: ¡Salve, tú que diste a luz a Cristo nuestro Dios! Tu oración, habiendo subido a los cielos hasta Aquel que nació de ti, ha sido aceptada; y desde este momento, conforme a tu petición, habiendo dejado el mundo, irás a las moradas celestiales hacia tu Hijo, a la vida verdadera y eterna.
  7. 77. Y habiendo oído esto del santo arcángel, ella volvió a la santa Belén, llevando consigo tres vírgenes que la servían.
  8. 88. Y después de haber descansado un poco, se sentó y dijo a las vírgenes: Traedme un incensario, para que yo ore.
  9. 99. Y ellas lo trajeron, como se les había mandado.
  10. 1010. Y ella oró, diciendo: Mi Señor Jesucristo, que te dignaste por tu suprema bondad nacer de mí, oye mi voz, y envíame a tu apóstol Juan, para que, viéndolo, yo pueda participar del gozo; y envíame también al resto de tus apóstoles, tanto a los que ya han partido a ti, como a los que están en el mundo presente, en cualquier tierra donde se hallen, por tu santo mandamiento, para que, habiéndolos visto, yo bendiga tu nombre digno de suma alabanza; pues segura estoy de que en todo escuchas a tu sierva.
  11. 1111. Y mientras ella oraba, vine yo, Juan, habiéndome arrebatado el Espíritu Santo en una nube desde Éfeso, y colocándome en el lugar donde yacía la madre de mi Señor.
  12. 1212. Y habiendo entrado junto a ella, e glorificado a Aquel que de ella nació, dije: Salve, madre de mi Señor, que trajiste al mundo a Cristo nuestro Dios, regocíjate porque con gran gloria sales de esta vida.
  13. 1313. Y la santa madre de Dios glorificó a Dios, porque yo, Juan, había venido a ella, recordando la voz del Señor que dijo: He aquí tu madre, y: He aquí tu hijo.
  14. 1414. Y las tres vírgenes vinieron y adoraron.
  15. 1515. Y la santa madre de Dios me dice: Ora y pon incienso.
  16. 1616. Y yo oré de esta manera: Señor Jesucristo, que hiciste maravillas, haz ahora también maravillas delante de aquella que te engendró; y permite que tu madre parta de esta vida; y sean confundidos los que te crucificaron y no creyeron en ti.
  17. 1717. Y después de terminar la oración, Santa María me dijo: Tráeme el incensario.
  18. 1818. Y habiendo puesto incienso, dijo: Gloria a ti, Dios mío y Señor mío, porque se cumplió en mí todo lo que me prometiste antes de subir a los cielos, que cuando yo partiese de este mundo, vendrías a mí, y a la multitud de tus ángeles, con gloria.
  19. 1919. Y yo, Juan, le digo: Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios, viene, y tú le verás, como te prometió.
  20. 2020. Y la santa madre de Dios respondió y me dijo: Los judíos juraron que después de mi muerte quemarán mi cuerpo.
  21. 2121. Y yo respondí y le dije: Tu santo y precioso cuerpo de ninguna manera verá corrupción.
  22. 2222. Y ella respondió y me dijo: Trae un incensario, y pon incienso, y ora.
  23. 2323. Y vino una voz de los cielos diciendo el Amén.
  24. 2424. Y yo, Juan, oí esta voz; y el Espíritu Santo me dijo: Juan, ¿oíste esta voz que habló en el cielo después de terminada la oración? Y respondí y dije: Sí, la oí.
  25. 2525. Y el Espíritu Santo me dijo: Esta voz que has oído denota que la venida de tus hermanos, los apóstoles, está cerca, y de las santas potestades que vienen hoy aquí.
  26. 2626. Y en esto yo Juan oré.
  27. 2727. Y el Espíritu Santo dijo a los apóstoles: Que todos vosotros juntos, viniendo por las nubes desde los confines del mundo, seáis congregados en la santa Belén por un torbellino, por causa de la madre de nuestro Señor Jesucristo; Pedro de Roma, Pablo de Tiberia, Tomás de la India, Jacobo de Jerusalén.
