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Hechos de Juan · Capítulo 6

Habiendo pasado mucho tiempo sin que ninguno de los hermanos se entristeciese jamás por causa de Juan, se entristecieron cuando dijo: Hermanos, ya es tiempo de que vaya a Éfeso, pues así lo acordé con los que allí viven, para que no se vuelvan negligentes después de tanto tiempo sin quien los confirme. Mas todos vosotros debéis mantener el pensamiento firme en Dios, que nunca nos abandona. Al oírlo, los hermanos lamentaron que hubieran de separarse de él. Juan dijo: Aunque me separe de vosotros, Cristo estará siempre con vosotros. Si lo amáis con pureza, tendréis comunión con él sin reproche; pues, si es amado, se anticipa a los que lo aman.

2Y después de decir esto, despedirse de ellos y dejar mucho dinero con los hermanos para su distribución, partió hacia Éfeso, mientras todos los hermanos se lamentaban y gemían. Lo acompañaron, de entre los efesios, Andrónico, Drusiana, Licomedes y Cleobio, con sus familias. También lo siguieron Aristóbula, que había sabido que su marido Tértulo murió en el camino, Aristipo con Jenofonte, la prostituta que se había hecho casta y muchos otros. Juan los exhortaba en todo tiempo a permanecer unidos al Señor, y ya no se separarían de él.

3El primer día llegamos a una posada desierta y, sin encontrar lecho para Juan, vimos algo curioso. Había allí una cama sin cobertores, sobre la cual extendimos los mantos que llevábamos, y le pedimos que se acostase y descansase en ella, mientras todos los demás dormíamos en el suelo. Mas, al acostarse, lo molestaron las chinches. Como estas lo atormentaban cada vez más, hacia la medianoche les dijo ante todos nosotros: Yo os digo, chinches: portaos bien todas, dejad vuestra morada por esta noche, estad quietas en un solo lugar y manteneos lejos de los siervos de Dios. Mientras reíamos y aún conversábamos un rato, Juan se dispuso a dormir; y nosotros, hablando en voz baja, no lo perturbamos.

4Cuando amaneció, me levanté primero, y conmigo Vero y Andrónico. Vimos ante la puerta de la casa que habíamos ocupado muchas chinches inmóviles. Mientras nos maravillábamos de aquel espectáculo y todos los hermanos despertaban por causa de ellas, Juan seguía dormido. Cuando despertó, le contamos lo que habíamos visto. Se sentó en la cama, las miró y dijo: Ya que os portasteis bien, obedeciendo mi reprensión, volved a vuestro lugar. Apenas dijo esto y se levantó de la cama, las chinches corrieron desde la puerta hacia el lecho, subieron por sus patas y desaparecieron en las junturas. Juan dijo además: Esta criatura oyó la voz de un hombre, permaneció sola y quieta y no transgredió; mas nosotros, que oímos la voz y los mandamientos de Dios, desobedecemos y somos livianos; ¿hasta cuándo?

Texto en inglés: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James, 1924 (dominio público). Portugués y español: traducción de Lux Veritas a partir de esta edición.

Fuente: The Apocryphal New Testament, The Acts of John (Clarendon Press, 1924), M. R. James (1924) · dominio público