Hechos de Pedro · Capítulo 20
- 1Mas entrando Pedro, vio a una de las mujeres ancianas, viuda, que era ciega, y a su hija que le daba la mano y la llevaba a la casa de Marcelo; y díjole Pedro: Ven acá, madre: desde este día en adelante Jesús te da su diestra, por quien tenemos luz inaccesible que ninguna tiniebla encubre; el cual te dice por mí: Abre tus ojos y mira, y anda por ti misma. Y al instante la viuda vio a Pedro poniendo su mano sobre ella.
- 2Y entrando Pedro en el cenáculo, vio que se leía el Evangelio, y enrolló el libro y dijo: Varones que creéis y esperáis en Cristo, aprended de qué manera la santa Escritura de nuestro Señor debe ser declarada: de la cual nosotros, por su gracia, escribimos lo que podíamos recibir, aunque todavía os parezca débil, mas conforme a nuestro poder, aun aquello que por la carne humana puede ser soportado. Debemos, pues, primero conocer la voluntad y la bondad de Dios, cómo, cuando el error estaba esparcido por todas partes, y muchos millares de hombres eran precipitados a la perdición, se conmovió Dios por su misericordia para manifestarse en otra forma y en semejanza de hombre, respecto de lo cual ni los judíos ni nosotros fuimos dignamente capaces de ser iluminados. Porque cada uno de nosotros, conforme podía contener la visión, veía según su capacidad. Ahora os expondré lo que recién os fue leído. Queriendo nuestro Señor que yo contemplase su majestad en el monte santo —yo, cuando con los hijos de Zebedeo vi el resplandor de su luz, caí como muerto y cerré mis ojos, y oí de él una voz tal que no soy capaz de describir, y me tuve por cegado por causa de su resplandor. Y habiendo vuelto un poco en mí, dije dentro de mí mismo: Por ventura mi Señor me ha traído aquí para cegarme. Y dije: Si esta es también tu voluntad, Señor, no resisto. Y él me dio su mano y me levantó; y cuando me levanté, le vi otra vez en tal forma como yo era capaz de recibir. Así como, pues, el Dios misericordioso, hermanos muy amados, llevó nuestras flaquezas y cargó con nuestros pecados (como dice el profeta: Él lleva nuestros pecados y padece por nosotros; mas nosotros le tuvimos por azotado y herido de plagas), porque él está en el Padre y el Padre en él —siendo él mismo la plenitud de toda majestad, que nos ha mostrado todas sus cosas buenas: él comió y bebió por amor de nosotros, no teniendo él mismo hambre ni sed; llevó y sufrió vituperios por causa de nosotros, murió y resucitó por amor a nosotros; el cual me defendió cuando pequé y me consoló por su grandeza, y os consolará también a vosotros para que le améis: este Dios que es grande y pequeño, hermoso y sin atractivo, joven y anciano, visto en el tiempo y por la eternidad invisible; a quien la mano de hombre no ha sostenido, mas es tenido por sus siervos; a quien carne alguna vio, y con todo ahora ve; el cual es la palabra proclamada por los profetas y que ahora se manifiesta; no sujeto al sufrimiento, mas habiendo experimentado ahora el padecimiento por nuestra causa; nunca castigado, mas ahora castigado; el cual era antes del mundo y ha sido comprendido en el tiempo; el gran principio de todo principado, mas entregado a los príncipes; hermoso, mas entre nosotros humilde; visto de todos y no obstante previendo todo. A este Jesús tenéis, hermanos: la puerta, la luz, el camino, el pan, el agua, la vida, la resurrección, el refrigerio, la perla, el tesoro, la simiente, la abundancia, el grano de mostaza, la vid, el arado, la gracia, la fe, la palabra: él es todas las cosas y no hay ningún otro mayor que él. A él sea la alabanza, por los siglos de los siglos. Amén.