  28. 2828. Andrés, hermano de Pedro, y Felipe, Lucas, Simón el Cananita, y Tadeo, que había dormido, fueron resucitados de sus sepulcros por el Espíritu Santo; a quienes el Espíritu Santo dijo: No penséis que es ya la resurrección; mas por esta causa habéis resucitado de vuestros sepulcros, para que vayáis a honrar y ver los milagros de la madre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, porque está cerca el día de su partida, de su asunción a los cielos.
  29. 2929. Y Marcos también, viniendo de Alejandría, estaba presente; él también con los demás, como ya fue dicho, de cada país.
  30. 3030. Y Pedro, siendo levantado por una nube, quedó entre el cielo y la tierra, sosteniéndolo firme el Espíritu Santo.
  31. 3131. Y al mismo tiempo, también los demás apóstoles, arrebatados por las nubes, fueron hallados junto con Pedro.
  32. 3232. Y así, por el Espíritu Santo, como fue dicho, todos ellos se unieron.
  33. 3333. Y habiendo entrado junto a la madre de nuestro Señor y Dios, y habiendo adorado, dijimos: No temas, ni te entristezcas; Dios el Señor, que nació de ti, te llevará de este mundo con gloria.
  34. 3434. Y regocijándose en Dios su Salvador, ella se sentó en el lecho y dijo a los apóstoles: Ahora he creído que nuestro Maestro y Dios viene del cielo, y yo le contemplaré y así partiré de esta vida, como vi que vosotros vinisteis.
  35. 3535. Y deseo que me digáis cómo supisteis que yo partía y vinisteis a mí, y de qué tierras y desde qué lejanía habéis llegado hasta aquí, que así os disteis prisa en visitarme.
  36. 3636. Pues ni Aquel que nació de mí, nuestro Señor Jesucristo, el Dios del universo, lo ocultó; pues ya estoy convencida de que Él es el Hijo del Altísimo.
  37. 3737. Y Pedro respondió y dijo a los apóstoles: Cada uno de nosotros, conforme a lo que el Espíritu Santo nos anunció y mandó, dé noticia cumplida a la madre de nuestro Señor.
  38. 3838. Y yo, Juan, respondí y dije: En el momento en que entraba en el santo altar en Éfeso para celebrar el divino oficio, el Espíritu Santo me dijo: El tiempo de la partida de la madre de tu Señor está cercano; ve a Belén para saludarla.
  39. 3939. Y una nube de luz me arrebató y me puso a la puerta donde tú estás recostada.
  40. 4040. Pedro también respondió: Y yo, que moraba en Roma, al amanecer oí una voz por el Espíritu Santo, que me decía: La madre de tu Señor ha de partir, pues el tiempo está cerca; ve a Belén para saludarla.
  41. 4141. Y he aquí que una nube de luz me arrebató; y vi también a los otros apóstoles viniendo a mí sobre las nubes, y una voz diciéndome: Id todos a Belén.
  42. 4242. Y Pablo también respondió y dijo: Y yo, morando en una ciudad no muy lejos de Roma, llamada tierra de Tiberia, oí al Espíritu Santo decirme: La madre de tu Señor, habiendo dejado este mundo, hace su curso hacia las regiones celestiales por su partida; mas ve tú también a Belén para saludarla.
  43. 4343. Y he aquí que una nube de luz me arrebató y me puso en el mismo lugar que a vosotros.
  44. 4444. Y Tomás también respondió y dijo: Y yo, recorriendo la tierra de los indios, cuando la predicación prevalecía por la gracia de Cristo, y el hijo de la hermana del rey, de nombre Labdano, estaba a punto de ser sellado por mí en el palacio, de repente el Espíritu Santo me dijo: Tú también, Tomás, ve a Belén para saludar a la madre de tu Señor, porque ella parte hacia los cielos.
  45. 4545. Y una nube de luz, habiéndome arrebatado, me puso a su lado.
  46. 4646. Y Marcos también respondió y dijo: Y cuando yo concluía el canon del tercer día en la ciudad de Alejandría, en el momento en que oraba, el Espíritu Santo me arrebató y me trajo hasta vosotros.
  47. 4747. Y también Jacobo respondió y dijo: Mientras yo estaba en Jerusalén, el Espíritu Santo me mandó, diciendo: Ve a Belén, porque la madre de tu Señor está partiendo.
  48. 4848. Y he aquí que una nube de luz, habiéndome arrebatado, me puso a tu lado.
  49. 4949. Y Mateo también respondió y dijo: Yo glorifiqué y glorifico a Dios, porque cuando estaba en una barca y sorprendido por una tempestad, embravecido el mar con sus olas, de repente una nube de luz cubriendo la ola tempestuosa, la tornó en bonanza, y habiéndome arrebatado, me puso a su lado.
  50. 5050. Y los que vinieron antes también respondieron y contaron cómo habían venido.
  51. 5151. Y Bartolomé dijo: Yo estaba en la Tebaida proclamando la palabra, y he aquí que el Espíritu Santo me dijo: La madre de tu Señor está partiendo; ve, pues, a saludarla a Belén.
  52. 5252. Y he aquí que una nube de luz me arrebató y me trajo hasta ti.
  53. 5353. Los apóstoles dijeron todas estas cosas a la santa madre de Dios, por qué vinieron y de qué manera; y ella extendió sus manos al cielo y oró, diciendo: Yo adoro, alabo y glorifico tu loable nombre, oh Señor, porque miraste la bajeza de tu sierva y porque tú, que eres poderoso, hiciste grandes cosas por mí; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.
  54. 5454. Y después de la oración dijo a los apóstoles: Poned incienso y orad.
  55. 5555. Y habiendo orado, hubo un trueno del cielo y se oyó una voz terrible, como de carros; y he aquí una multitud de un ejército de ángeles y potestades, y se oyó una voz, como del Hijo del hombre, y los serafines en círculo alrededor de la casa donde yacía la santa e inmaculada madre de Dios y virgen, de modo que todos los que estaban en Belén vieron todas las cosas maravillosas y fueron a Jerusalén y contaron todas las maravillas que habían acontecido.
  56. 5656. Y aconteció que, al oír la voz, el sol y la luna aparecieron de repente alrededor de la casa; y una asamblea de los santos primogénitos se detuvo junto a la casa donde la madre del Señor yacía, para su honra y gloria.
  57. 5757. Y vi también que muchos milagros acontecieron: los ciegos viendo, los sordos oyendo, los cojos andando, los leprosos siendo limpiados y los atormentados por espíritus inmundos curados; y todas las que estaban enfermas y dolientes, tocando el exterior de la pared de la casa donde ella yacía, clamaban: Santa María, que diste a luz a Cristo nuestro Dios, ten piedad de nosotros.
  58. 5858. Y al instante quedaban sanos.
  59. 5959. Y grandes multitudes de todas las regiones que residían en Jerusalén por causa de la oración, habiendo oído de las señales que acontecían en Belén por medio de la madre del Señor, vinieron al lugar en busca de curación para diversas enfermedades, las cuales también obtuvieron.
  60. 6060. Y hubo gozo inefable aquel día entre la multitud de los que habían sido sanados, así como de los que miraban, glorificando a Cristo nuestro Dios y a su madre.
  61. 6161. Y toda Jerusalén, desde Belén, celebraba fiesta con salmos y cánticos espirituales.
  62. 6262. Y los sacerdotes de los judíos y su pueblo se maravillaron de las cosas que habían acontecido; y movidos por el más enconado odio, y otra vez por vanos razonamientos, convocada una asamblea, deciden enviar gentes contra la santa madre de Dios y los santos apóstoles que estaban allí en Belén.
  63. 6363. Y en consecuencia, la multitud de los judíos, habiendo emprendido camino hacia Belén, cuando se hallaban a la distancia de una milla, aconteció que tuvieron una visión terrible y sus pies quedaron trabados; y después de esto regresaron a sus compatriotas y refirieron toda la pavorosa visión a los principales sacerdotes.
  64. 6464. Y ellos, todavía más furiosos, van al procurador, gritando y diciendo: La nación de los judíos ha sido arruinada por esta mujer; expúlsala de Belén y de la provincia de Jerusalén.
  65. 6565. Y el procurador, admirado de las maravillas, les dijo: No la expulsaré ni de Belén ni de ningún otro lugar.
  66. 6666. Y los judíos continuaron clamando y conjurándole, por la salud de Tiberio César, que sacase a los apóstoles de Belén.
  67. 6767. Y si tú no haces esto, lo denunciaremos ante el César.
  68. 6868. Por lo cual, viéndose obligado, envía a un tribuno con soldados contra los apóstoles a Belén.
  69. 6969. Y el Espíritu Santo dice a los apóstoles y a la madre del Señor: He aquí que el procurador ha enviado a un tribuno contra vosotros, habiendo los judíos causado alboroto.
  70. 7070. Salid, pues, de Belén y no temáis; porque he aquí que en una nube os llevaré a Jerusalén; porque el poder del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo está con vosotros.
  71. 7171. Los apóstoles, por tanto, se levantaron al instante y salieron de la casa, llevando el lecho de la Señora Madre de Dios, y se dirigieron hacia Jerusalén; e inmediatamente, como el Espíritu Santo había dicho, siendo alzados por una nube, fueron hallados en Jerusalén, en la casa de la Señora.
  72. 7272. Y ellos se levantaron y durante cinco días cantaron incesantemente alabanzas.
  73. 7373. Y cuando el tribuno llegó a Belén, y no halló allí ni a la madre del Señor ni a los apóstoles, prendió a los belemitas, diciéndoles: ¿No vinisteis a contar al procurador y a los sacerdotes todas las señales y prodigios que sucedieron, y cómo los apóstoles vinieron de cada país? ¿Dónde están ellos, pues? Venid, id al procurador en Jerusalén.
  74. 7474. Pues el tribuno no sabía de la partida de los apóstoles y de la madre del Señor para Jerusalén.
  75. 7575. El tribuno entonces, habiendo tomado a los belemitas, fue al procurador, diciendo que a nadie había hallado.
  76. 7676. Y después de cinco días, fue conocido por el procurador, y por los sacerdotes, y por toda la ciudad, que la madre del Señor estaba en su propia casa en Jerusalén, juntamente con los apóstoles, por las señales y prodigios que allí sucedían.
  77. 7777. Y una multitud de hombres, mujeres y vírgenes se juntó y clamó: Santa virgen, que trajiste al mundo a Cristo nuestro Dios, no te olvides de la raza de los hombres.
  78. 7878. Y cuando acontecieron estas cosas, el pueblo de los judíos, y también los sacerdotes, aún más encendidos de ira, tomaron leña y fuego, y subieron, queriendo quemar la casa donde la madre del Señor moraba con los apóstoles.
  79. 7979. Y el procurador miraba la escena de lejos.
  80. 8080. Y cuando el pueblo de los judíos llegó a la puerta de la casa, he aquí que de repente un fuego impetuoso saliendo de dentro, por mano de un ángel, abrasó a una gran multitud de judíos.
  81. 8181. Y hubo gran temor por toda la ciudad; y glorificaron a Dios, que de ella nació.
  82. 8282. Y cuando el procurador vio lo acontecido, clamó a todo el pueblo, diciendo: En verdad aquel que nació de la virgen, a quien pensasteis desterrar, es el Hijo de Dios; pues tales prodigios son las obras del Dios verdadero.
  83. 8383. Y hubo división entre los judíos; y muchos creyeron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a causa de las señales que acontecieron.
  84. 8484. Y después que todas estas maravillas acontecieron por la madre de Dios, y siempre virgen María, la madre del Señor, mientras nosotros los apóstoles estábamos con ella en Jerusalén, el Espíritu Santo nos dijo: Sabéis que en el día del Señor la buena nueva fue traída a la Virgen María por el arcángel Gabriel; y en el día del Señor nació el Salvador en Belén; y en el día del Señor los hijos de Jerusalén salieron a su encuentro con palmas, diciendo: Hosanna en las alturas, bendito el que viene en el nombre del Señor; y en el día del Señor resucitó de los muertos; y en el día del Señor vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; y en el día del Señor descenderá del cielo, para la gloria y honra de la partida de la santa y gloriosa virgen que le dio a luz.
  85. 8585. Y en el mismo día del Señor la madre del Señor dice a los apóstoles: Poned incienso, porque Cristo viene con una hueste de ángeles; y he aquí que Cristo está cerca, sentado sobre trono de querubines.
  86. 8686. Y mientras estábamos todos orando, aparecieron innumerables huestes de ángeles, y el Señor cabalgó sobre querubines con gran poder; y he aquí que un resplandor de luz vino sobre la santa virgen, a causa de la presencia de su Hijo unigénito, y todas las potestades de los cielos cayeron y le adoraron.
  87. 8787. Y el Señor, hablando con su madre, dijo: María.
  88. 8888. Y ella respondió y dijo: Heme aquí, Señor.
  89. 8989. Y el Señor le dijo: No te entristezcas, antes bien regocíjese y alégrese tu corazón; pues has hallado gracia para contemplar la gloria que me fue dada por mi Padre.
  90. 9090. Y la santa madre de Dios alzó los ojos y vio en Él una gloria que no es posible a boca de hombre hablar ni comprender.
  91. 9191. Y el Señor permaneció junto a ella, diciendo: He aquí que, de ahora en adelante, tu precioso cuerpo será trasladado al paraíso, y tu santa alma a los cielos, a los tesoros de mi Padre en resplandor sumo, donde hay paz y gozo de los santos ángeles —y aun mayores bienes.
  92. 9292. Y la madre del Señor respondió y le dijo: Pon sobre mí tu diestra, oh Señor, y bendíceme.
  93. 9393. Y el Señor extendió su diestra inmaculada y la bendijo.
  94. 9494. Y ella tomó su diestra inmaculada y la besó, diciendo: Adoro esta diestra, que creó el cielo y la tierra; e invoco tu loable nombre de Cristo, oh Dios, Rey de los siglos, el Unigénito del Padre, para que recibas a tu sierva, tú que te dignaste ser engendrado por mí, en humilde condición, para salvar al linaje de los hombres por tu dispensación inefable; concede tu auxilio a todo hombre que invoque, ore o mencione a tu sierva.
  95. 9595. Y mientras ella decía esto, los apóstoles, levantándose y postrándose ante ella, dicen: Oh madre del Señor, deja una bendición al mundo, ya que te vas de él.
  96. 9696. Pues tú lo bendijiste y lo levantaste cuando estaba caído, dando a luz a la Luz del mundo.
  97. 9797. Y la madre del Señor oró, y en su oración habló así: Oh Dios, que por tu inmensa bondad enviaste desde los cielos a tu Hijo unigénito para habitar en mi humilde cuerpo, que te dignaste nacer de mí, humilde como soy, ten piedad del mundo y de toda alma que invoca tu nombre.
  98. 9898. Y nuevamente oró y dijo: Oh Señor, Rey de los cielos, Hijo del Dios viviente, acoge a todo hombre que invoque tu nombre, para que tu nacimiento sea glorificado.
  99. 9999. Y de nuevo oró y dijo: Oh Señor Jesucristo, que eres todopoderoso en el cielo y en la tierra, en esta súplica imploro tu santo nombre; en todo tiempo y lugar donde se haga memoria de mi nombre, santifica ese lugar y glorifica a los que te glorifican por medio de mi nombre, recibiendo de ellos todas sus ofrendas, todas sus súplicas y todas sus oraciones.
  100. 100100. Y habiendo orado así, el Señor dijo a su madre: Regocíjese y alégrese tu corazón; pues todo favor y todo don te han sido concedidos por mi Padre que está en los cielos, y por mí, y por el Espíritu Santo: toda alma que invocare tu nombre no será avergonzada, mas hallará misericordia, y consolación, y amparo, y confianza, tanto en este siglo presente como en el venidero, delante de mi Padre celestial.
  101. 101101. Y el Señor se volvió y dijo a Pedro: Ha llegado la hora de comenzar a entonar el himno.
  102. 102102. Y habiendo Pedro comenzado a entonar el himno, todas las potestades de los cielos respondieron con el Aleluya.
  103. 103103. Y entonces el rostro de la madre del Señor resplandeció más vivo que la luz, y ella se levantó y bendijo a cada uno de los apóstoles con sus propias manos, y todos dieron gloria a Dios; y el Señor extendió sus inmaculadas manos y recibió su alma santa e irreprensible.
  104. 104104. Y con la partida de su alma inocente el lugar se llenó de fragancia y de luz inefable; y he aquí que se oyó una voz del cielo, que decía: Bendita eres tú entre las mujeres.
  105. 105105. Y Pedro, y yo Juan, y Pablo, y Tomás, corrimos y atamos sus preciosos pies para la sepultura; y los doce apóstoles pusieron su precioso y santo cuerpo sobre un lecho y lo llevaron.
  106. 106106. Y he aquí que, mientras la llevaban, un cierto hebreo de noble linaje, llamado Jefonías, arremetiendo contra el cuerpo, puso sus manos sobre el lecho; y he aquí que un ángel del Señor por virtud invisible, con espada de fuego, le cortó ambas manos desde los hombros, y las dejó colgando del lecho, suspendidas en el aire.
  107. 107107. Y ante este milagro acontecido, todo el pueblo judío que lo vio clamó: En verdad, Aquel que fue engendrado por ti es el Dios verdadero, oh madre de Dios, siempre virgen María.
  108. 108108. Y el mismo Jefonías, al mandarle Pedro que se manifestasen las maravillas de Dios, se levantó detrás del lecho y clamó: Santa María, que diste a luz a Cristo que es Dios, ten piedad de mí.
  109. 109109. Y Pedro se volvió y le dijo: En el nombre de aquel que de ella nació, tus manos que te fueron cortadas te serán unidas de nuevo.
  110. 110110. Y al instante, por mandato de Pedro, vinieron las manos que colgaban del lecho de la Señora, y se unieron a Jefonías.
  111. 111111. Y él creyó y glorificó a Cristo, Dios que de ella había nacido.
  112. 112112. Y consumado este milagro, los apóstoles llevaron el lecho y depositaron su precioso y santo cuerpo en Getsemaní, en un sepulcro nuevo.
  113. 113113. Y he aquí que una fragancia de suave olor salía del santo sepulcro de Nuestra Señora madre de Dios; y durante tres días se oían voces de ángeles invisibles glorificando a Cristo nuestro Dios, que de ella había nacido.
  114. 114114. Y cumplido el tercer día, las voces ya no se oían; y desde aquel momento todos supieron que su cuerpo inmaculado y precioso había sido transferido al paraíso.
  115. 115115. Y después de transferida, he aquí que vemos a Isabel, madre de San Juan el Bautista, y a Ana, madre de la Señora, y a Abraham, y a Isaac, y a Jacob, y a David, cantando el Aleluya, y todos los coros de los santos adorando las santas reliquias de la madre del Señor, y el lugar lleno de luz, cuya luz nada podría ser más brillante, y una abundancia de perfume en aquel lugar adonde su precioso y santo cuerpo fue transferido en el paraíso, y la melodía de los que alaban a Aquel que de ella nació —dulce melodía, de la cual no hay saciedad, tal como es dado a las vírgenes, y solamente a ellas, oír.
  116. 116116. Nosotros los apóstoles, por tanto, habiendo contemplado la súbita y preciosa traslación de su santo cuerpo, glorificamos a Dios, que nos mostró sus maravillas en la partida de la madre de nuestro Señor Jesucristo, por cuyas oraciones y ruegos seamos todos considerados dignos de alcanzar acogida, favor y protección, tanto en este mundo presente como en el venidero, glorificando en todo tiempo y lugar a su Hijo unigénito, juntamente con el Padre y con el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.